CAPÍTULO 9 — El Silencio de Xoán
BLOQUE 1
Xoán salió a su ronda habitual la mañana siguiente, con la misma rutina de siempre, aunque con la cabeza todavía llena de nombres y fechas que apenas empezaba a asimilar: Prisciliano, el siglo IV, la advertencia tallada en la piedra del scriptorium.
No esperaba encontrar nada fuera de lo común en el sendero que rodeaba el promontorio rocoso donde todo había empezado apenas una semana atrás.
Lo primero que notó fue el silencio, distinto al silencio habitual de la niebla: ningún pájaro, ninguna oveja balando en la distancia, solo el sonido de sus propios pasos sobre la tierra húmeda del sendero.
Los vio antes de que ellos lo vieran a él: dos hombres, vestidos con ropa de montaña de calidad evidentemente superior a la que cualquier senderista casual usaría por aquella zona, examinando algo junto a la entrada de la palloza de Amalia con una atención que no tenía nada de casual.
Uno de ellos sostenía lo que parecía un dispositivo de medición electrónico, mientras el otro tomaba fotografías sistemáticas del terreno circundante.
Xoán se detuvo a una distancia prudente, con la experiencia suficiente como para no acercarse directamente a dos desconocidos cuyo comportamiento no encajaba con nada habitual en la zona.
---¿Puedo ayudarlos en algo? ---preguntó, finalmente, acercándose con la autoridad tranquila que le daba el uniforme de guarda forestal---. Esta zona pertenece a una propiedad privada.
El hombre del dispositivo de medición se giró hacia él con una calma que resultaba, de algún modo, más inquietante que cualquier reacción nerviosa habría sido.
---Solo hacemos un levantamiento topográfico de rutina ---respondió, con un acento que Xoán no lograba ubicar del todo, quizás centroeuropeo---. Nada de qué preocuparse.
---¿Para quién trabajan? ---insistió Xoán, sin moverse.
BLOQUE 2
El hombre no respondió directamente. Guardó el dispositivo en una funda técnica con la parsimonia de quien no tiene ninguna prisa, mientras su compañero terminaba de fotografiar el terreno sin prestarle a Xoán ninguna atención adicional.
---Dígale a sus amigos ---dijo finalmente, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos--- que hay gente dispuesta a pagar muy bien por cualquier información sobre lo que encontraron esta semana.
Y gente, también, que preferiría que ciertas cosas permanecieran exactamente donde han estado durante los últimos cuatrocientos años.
Xoán sintió que se le helaba la sangre, comprendiendo de golpe que aquellos hombres no solo sabían del hallazgo, sino que conocían con precisión cuándo había ocurrido.
---¿Cómo saben ustedes...?
No terminó la pregunta. Los dos hombres ya se alejaban por el sendero, en dirección a un vehículo todoterreno de alquiler estacionado a cierta distancia, sin darle tiempo a memorizar con claridad ni sus rostros ni la matrícula completa, disimulada parcialmente por el barro acumulado en la placa.
Corrió hasta la palloza de su abuela, con el corazón desbocado, y encontró a Gabriel, Adrien y Lucía todavía terminando el desayuno, ajenos por completo a lo que acababa de ocurrir a apenas cien metros de distancia.
---Tenemos un problema ---dijo, apenas cruzó la puerta, sin aliento por la carrera---. Alguien más sabe exactamente lo que encontramos, y sabe cuándo lo encontramos.
BLOQUE 3
Relató el encuentro con el mayor detalle posible, mientras Adrien tomaba notas rápidas y Gabriel sentía que la misma sensación de vulnerabilidad que había marcado buena parte de la investigación en Francia meses atrás volvía a instalarse en el estómago,
esta vez en un pueblo de apenas cien habitantes donde cualquier desconocido resultaba, por definición, imposible de disimular durante mucho tiempo.
---"Gente dispuesta a pagar muy bien" y "gente que preferiría que las cosas permanecieran donde han estado" ---repitió Lucía, procesando las palabras exactas que Xoán había reportado---.
Eso suena a dos facciones distintas, no a una sola amenaza uniforme.
Como si hubiera más de un interés en juego, y esos hombres representaran solo a una de las partes.
Adrien, revisando mentalmente todo lo ocurrido desde Bobbio hasta aquel momento, no pudo evitar establecer un paralelismo que le resultaba, a esas alturas, casi inevitable.
---Kessler está detenido, pero eso no significa que su red desapareciera por completo, ni que fuera la única interesada en este tipo de hallazgos. Podríamos estar frente a alguien completamente nuevo, o frente a alguien que decidió recoger lo que Kessler dejó pendiente.
Gabriel pensó en la última frase que Anton Kessler le había dirigido en San Juan de la Peña, meses atrás, justo antes de que se lo llevaran esposado: "Lo que su familia y la mía perseguimos, cada uno a su manera, durante tres generaciones, no termina simplemente porque a mí me detengan hoy."
---Necesitamos protección para Xoán y para su abuela, de inmediato ---dijo, con una firmeza que no admitía discusión---.
Y necesitamos averiguar quiénes son exactamente esos dos hombres, antes de que decidan que hablar con nosotros directamente resulta más eficiente que seguir vigilando desde la distancia.
Xoán, todavía procesando la conmoción del encuentro, miró hacia la ventana de la palloza, donde la niebla seguía cubriendo el pueblo con la misma densidad de siempre, aunque ahora aquella bruma, que toda su vida había asociado con la tranquilidad de su hogar, empezaba a parecerle, por primera vez,
una cobertura perfecta para cualquiera que quisiera observarlos sin ser visto.
---Llevo seis años vigilando este monte ---dijo, en voz baja---. Nunca pensé que algún día tendría que preguntarme quién me está vigilando a mí.