Una noche de luna llena #2
A veces, su bisoñez lo volvía peligroso, y el croata debía permanecer atento.
El chico podía precipitarse si no lo controlaba, por lo que tenía que calmar su impulsividad.
Un tipo rápido y flexible, acostumbrado a moverse como pez en el agua en esos barrios marginales, como en los que había crecido, y con ese inocente punto de ingenuidad que a veces le hacía gracia, como un pecado venial de juventud, pero que debía corregir y mantener a raya.
Sabía que el chaval solo quería dinero fácil, escapar de su aburrida vida en Rotterdam y buscar reconocimiento en su nuevo mundo.
Era un joven prometedor que anhelaba pertenecer a algo parecido a una familia, por lo que Davor lo adoptó bajo su ala.
Y Nico se lo agradecía con esa mezcla de respeto y miedo reverencial que a veces se reflejaba en sus jóvenes pupilas de color azul cobalto.
Rodearon el muro hasta una de las zonas más oscuras, donde las buganvillas formaban una bóveda irregular que, vista a contraluz, parecía un arco natural.
Davor pasó la mano por las ramas, retirándolas con delicadeza, y la cerradura electrónica de la puerta del jardín quedó al descubierto.
Un destornillador largo, un pequeño puente improvisado y un pulso de luz apagada bastaron para conseguir el primer objetivo.
Antes de cruzar el umbral, abrió la caja de conexiones de la fachada exterior y, de un solo tajo, seccionó la manguera de cables de fibra óptica, dejando el sistema de grabación de la casa muerto y enterrado.
Ambos vestían ropa táctica de color negro, sin distintivos, y guantes finos.
Les habían dado un sobre con instrucciones muy precisas.
Nada de ruido, ni armas de fuego ni cámaras que pudieran estropear la función.
Y, aunque oficialmente solo se trataba de «dar un aviso», Davor sabía interpretar los matices: era el tipo de misión en la que un muerto no sorprendería a nadie.
El pago se dividiría en tres partes: una por adelantado, otra cuando se confirmara el trabajo y la última si nadie los localizaba en setenta y dos horas.
Davor había pensado esconderse durante unos días en Tánger y disfrutar de la buena vida una vez acabado el encargo. Les dijeron que el tipo, un juez con demasiado interés en un asunto que no debía tocar, llevaba consigo un dispositivo digital. No sabían más, y tampoco querían saberlo.
Tras adentrarse en el interior de la finca, el lujoso chalet emergió ante ellos como una estructura blanca y silenciosa de líneas rectas y un diseño que mezclaba modernidad y calidez.
Las cristaleras que daban al salón reflejaban la luna como un espejo débil, y el interior parecía sumido en ese orden elegante que solo tienen las casas de quienes creyeron haber domesticado el miedo.
Las matas de jazmín trepaban por uno de los laterales, enmarcando la fachada con un color llamativo, incluso en semioscuridad.
Un entorno en el que llamaba la atención la serenidad del conjunto, un hogar bien pensado como refugio de alguien que valoraba la belleza y la distancia, pero que estaba a punto de ser mancillado para siempre.
Entraron por una puerta lateral que conducía a un pequeño pasillo junto a la zona de la piscina climatizada.
El vapor ligero se escapaba como un suspiro tibio, y por un instante ambos se quedaron quietos.
No por miedo, sino por cálculo: se abría ante ellos una casa que respiraba aún, con sus ruidos nocturnos, sus cristales dilatándose y sus sombras moviéndose como si tuvieran voluntad propia.
—¿Seguro que está solo? —susurró Nico tras repasar el plano mental que habían estudiado.
—Sí —confirmó Davor—. Vive solo y no suele recibir visitas. A estas alturas, ya nos habríamos dado cuenta de lo contrario.
Se deslizaron hacia el salón con pasos silenciosos, acostumbrados a trabajar en sincronía sin hablar.
Solo al ver la silueta del juez, de pie junto a la mesa, Davor se detuvo.
El hombre no los había visto todavía, aunque había girado la cabeza instantes antes, como si una especie de intuición le hubiese avisado del inminente desastre.
El hombre se volvió angustiado, mirándolos directamente a los rostros enmarcados por un pasamontañas ligero.
—¿Quién… quiénes son ustedes? —preguntó con una voz que ya había perdido cualquier autoridad.
Davor no contestó, no había necesidad. No era nada personal, solo negocios.
Nico dio un paso al lado, cortando la retirada del juez.
Davor avanzó entonces con una precisión gélida, nacida de algo mucho más antiguo que cualquier academia: el puro instinto de supervivencia.
Como en sus viejas escaramuzas durante la guerra de Kosovo, cuando era un crío que todavía no conocía la crueldad del mundo en el que vivía.