El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7) Una llamada inesperada
5%

Una llamada inesperada

Tras la muerte de Macarena había tenido que recomponerse. Le recomendaron buscarse un pasatiempo para esas horas muertas en las que la soledad de una casa en silencio le abrumaba y terminó por escoger una actividad que jamás habría imaginado que le atraparía tanto: la cocina.

A Bermejo siempre le había encantado comer y disfrutar de una buena sobremesa.

Desde el divorcio se había apañado como buenamente pudo, con la típica dieta del soltero, aunque ya no tuviera edad para esas cosas.

Pasta, ensaladas, fritos y precocinados, nada demasiado saludable.

Y entre su cardiólogo y su psicólogo se pusieron de acuerdo para hacerle la vida imposible, por lo que tuvo que cambiar de hábitos.

En alguna ocasión había escuchado el famoso dicho sobre que la cocina relaja.

Sabía que un buen plato requiere cuidado, detalle y paciencia.

Al principio no tenía tiempo ni disposición para nada más que lo básico, pero el curso al que se apuntó por curiosidad terminó atrapándolo.

Cocinar se convirtió en su refugio, un ejercicio de control y concentración.

Bermejo se mostraba muy orgulloso de sus avances culinarios, y disfrutaba de los platos más elaborados que lograba preparar, y ya estaba haciendo sus pinitos con unos menús más que dignos.

Sus hijos se reían con él al encontrarle con el delantal puesto cuando iban de visita, pero él no se amilanaba, e incluso se atrevía a prepararles sus platos preferidos.

El sonido del móvil le arrancó un sobresalto que casi le quemó la lengua con la cuchara que tenía en la mano. La dejó sobre la encimera, se secó los dedos y respiró hondo antes de contestar. El visor ya le avisaba de la procedencia de la llamada.

El aroma del sofrito quedó suspendido en la cocina.

Por un instante pensó en ignorar la llamada y dejar que otro se ocupara, pero la sensación de volver a implicarse en un caso de relevancia le provocó un cosquilleo familiar, ese nervio que solo aparecía ante algo grande, algo que merecía su atención.

Tal vez sería esta la ocasión en la que volvería a sentirse realizado como profesional.

—Bermejo, viejo amigo —saludó la voz al otro lado, firme pero con un matiz de urgencia—. Espero no molestarte demasiado, ya sabes cómo son estas cosas…

—Pues la verdad es que sí, Mardones, tú siempre tan oportuno —replicó Bermejo antes de explicarle la situación en la que le pillaba—. No sé en qué maldita hora me dejé convencer para seguir trabajando para ti cuando yo ya no soy policía y tú no eres mi comisario.

Llevaba meses como asesor externo del ministerio del Interior gracias a su amplia experiencia en el ámbito policial tras su larga carrera como inspector en la UDEV.

Mardones dejó el sillón de comisario para escalar puestos en el ministerio, primero como alto cargo en la dirección general de la policía, y desde las últimas elecciones generales, como flamante número dos del ministerio.

Nada menos que secretario de Estado de Seguridad, un cargo que le venía como anillo al dedo.

Pero Bermejo no estaba demasiado satisfecho con su labor, más cercana a lo político que a lo policial, aunque eso ya lo sabía cuando asumió el reto.

Los últimos meses se los había pasado de correveidile en algunos asuntos menores que no requerían demasiado esfuerzo, algo que le sacaba de quicio.

Aunque tampoco se quedó conforme con su primer y hasta la fecha último encargo importante como asesor ministerial.

El caso que mantuvo en jaque a la Ertzaintza y la Guardia Civil de Cantabria durante el verano anterior le había dejado un poso amargo y no conseguía quitarse esa desagradable sensación de encima.

Bermejo rezaba para que aquel cierre en falso no terminara por explotarles en la cara tarde o temprano.

Las autoridades civiles y policiales se quedaron conformes con el resultado y la opinión pública pronto se olvidó del tema candente de un verano para olvidar en la cornisa cantábrica.

Él, en cambio, se sentía relegado, impotente ante la distancia que lo separaba de la acción real.

—Venga, no me seas gruñón. Necesitamos tu fino olfato de sabueso para un asunto escabroso que se nos puede desmandar enseguida. ¿Te has enterado de lo que ha sucedido en Marbella?

—No me cuentes historias, jefe, que nos conocemos —contestó Bermejo con la mosca detrás de la oreja—.

La verdad es que no, hoy he estado muy ocupado y últimamente no pongo el telediario ni leo los periódicos.

Total, solo cuentan desgracias y no me apetece deprimirme de nuevo.

—El antiguo inspector alejó de su mente los malos pensamientos, no quería recaer en una espiral de la que le costó mucho esfuerzo salir—.

De todas formas, en Marbella siempre están con movidas.

Que si peleas entre bandas, tiroteos, secuestros a plena luz del día y cualquier delito que se nos ocurra.

Les está quedando una ciudad la mar de agradable… ¿Qué tripa se les ha roto exactamente?

—Pues lo de ahora es bastante grave, aunque no te quito ni un ápice de razón a lo que dices. Se han cargado a un juez de instrucción, lo asesinaron anoche en su chalet de Mijas.

—¡No me jodas! —soltó Bermejo sin darse cuenta—. Veo que no se andan con chiquitas por la Costa del Sol, eso son palabras mayores. Y me imagino que la Guardia Civil ya habrá tomado cartas en el asunto, así que ¿qué esperan de mí esta vez?

Su cerebro comenzó a buscar posibles conexiones, intentando adelantarse a lo que le iba a pedir el antiguo DAO. ¿Debería limitarse a ser un contacto ministerial o podría meter de verdad la nariz en el asunto? Pronto saldría de dudas.

—No te equivocas. Un vecino llamó por un posible incidente y una patrulla de Mijas se encontró el percal.

Mardones le explicó que la llamada del vecino, alterado por unos ruidos y un perro nervioso, activó los protocolos.

La patrulla más cercana a la urbanización de Los Encinares se presentó en el lugar de los hechos y descubrió la entrada forzada y al juez Valcárcel muerto, ejecutado con precisión y frialdad profesional.

El cuerpo estaba postrado en el sofá, con elementos del escenario que sugerían un mensaje o firma del asesino.

—¿Un sicario? —preguntó Bermejo.

—Podría ser, eso no es lo importante ahora —afirmó Mardones—. Deja que te cuente el resto, queda todavía mucha tela por cortar.

Al parecer, no se trataba de un robo común que se hubiera torcido, aquello había sido obra de un profesional entrenado.

La casa se encontraba desordenada, pero de momento ignoraban si el agresor o agresores se habían llevado algo del domicilio del juez.

Valcárcel era viudo y no tenía hijos, por lo que no solía recibir muchas visitas, y la asistenta que acudía un par de veces por semana al chalet no sabía explicar a los investigadores si se habían llevado algo importante de la casa.

La parafernalia montada alrededor del cadáver alertó a Bermejo.

Aquello no parecía un caso normal. Y encima, saber que en la mesa del despacho apareció, desordenado pero íntegro, el expediente judicial de un caso importante con una única gota de sangre como firma artística del asesino sobre sus folios, terminó por ponerle en guardia.

No sería el encargado final de resolver ese crimen, pero si, como todo parecía según la palabras de Mardones, la muerte del juez formaba parte de un entramado mucho mayor, tal vez el exinspector pudiera poner de nuevo sus dotes detectivescas al servicio de un bien común.

—El expediente pertenece a un caso en marcha que estaba instruyendo el juez en Marbella.

La Brigada de Ciberdelincuencia de Málaga llevaba tiempo investigando a un contable holandés, supuesto testaferro de redes criminales que operaban en la Costa del Sol, al que le incautaron una cantidad que hoy rondaría los veinticinco millones de euros en criptomonedas. Todo parece indicar que…

—¿Cuánto dinero has dicho? Eso es una barbaridad.

—Y eso no es todo. Parece que se han detectado movimientos extraños en la red durante el protocolo de custodia de ese dinero.

Todavía no sabemos a ciencia cierta si se han producido filtraciones de las claves de acceso; los técnicos están evaluando la situación en estos momentos.

Y claro, todas las alarmas han saltado. Incluso se han encontrado indicios suficientes para sospechar de algún trabajador del juzgado, alguien involucrado en todo este asunto, aunque todavía no podemos confirmarlo.

Bermejo tragó saliva, asimilando la magnitud del lío que tenían montado en Marbella.

—¿Y qué pinto yo en todo esto?

Mardones pareció sopesar durante unos segundos la respuesta, que no le tardó en llegar a través del altavoz del teléfono.

—No sé yo si te va a hacer mucha gracia, aunque apelo a tu responsabilidad y tu profesionalidad, amigo.

—¡No me toques las narices! ¿De qué demonios estás hablando ahora?

—¿Te acuerdas de Palacios, Nacho Palacios?

—No, la verdad… —dudó Bermejo un instante—. Un momento, no puede ser. ¿Te refieres al impresentable ese que tuvieron que echar de la UDEV por saltarse las normas?

—A ver, no fue exactamente así, mantengamos las formas.

Palacios se pasó de listo en un operativo y se le abrió un expediente que luego quedó en nada.

Después pidió el traslado a otra unidad con sede en Sevilla, donde tiene familia, y acabó en ciberdelincuencia.

Es un buen policía, se enmendó e hizo carrera.

Ahora mismo es inspector jefe y responsable de la unidad de Málaga que lleva el caso.

Tendrás que ser diplomático, Paco, no te queda otra.

—¡Siempre igual! —explotó Bermejo—. No me jodas, no estoy por la labor.

Encima, un tipo con ínfulas que ahora tiene mando en plaza, me niego a rendirle pleitesía.

Te recuerdo que ya tuvimos nuestras movidas hace más de veinte años, la verdad es que le había perdido la pista.

No creo que a él le haga tampoco ni puñetera gracia encontrarse de nuevo conmigo, sabe que soy de los que no se callan.

—Tranquilo, conoce tu historial y el papel que ejerces como enviado especial del ministerio. No te pondrá problemas, te lo prometo. Estamos todos en el mismo barco y solo queremos atrapar a los culpables.

—¿Y qué gano yo con todo esto? Un muerto, millones de euros en el aire, movidas en un juzgado y seguro que alguna mafia potente detrás.

Por no hablar del maremágnum político, policial y judicial.

No sé si me apetece mucho inmiscuirme en un caso en el que la Guardia Civil, la brigada de ciberdelincuencia e imagino que hasta la policía local de Marbella pueden estar involucrados.

Y encima, llego yo para poner orden y acabaré por pagar el pato, como siempre.

—Eres mi salvoconducto, Paco, ya lo sabes. En tus manos está que podamos resolver el caso sin demasiados rasguños.

—No me termina de convencer este asunto, la verdad. Siempre hay algo que me ocultas y no quiero llevarme todos los golpes —protestó Bermejo, aún con la vista fija en el sofrito que empezaba a agarrarse. Ni siquiera hizo el amago de apagar el fuego.

—Necesito que te muevas por allí, eres el mejor en eso —respondió Mardones—.

Que observes, que escuches, que rasques donde haga falta.

Que estés cerca sin molestar, como tú sabes, pero siempre al quite.

La Guardia Civil se ha hecho cargo del crimen, como es lógico, pero ya conoces cómo va a ser esto: un juez asesinado, funcionarios bajo sospecha, un posible botín millonario y tal vez mafias locales involucradas.

Todo huele a que se nos viene encima un incendio político y mediático del tamaño de una catedral.

—Menos circunloquios, jefe, las cositas claras. ¿Voy a tener de nuevo las manos atadas o podré actuar de verdad sobre el terreno?

—Recuerda que ya no eres policía, no te excedas en tus funciones —comenzó diciendo Mardones antes de que los gruñidos de Bermejo le aconsejaran cambiar de estrategia—. Sé que te debo una, pero estoy en muy mala posición, todo es política en esta vida. Pero a buen entendedor…

Bermejo lo entendió a su modo. El secretario de Estado no le podía dar una orden directa ni plasmarle por escrito lo que necesitaba de él, pero esta vez haría las cosas a su manera.

Y si no le gustaban sus métodos, que le jubilaran de una maldita vez.

Así podría relajarse por fin y dedicarse a la vida contemplativa.

O a sus fogones, si era lo que de verdad le llenaba en las horas más oscuras de su existencia.

—Oído cocina, intentaré comportarme. Pero te advierto que no me voy a quedar atrás esta vez, entre bambalinas, sin hacer nada como mero observador.

Utilizaré la carta de que participo como enlace principal con el ministerio, que está muy interesado en llegar al fondo del asunto, y me adentraré en las cloacas si hace falta.

Y no me dolerán prendas si tengo que pisar algún callo, ya sea de la Benemérita o de la Policía Nacional. Avisado quedas.

El silencio se instaló durante unos segundos a través de la línea telefónica.

Tal vez Mardones se pensara de nuevo las posibles consecuencias de los actos futuros de su hombre.

Todavía no sabía a lo que se enfrentaban, pero su instinto le decía que se trataba de una operación de gran envergadura en la que todos tendrían que poner de su parte para llevarla a buen puerto.

—Está bien, tú ganas. Pero no me dejes mal, viejo amigo, quiero disfrutar algo más de mi puesto, aunque a ti no te gusten las alfombras del ministerio.

Una leve sonrisa amenazó con cruzarle el rostro, pero al final Bermejo se contuvo.

No era exactamente lo que esperaba, pero había conseguido mucho más de lo que había supuesto en un principio.

En su fuero interno, una parte de él ansiaba volver al barro, volver a sentir la adrenalina del trabajo de campo, ese instinto de viejo cazador que nunca se extingue del todo.

Pero por otra parte, asumiendo que también disfrutaba de esa vida más tranquila que había reconstruido con mucho esfuerzo, la que se refugiaba en recetas y silencios, sabía que cada vez que aceptaba algo de Mardones terminaba metido en un avispero.

—De acuerdo —dijo al fin, más resignado que convencido—.

Salgo a primera hora para Marbella. Pero como esto sea otra chapuza política, te vas a comer tú solito el marrón.

Yo ya no estoy para ejercer de parapeto, lo siento.

Intentaré hacer mi trabajo lo mejor posible y te mantendré informado, pero no te prometo nada.

Bermejo colgó el teléfono con una sensación ambivalente en la boca del estómago. Por un lado, le apetecía lanzarse de nuevo a la carretera en plan sabueso. Por el otro, se temía que al final todo fuera una pantomima y él se viera relegado a una mera comparsa durante la investigación.

Le quedaba mucho trabajo por delante antes de partir. Debía preparar una maleta y, sobre todo, empaparse bien de todos los detalles de un caso que le recordaba viejas aventuras.