El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Un momento de zozobra #2
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Un momento de zozobra #2

Le resultó llamativo que mencionaran la palabra monedero en la nota, como si se hubiesen introducido en su cabeza desde el exterior.

Nada de wallet , billetero virtual o cartera electrónica digital.

Una palabra, «monedero», que él utilizaba mentalmente desde el primer día, cuando abrió el sobre original, sellado y numerado, para realizar la comprobación rutinaria que aquella mañana se convirtió en una traición irrevocable: la copia de las claves.

Aquel término era el mismo que se había instalado en su mente mientras se obligaba a memorizar, como una letanía desesperada, las doce palabras de la clave privada que nunca debería haber conocido.

Un vocablo, el de «monedero», que murmuraba a veces sin darse cuenta mientras buscaba excusas para justificar retrasos imposibles ante la ORGA.

Esa palabra que jamás había dicho en voz alta delante de nadie, ni en casa ni en el juzgado, como si al pronunciarla algo pudiera romperse.

Y ahora, alguien la escribía sin explicación alguna, como un acto de magia negra del que no podría escapar con bien. Un enigma que en otro momento le habría hecho hasta gracia, pero que en esos precisos instantes le dejó sin aliento.

Diego tragó saliva mientras sentía cómo el aire que inhalaba se volvía espeso, casi sólido.

No hacía falta ser un experto para comprender que aquel mensaje era un advertencia de alguien externo.

Nadie del juzgado entraría en su despacho sin motivo para dejarle ese recado y menos de manera anónima.

Alguien le vigilaba desde cerca, y eso provocó que aumentara su nerviosismo.

Un sudor frío comenzó a resbalarle por la espalda.

Recordó, casi sin querer, al hombre del traje gris que lo había abordado frente al juzgado dos semanas atrás.

Un tipo aparentemente irrelevante que, con una sonrisa de suficiencia en su rostro, le preguntó como quien no quiere la cosa por el asunto del neerlandés, como si quisiera tantear su discreción.

Diego lo despachó con cajas destempladas, ignorándole, pero no le sirvió de nada.

Pensó también en la llamadas a deshoras en las que solo se escuchaba ruido blanco o murmullos ininteligibles.

O las miradas y cuchicheos con los que se cruzaba a veces en su vida diaria, algo que ahora se le antojaba mucho más clarificador.

Sintió la urgencia visceral de salir corriendo, de poner distancia y recuperar el control que llevaba semanas perdiendo sin darse cuenta.

Tras abrir el sobre y leer la palabra que le había helado la sangre, rasgó el papel en varios trozos y lo arrojó a la papelera.

Luego, por pura inercia y para no dejar evidencias a la vista, se guardó el sobre vacío en el bolsillo interior.

Abrió la puerta del despacho y salió sin mirar atrás, con el pulso galopándole en las muñecas.

Descendió por las escaleras con una prisa que intentó disimular, cruzó la planta baja sin dirigir la palabra a nadie y abandonó el juzgado como si huyera de un incendio invisible.

A esa hora, con medio juzgado desayunando, a nadie le sorprendería que saliera un momento para despejarse y tomarse un café.

En el pasillo se cruzó con una compañera que le miró con gesto extraño. Alarcón no pretendía pararse a charlar, llevaba prisa, pero la administrativa tenía otros planes.

—Buenos días, Diego. Imagino que ya te has enterado de lo del juez Valcárcel. Ya nos pareció a todos muy raro que no se presentara hoy a trabajar, pensábamos que se encontraba enfermo. Y no me extraña que estés tan nervioso, esto nos supera a todos.

—¿Cómo…? —El secretario interino no sabía muy bien a qué se refería esa mujer, pero se había dado perfecta cuenta de su estado de ánimo. Razón de más para largarse de allí lo antes posible—. No sé de qué hablas, pensé que su señoría se había cogido el día por asuntos propios.

—Perdona, siento ser yo la portadora de malas noticias. Han encontrado muerto al juez en su casa esta madrugada. Al parecer, ya está allí la Guardia Civil, creen que lo han asesinado.

—¿De qué narices estás hablando? —preguntó Diego, nervioso.

—Es la comidilla del juzgado, lo estaban hablando ahora mismo las compañeras de Registro. ¿No te habías enterado de verdad? Perdona, al verte tan alterado pensé que…

—No, no sabía nada, es horrible… —balbuceó a duras penas con la congoja en la garganta—. Perdona, me tengo que marchar. He quedado con alguien para tomar un café y ya llego tarde.

—Claro, claro… Hasta luego, Diego. Y cuídate, tienes mala cara.

Alarcón salió de allí como alma que lleva el diablo, dejando a aquella cotilla con la palabra en la boca. Seguro que, ante un eventual interrogatorio, afirmaría que le había visto muy nervioso escapando del juzgado.

El cerco se estrechaba a su alrededor. No sabía quién había ido a por Valcárcel ni por qué motivo.

Pero si habían matado al juez en su propia casa, su vida no valía un céntimo.

Algo se estaba cociendo en torno al dichoso monedero del diablo, y sus dueños no pensaban dejar testigos antes de recuperar lo que consideraban de su propiedad.

La suerte estaba echada, ya no había marcha atrás. En cuanto pisó la calle y respiró el aire frío de la mañana, supo que su vida acababa de torcerse sin remedio. La caza había comenzado y él era una presa demasiado sencilla de abatir ante expertos profesionales.

Había pensado en primera instancia en tomarse ese café que le despejara la bruma mental que se había instalado en su cerebro, pero el tiempo apremiaba tras la luctuosa noticia, por lo que decidió dirigirse directamente en coche a su domicilio en San Pedro de Alcántara mientras pergeñaba otro plan absurdo a la carrera.

Su mente trabajaba por su cuenta y rememoró sin quererlo aquella tarde en casa, cuando su mujer lo había sorprendido in fraganti y todo comenzó a torcerse.

—Diego, ¿qué es eso? —preguntó Ángela, señalando el papel doblado que él intentaba esconder sin mucho éxito, con las palmas sudorosas y el corazón acelerado.

—Nada, cariño. Cosas de trabajo, ya sabes… —respondió Diego de manera apenas audible, sintiendo que la mentira se le pegaba a la lengua como un velo pegajoso.

—¿Seguro? Espero que no estés otra vez con tus movidas, no voy a perdonarte ni una más, ya lo sabes. No sé si quiero saber de qué va todo eso del papel arrugado con unas palabras subrayadas que has guardado a todo correr debajo del cojín del sofá, como si te hubiera pillado en falta.

—Tranquila, no es nada, de verdad. —Diego intentó tirar balones fuera, pero su esposa le tenía calado—. Es solo que me he asustado al escucharte, estaba absorto en mis cosas y no sé por qué he reaccionado así, como un chiquillo al que la profesora le pilla copiando.

Ángela lo dejó por imposible y no insistió en el tema, algo que Alarcón agradeció en su fuero interno.

Su esposa se había referido a los problemas que tuvo en el pasado por arriesgar demasiado en bolsa, lo que le obligó a tomar decisiones bastante cuestionables, como jugarse el sueldo en apuestas y partidas ilegales de póker, sin olvidar algún préstamo personal solicitado a gente sin escrúpulos que les costó sangre, sudor y lágrimas devolver con intereses antes de que la deuda pasara a mayores.

Ojalá hubiera sido eso, pensó entonces Diego al rememorar la escena. Enfrentarse a un prestamista de los bajos fondos malagueños quizá fuera menos peligroso que robarle una millonada a los cárteles mafiosos que frecuentaban la Costa del Sol.

En realidad, no le había mentido a su mujer en ese momento.

No, no tenía ninguna deuda de juego ni con usureros de ningún tipo.

Y sí, aquel papel arrugado estaba relacionado con algo del trabajo: las doce palabras de la frase semilla que había copiado en secreto del expediente.

Un asunto con el que a veces prefería no haberse cruzado, ya que había asumido que le cambiaría la vida para siempre, para bien o para mal, algo que estaba todavía por dilucidarse.

Recordar aquel momento con Ángela le produjo un escalofrío involuntario que le recorrió de nuevo toda la espalda.

Fue la primera grieta en su coraza, la misma que abrió la puerta de la sospecha; la primera vez que la mirada de alguien cercano se posó sobre él como un espejo que reflejaba su culpa.

Su mujer, con los ojos entrecerrados, no necesitó palabras.

La tensión en la habitación lo dijo todo.

Ángela sabía que ocultaba algo y su actitud lo delataba a las claras, no sabía disimular delante de ella.

Aquello era más peligroso de lo que quería reconocer y ella prefirió no seguir indagando.

Tal vez esa fue su perdición. Si su mujer hubiera insistido, si lo hubiera acorralado para que le confesara esa verdad que le carcomía, la misma que se convertía en el poso de culpabilidad que se le reflejaba en su rictus nervioso, todo podía haber sido distinto.

Pero nada de eso sucedió, por lo que solo le quedaba afrontar las consecuencias de sus actos con el mejor ánimo posible.

Al llegar a su domicilio dejó las llaves sobre la encimera y observó la casa durante unos segundos para imprimir en su memoria una imagen que tal vez nunca volvería a ver, sin fijarse siquiera en si se encontraba a solas en el inmueble.

Un entorno cálido y confortable que se le antojaba hostil a esas horas, como si todo lo que le rodeaba se pusiera en su contra, amenazándolo con traicionarlo en cualquier instante.