Una noche de luna llena #3
El movimiento fue limpio y calculado, una línea oblicua trazada con su brazo casi sin elevarlo.
La hoja afilada entró entre la clavícula y el cuello con un sonido breve, húmedo, más parecido al de una rama quebrándose que al de un arma atravesando carne humana.
El juez abrió los ojos, incrédulo; trató de decir algo, pero su boca solo emitió un murmullo ahogado.
Davor ni siquiera necesitó mirar el cuello de su víctima.
Al entrar por la clavícula en ángulo oblicuo, el sicario utilizó el hueso del juez como guía para la hoja en un movimiento de anclaje y tracción más que entrenado.
Nico sujetó durante un instante al hombre por un brazo, guiándolo más que empujándolo, mientras Davor retiraba la navaja y volvía a presionar con la manga del propio juez contra la herida.
—No le mires a la cara —ordenó en voz baja.
El chico obedeció sin rechistar. Solo les quedaba terminar el trabajo y salir de allí cuanto antes.
Cuando el juez cayó de rodillas, ya estaba condenado sin remedio. Apenas unos segundos después, su cuerpo cedió como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.
—Busquemos el dispositivo o las palabras clave, date prisa.
Registraron el cadáver sin hallar nada digno de mención.
Davor se dirigió al dormitorio principal mientras ordenaba a Nico que buscara en el despacho.
Recorrieron también el salón y otras habitaciones de la casa, sin hallar el dichoso dispositivo ni rastro de la frase semilla, las palabras clave de la billetera virtual, en ningún sitio.
No sabían si se habían equivocado cuando les dijeron que lo llevaba siempre encima o si el juez lo guardaba en algún otro sitio.
Tras unos minutos de vacilación sin encontrar nada relevante, el croata decidió cambiar de estrategia.
—Venga, ayúdame a mover el cuerpo. Ya hemos perdido demasiado tiempo.
A lo lejos se oía el ruido amortiguado de un perro ladrando en alguna finca cercana. No podían esperar más si no querían buscarse un problema, por lo que pasaron al plan B.
Ambos lo acomodaron con rapidez. Davor, con una exactitud casi artística, extendió el brazo derecho del hombre sobre el reposabrazos del sofá, le quitó el reloj y lo colocó en paralelo al antebrazo, como si el juez hubiera decidido quitárselo antes de un baño o de un descanso.
Después extrajo de la mochila un DVD vacío que llevaba y lo dejó en equilibrio sobre la tapicería.
Entonces, Markovic se fijó en el expediente abierto sobre la mesa del despacho, donde una nota a pie de página, resaltada con rotulador fluorescente, le llamó poderosamente la atención.
No entendía de qué iba aquello, pero sí reconoció un detalle peligroso: el juez estaba trabajando en algo más grande de lo que les habían dicho.
Y eso siempre era una muy mala señal.
Así que se dispuso a aportar su toque creativo, el mismo que le había granjeado más de un problema en el pasado. Tomó una gota de sangre del juez con la punta del guante, casi una caricia, y la dejó caer sobre uno de los folios centrales.
—Bastará con esto —dijo en voz baja.
En su registro no habían desordenado demasiado la casa, solo lo mínimo indispensable.
El croata prefirió dejarlo todo así para intentar despistar a los investigadores: dos o tres cajones abiertos, una estantería caída, algunos libros fuera de su sitio y, sobre todo, una puerta entreabierta hacia la terraza para que el aire circulara y enfriara el ambiente más rápidamente.
—Vamos —ordenó.
Salieron igual que habían entrado, envueltos por el brillo frío de la luna. Solo cuando ya estaban en el exterior, cruzando el sendero, Davor se dio cuenta de que algo no estaba en su sitio. Rebuscó en la mochila con rapidez y se percató de su error.
—¡Joder! Las putas bridas… —murmuró.
Nico se tensó un instante.
—¿Las has utilizado?
—No, pero no están aquí, se me han debido de caer al abrir la mochila, no sé si al entrar en la finca o en el interior de la casa. Fallo mío, lo siento…
Un error pequeño, pero demasiado visible para su gusto y que podría acarrearles complicaciones.
El silencio entre ambos fue breve, apenas un segundo de cálculo.
A lo lejos se escuchaba el ladrido del perro, cada vez más nervioso.
Y las luces de una finca cercana se encendieron de pronto, por lo que solo les quedaba escapar.
—No podemos volver ahora —decidió Davor con firmeza—. No voy a arriesgarme por unas bridas.
Nico no rechistó, pero la mirada de su jefe le dejó muy claro que más le valía no hablar nunca de eso.
Salieron del jardín mientras las buganvillas, agitadas por la brisa nocturna, parecían cerrar tras ellos un telón vegetal.
Y la luna siguió brillando sobre Los Encinares, indiferente, como si nunca hubiese ocurrido nada.
Antes de marcharse, Davor miró a su alrededor.
El silencio de la casa se le metió en los huesos.
Por un instante creyó oír el rumor del mar dentro de su propia cabeza.
El coche arrancó sin luces, perdiéndose entre los caminos de tierra que descendían hacia la costa.
Atrás quedaba la casa, inmóvil, con el cuerpo del juez aún tibio y una gota de sangre adornando el expediente, sin saber a ciencia cierta si la justicia se habría quebrado para siempre.