El monedero del diablo (Bermejo y Roncero 7)
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Una noche de luna llena
La unidad tecnológica de la Policía Nacional llevaba meses detrás de un operativo complejo.
Todo comenzó con una denuncia menor que los puso en el camino de una delicada investigación societaria.
Después apareció una empresa tecnológica radicada en Estonia que realizaba operaciones sospechosas, con transferencias a Dubái y otros destinos exóticos, incluidos varios paraísos fiscales.
La pista más reciente apuntaba a un contable neerlandés cuyas operaciones financieras revelaban el verdadero origen de los fondos en criptomonedas.
No se trataba de simples inversiones anónimas, ese dinero podía pertenecer a redes mafiosas asentadas en la Costa del Sol.
Millones de euros blanqueados a través de monedas virtuales que, según los últimos rastros seguidos, podrían estar vinculados al narcotráfico o incluso al tráfico de armas.
Un auténtico quebradero de cabeza que había terminado por estallarle en las manos.
Valcárcel cerró los ojos un momento e intentó apartar el cansancio.
Desde hacía meses notaba que algo había cambiado a su alrededor: pequeños detalles, llamadas sin respuesta, un coche que permanecía más tiempo del normal frente a la entrada de la urbanización, un mensaje anónimo que alguien deslizó por debajo de la puerta del despacho.
«No todos los que vigilan lo hacen desde fuera», decía el papel.
Lo había tirado a la basura aquella misma tarde, convenciéndose de que solo era el burdo intento de un perturbado por amedrentarlo.
Encendió una lámpara de pie y el resplandor cálido bañó el mármol del suelo.
Su casa era un refugio y una jaula al mismo tiempo, con las paredes cubiertas de fotografías de su vida pública: cenas con magistrados, conferencias, alguna imagen con un ministro de Justicia de otro tiempo.
Le gustaba recordar los años en los que aún creía que el poder judicial era impermeable al miedo.
Apoyó la copa de vino en el alféizar y miró hacia el jardín.
El viento movía levemente las copas de los pinos, trayendo consigo el rumor del mar lejano.
Pensó en su mujer, muerta hacía tres años, y en cómo solía quejarse del aislamiento.
«Esto está demasiado lejos de todo», decía ella.
Él, en cambio, lo consideraba un lujo. Hasta ahora, claro.
Volvió al expediente una vez más. Había ordenado una batería de registros sobre una consultora financiera, Starlux Investments , después de rastrear transferencias opacas desde plataformas de cripto directas a su cuenta principal.
Una pista reciente, llegada desde la UCO, hablaba de un hacker eslavo desaparecido tras una transacción de más de cincuenta millones de euros.
Y lo más inquietante: nombres de empresarios de Marbella, un abogado que susurraba al oído de los políticos y un ciudadano árabe con residencia en los Emiratos, todos aparentemente vinculados de algún modo a esa trama.
Aún no tenía pruebas directas, pero bastaba con lo que había para que más de uno se jugara la vida.
El teléfono fijo sonó de repente, rompiendo el silencio.
El juez se sobresaltó; no solía recibir llamadas en ese número, y menos a esas horas.
Cualquiera podía haber pensado que se trataba de una desgracia, algo grabado en el ADN de su generación para casos similares.
Con una mezcla de miedo, dudas y curiosidad, contestó la llamada después de carraspear.
—¿Sí?
No obtuvo ninguna respuesta. Nada, solo un murmullo distante, como si hubiera interferencias.
Valcárcel colgó cuando un escalofrío le heló la sangre en las venas.
Su mente intentó racionalizarlo; podría tratarse de una equivocación, un cruce de llamadas o incluso una broma pesada de algún chaval. Pero sus entrañas le decían otra cosa.
Cerró el expediente y decidió acostarse.
A medio camino del dormitorio, le llamó la atención el reflejo de la puerta acristalada del salón.
Distinguió algo difuso, una figura que no pertenecía a la sombra de ningún mueble.
Giró lentamente con el corazón martilleándole en el pecho, pero no vio a nadie.
Se acercó al interruptor del patio situado en un lateral y encendió las luces exteriores.
Allí no encontró más que calma y quietud en la superficie del césped, con los cipreses alineados custodiando el perímetro y la verja solitaria al fondo.
Cambió entonces de opinión y decidió ir al despacho.
Allí, se dirigió al cajón donde guardaba el pequeño revólver que conservaba desde su etapa en la Audiencia de Sevilla, cuando morir a manos de ETA aún era una posibilidad para alguien como él.
De todos modos, no llegó siquiera a abrirlo.
Algo le sobresaltó de nuevo y un ruido metálico, leve y seco, le hizo girar la cabeza.
Una figura emergió en ese momento del pasillo, completamente vestida de negro. Llevaba el rostro cubierto y se movía con una cadencia felina, como si no le costara desplazarse. Otro individuo lo flanqueó desde la derecha.
—¿Quién…, quiénes son ustedes? —atinó a decir Valcárcel.
El primer tipo no respondió. Solo hizo un gesto que lo terminó por alarmar.
A la luz de la luna, con el brazo derecho alzado, un brillo iridiscente destelló en el acero de una navaja automática.
Valcárcel retrocedió un paso, asustado, y tropezó con el borde de la alfombra.
Quiso hablarles, intentar razonar con ellos, recordarles quién era.
«Soy juez de instrucción. ¡Puedo ayudaros!
», llegó a musitar en su cabeza. Pero las palabras no llegaron a salir de su garganta.
El ataque fue rápido, brutal, sin previo aviso.
Limpio y silencioso, un movimiento certero y preciso, digno de un profesional.
Cuando Valcárcel quiso darse cuenta de la realidad, ya estaba muerto.
El juez cayó de rodillas junto a la mesa del salón, con los ojos desorbitados y su mente racional diciéndole que su hora había llegado.
Antes de desplomarse por completo, su mirada se cruzó un instante con la de su asesino.
No era odio lo que vio allí, sino un vacío tan absoluto que casi resultaba sereno, la frialdad llevada al extremo.
En sus últimos estertores le pareció distinguir el goteo rítmico del agua en un grifo que había quedado mal cerrado.
Y después, la oscuridad total, la ausencia de todo, antes de que la casa quedara de nuevo en silencio.
La noche había caído con ese tipo de claridad engañosa que solo concede la luna llena en invierno: un resplandor plateado que no ilumina del todo, pero que delata más de lo que protege.
El aire era frío, suave, propio del clima costero en diciembre, y se colaba entre las buganvillas que trepaban por la tapia lateral de la vivienda.
Sus flores, marchitas a medias, parecían manchas de tinta o heridas púrpura contra el encalado blanco de la pared.
Más allá, las luces lejanas de la autovía serpenteaban como un rosario sin dueño.
El coche oscuro aguardaba bajo los pinos, oculto entre las sombras de la urbanización Los Encinares de Mijas.
El rugido distante del mar Mediterráneo llegaba amortiguado por el rumor de los árboles, como si también él contuviera el aliento ante el inminente cambio.
Dos figuras permanecían en el interior del vehículo, los rostros iluminados apenas por la pantalla de un móvil.
El mayor de los dos comprobó la llegada de un mensaje a su teléfono.
Era la señal convenida, había que actuar.
—Es la hora… Vamos allá, en silencio absoluto.
Salieron del vehículo y en pocos pasos se plantaron ante el objetivo de esa noche.
El primer sicario, Davor Markovic, se detuvo un instante en la sombra proyectada por un seto de laurel real.
El croata, que llevaba una mochila negra pegada al cuerpo, contuvo la respiración durante un breve instante, con todas las fibras de su cuerpo atlético tensionadas, dispuesto para la acción.
No necesitaba hablar, cada misión era una cadena de movimientos que ya había ensayado miles de veces en su cabeza.
A su lado, Nico Van der Meer, un holandés de Rotterdam de apenas veintidós años y una mirada que oscilaba entre el entusiasmo y la cautela, aguardaba instrucciones sin pedirlas.
Se movía con esa mezcla de agilidad y ligereza que delataba su juventud, siempre un paso por delante de su propia prudencia.
Davor era un profesional frío y sin ideología.
Exmilitar y mercenario, con experiencia en operaciones encubiertas en Europa del Este y Oriente Medio.
Un experto en armas blancas y manejo de situaciones de alta tensión.
Un hombre metódico y racional que se regía por sus propias normas, no exentas de una especie de disciplina «honorable» que le impedía excederse sin motivo.
Aquello era un trabajo más, muy bien pagado, eso sí, que necesitaba para seguir manteniendo a su madre enferma y a su hermana, allá en Split.
El intermediario que los había contratado, uno de esos tipos que nunca dicen para quién trabajan, había insistido en la misma cantinela de siempre: rapidez, silencio, nada de disparos.
Entrar, dejar un aviso claro y salir, no le interesaba saber más.
Cuanto menos conociera sobre la gente que pagaba, más tiempo seguiría vivo.
O eso les aseguró aquel hombre de mirada cruel, al que solo conocían por su apodo, un nombre de guerra en el mundillo.
Había en el acento de Davor un desgarro extraño, mezcla de las lenguas de Europa del Este con los idiomas mediterráneos, macerado todo por horas de carretera por medio continente, un sonido forjado a fuego entre fronteras y silencios.
Nico, en cambio, tenía una forma más ligera de moverse, menos profesional, pero también menos rígida; una maleabilidad que Markovic sabía apreciar cuando la situación se volvía imprevisible.