El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Un momento de zozobra
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Un momento de zozobra

De nuevo había dormido mal, sin descansar apenas, algo que se repetía de manera constante durante las últimas semanas.

Una sucesión de sueños a medias y de imágenes inconexas se superponían en su cerebro en una duermevela angustiosa: el sobre, las palabras garabateadas a vuelapluma, el sello roto, el dispositivo virtual o la voz de su mujer colándose en la escena onírica sin permiso, avisándole del peligro.

Y ese pitido insistente en el oído que cada mañana confundía con la alarma del móvil, un aleteo punzante de la conciencia que se le hacía cada día más insoportable.

Diego respiró profundamente, inhalando y exhalando el aire a través de los pulmones con calma, intentando aquietar sus pulsaciones y el latido furioso que convertía la vena de su sien en algo peligroso.

Pero sus pobres técnicas de relajación no consiguieron calmarle, muy a su pesar.

Tendría que apechugar con las consecuencias de sus actos, aunque terminaran por ocasionarle una úlcera de estómago.

Había llegado esa mañana de jueves más tarde de lo habitual, sin imaginar la sorpresa que le aguardaba.

Se le habían pegado las sábanas otra vez después de una noche en vela, y cada día le costaba más arrastrarse a la oficina.

Las presiones lo cercaban por todas partes: las suyas propias, que no le permitían olvidar que se había lanzado a una piscina sin saber la profundidad; y las externas, sutiles pero constantes, que buscaban recordarle que lo vigilaban de cerca y que sus movimientos, por torpes que fueran, no pasaban desapercibidos.

Su hora de entrada, en teoría flexible, ya le había provocado algún que otro toque de atención en el pasado.

En un juzgado como aquel, con tanta solera y tanto ojo crítico, los vaivenes de puntualidad no estaban bien vistos.

Cuando ganó la plaza temporal como secretario judicial interino, tras años de sustituciones, oposiciones frustradas y esperas interminables, creyó que, por fin, tenía un sitio donde demostrar que valía.

Al principio le quedó grande el papel, pero con el tiempo consiguió ganarse la confianza del personal.

Una falsa seguridad que terminó siendo su perdición.

Diego pecó de soberbia, y sus errores crecieron a la sombra de esa arrogancia recién adquirida.

De momento, nadie parecía sospechar de sus extraños movimientos.

O eso quería creer. La ORGA, la oficina de recuperación y gestión de activos, esperaba desde hacía meses el envío, pero él había ido demorándolo con excusas que, aunque técnicas, habían comenzado a rozar lo absurdo.

Documentación incompleta, cotejos pendientes, dudas sobre la cadena de custodia…

Excusas que, en cualquier otro contexto, habrían levantado sospechas, pero en un juzgado saturado como aquel, donde cada día llegaban más papeles de los que podían tramitarse, sus coartadas se diluían en la rutina.

Aun así, la suerte no duraba para siempre.

Se detuvo frente a la puerta de su despacho y notó cómo le temblaban ligeramente las manos.

Cualquier gesto extraño podía delatarlo.

Rezó —él, que nunca había sido creyente— para que aquella paranoia no fuera más que la proyección de su mala conciencia y no un presagio fundado.

Porque la cadena de acontecimientos que lo había llevado hasta allí lo perseguía como una sombra.

Todo había empezado tres meses antes, cuando su juzgado recibió la instrucción de un caso complejo, de alcance internacional, en el que la Brigada de Ciberdelincuencia de Málaga llevaba tiempo trabajando.

Días atrás habían detenido a un contable neerlandés, supuesto colaborador de redes de narcotráfico que operaban desde la Costa del Sol hacia media Europa.

En la operación, la policía había incautado veinticinco millones de euros en criptomonedas: una fortuna monumental, al parecer fruto del blanqueo derivado del tráfico de cocaína y MDMA.

Aquella cifra, que parecía irreconocible e inalcanzable al verla simplemente escrita, había fluctuado con los vaivenes propios del mercado digital: llegó a rozar los treinta millones y, en su peor momento, descendió a veintidós.

Variaciones que convertían aquel monedero en un botín tan real como intangible… , y terriblemente tentador.

El dinero estuvo primero a cargo de la Policía Nacional, hasta que la mayor cantidad de criptomonedas incautadas hasta la fecha en España quedó bajo custodia judicial.

Un dinero virtual, depositado en una cuenta de blockchain a la que se accedía con unas contraseñas concretas, solo al alcance de unas pocas personas.

Una tentación demasiado grande para cualquiera, un caramelo que le pusieron a Alarcón delante de sus narices y no pudo soportar la presión.

Diego, que siempre se había creído un pequeño inversor con buen olfato, acostumbrado a jugar con cantidades modestas en el S&P 500 y con alguna criptomoneda suelta, sintió cómo aquel sobre se convertía en un imán para él.

El típico caramelo a la puerta de un colegio, una golosina demasiado suculenta.

Una puerta peligrosa, abierta a todo lo que nunca había tenido en su vida.

En otro tiempo, incluso habría bromeado sobre ello con algún compañero.

Pero esta vez guardó un silencio escrupuloso, rumiando sus posibilidades.

Su gesto severo y lacónico lo mantuvo lejos de comentarios y sospechas, mientras su mente, en secreto, trabajaba con una precisión que no había demostrado nunca antes en ningún aspecto de su anodina existencia.

Sabía que tenía pocas horas para actuar, únicamente dispondría de una única y breve ventana de oportunidad, solo el breve lapso entre su recepción oficial y el traslado del sobre sellado a la cámara acorazada.

De allí, en una fecha aún no fijada, viajaría a la Oficina de Recuperación y Gestión de Activos en Madrid, el organismo judicial oficial que se encargaba de esos asuntos.

Pero aún quedaba tiempo. Podía ganar días, incluso semanas o meses, si maniobraba bien.

Debía demorar la entrega al organismo madrileño, dilatarlo en el tiempo lo máximo posible, para poner en marcha un plan que comenzaba entonces a germinar en su cabeza.

Si llegaba hasta allí, no habría marcha atrás, ya que en el momento que la ORGA procediera a la monetización oficial de los criptoactivos, tras la consiguiente orden judicial, su castillo de naipes se derrumbaría.

Cualquier anomalía, cualquier retraso injustificado o la más mínima sospecha sobre la integridad de lo que custodiaba, lo pondría en el punto de mira de una maquinaria administrativa que no perdonaba los errores.

Y en ese juego, Diego ya había cometido demasiados.

En el juzgado todos conocían su buen hacer y su profesionalidad.

Además, sabían que Diego no era ningún analfabeto digital, como muchos de los letrados en ejercicio que tenían problemas hasta para adjuntar un archivo en un email, por lo que todo el mundo estuvo de acuerdo en que él era la persona adecuada para gestionar el traslado de esos fondos incautados.

Pero claro, eso también le convertiría en el sospechoso principal en el caso de que sucediese algo fuera de lo común con el monedero virtual.

Esa fue la puntilla que lo condenó, el reto innombrable que lo puso en la carrera por aquel sueño casi utópico.

Fue la mezcla perfecta, compuesta de unas nubes de tentación, unas gotas de presión y la arrogancia del que se cree más listo que nadie.

Hasta ese momento, claro, cuando la angustia comenzó a apoderarse de sus actos.

Diego avanzó despacio hacia su mesa, intentando convencerse de que aquel temblor tenue que le recorría los dedos era fruto únicamente del sueño acumulado.

Pero en cuanto vio el pequeño sobre blanco colocado justo en el centro del escritorio, alineado con una precisión casi quirúrgica, como si alguien hubiera medido la distancia respecto a los bordes, sintió cómo un latigazo helado le ascendía por la columna vertebral, dejándole sin aliento.

Aquello no estaba allí la tarde anterior, cuando se marchó a su casa tras una jornada extraña con demasiados rumores de pasillo.

No podía estar, era imposible, porque él mismo había cerrado el despacho con llave.

Además, su reciente paranoia le llevaba a comprobar la puerta dos veces, incluso empujando de más para asegurarse de que encajaba perfectamente en el marco.

Ni siquiera el personal de limpieza tenía permiso para entrar en su oficina si él no estaba presente.

Y, sin embargo, el sobre le aguardaba allí agazapado, como un animal hambriento al que solo le faltaba enseñar los dientes.

Alarcón se acercó con cautela. El sobre no tenía marca de ninguna clase, ni membrete o anotación externa.

Lo cogió con cuidado, lo giró lentamente y sintió cómo la garganta se le estrechaba al reconocer su propio nombre escrito en el dorso con una caligrafía que no supo identificar: angulosa, impaciente, de trazos cortos y secos realizados con aparente urgencia.

No quería abrirlo, y su mente racional le demandaba ignorarlo.

Pero su yo inconsciente se movió sin pedir permiso, tenía que asegurarse al cien por cien.

Aunque supiera, antes siquiera de comprobar su contenido, que su mensaje interior no iba a ofrecerle consuelo ni descanso para su alma atormentada.

Rasgó el borde con el pulgar con sumo cuidado. Dentro solo encontró un papel doblado en dos. Ni amenazas explícitas, ni membretes falsos, ni símbolos reconocibles. Solo una frase en mayúsculas, escrita con la misma mano nerviosa que había rotulado el sobre:

HABLEMOS DEL MONEDERO

El mundo se le vino encima a Diego Alarcón y la vista se le nubló por unos instantes. Dejó caer el papel sobre la mesa, como si le quemase de pronto, y se sentó para intentar reconducir la situación, antes de entrar en pánico.