CAPÍTULO 7 — Ruinas del Scriptorium
BLOQUE 1
Volvieron dos días después, con el permiso verbal de Amalia todavía resonando en los oídos de todos como una especie de bendición extraoficial, y con el equipo mínimo indispensable para un primer descenso responsable: linternas potentes, un botiquín completo,
cuerdas de seguridad y una cámara con la que Adrien insistió en documentar cada metro del recorrido antes de que nadie tocara absolutamente nada.
Xoán, con su experiencia como guarda forestal familiarizado con cuevas y cavidades naturales de la región, se ofreció a encabezar el descenso, insistiendo en que su conocimiento del terreno podía resultar más útil en ese momento que cualquier formación académica.
---Voy primero yo ---dijo, ajustándose el casco con linterna frontal---. Si algo se ve inestable, prefiero ser yo quien lo compruebe antes que cualquiera de ustedes.
La losa cedió con más facilidad de la que Adrien había anticipado, deslizándose sobre un mecanismo de contrapeso que, a pesar de los siglos transcurridos, todavía conservaba buena parte de su funcionalidad original gracias, probablemente,
al mantenimiento discreto que generaciones de la familia Freire habían realizado sin saber del todo qué estaban protegiendo.
Detrás, un corredor estrecho descendía en suave pendiente, tallado directamente en la roca con una regularidad que hablaba de un trabajo planificado, no improvisado, similar en técnica a los pasadizos que habían recorrido meses atrás en San Tirso,
aunque con un estilo constructivo ligeramente distinto que Adrien atribuyó, en voz baja mientras avanzaban, a una tradición monástica regional propia de Galicia, separada de la influencia más francesa que habían visto en Aragón y en el propio Camino Francés.
El aire, seco y estable a pesar de la humedad constante que reinaba en el exterior, sorprendió a todos.
---Esto no es normal en una cavidad de montaña en esta región ---comentó Lucía, respirando profundamente---. Debe haber algún sistema de ventilación natural, quizás aprovechando grietas en la roca que conectan con el exterior en algún punto que todavía no vimos.
BLOQUE 2
El corredor desembocó, después de casi cien metros de descenso constante, en una sala amplia y rectangular que ninguno de ellos había anticipado del todo, a pesar de todas las hipótesis manejadas durante los días previos: un scriptorium monástico,
con largas mesas de piedra todavía en su lugar original, restos de atriles de madera parcialmente desintegrados por el paso de los siglos, y estanterías talladas directamente en la roca de las paredes, ahora completamente vacías.
---Esto era una sala de trabajo real, no un simple escondite improvisado ---dijo Adrien, recorriendo el espacio con la linterna, la voz cargada de una emoción que apenas lograba contener---.
Miren la disposición de las mesas, la orientación hacia lo que debía ser alguna fuente de luz natural, ahora perdida.
Aquí se copiaban manuscritos con regularidad, no de forma esporádica.
Gabriel se acercó a una de las estanterías vacías, pasando los dedos por la piedra desgastada donde, durante generaciones, debieron reposar decenas de volúmenes.
---¿Qué pasó con todo lo que había aquí? ---preguntó, más para sí mismo que para el resto---. Esto no tiene aspecto de haber sido saqueado. No hay marcas de violencia, ni estanterías rotas, ni el desorden típico de un robo apresurado.
Adrien examinó con atención el suelo de piedra frente a las estanterías, donde una fina capa de polvo acumulado durante siglos mostraba, sin embargo, un patrón que llamó su atención de inmediato.
---Tiene razón. Miren esto: las marcas en el polvo son uniformes, sistemáticas.
Alguien retiró cada volumen con cuidado, uno por uno, probablemente en un orden determinado, y no dejó ningún rastro de prisa ni de descuido.
Esto no fue un saqueo. Fue un vaciado deliberado y metódico, ejecutado por alguien que sabía exactamente qué estaba haciendo y por qué.
BLOQUE 3
Lucía, que se había alejado hacia el extremo opuesto de la sala mientras los otros dos examinaban las estanterías, llamó su atención con una voz que revelaba haber encontrado algo importante.
---Vengan a ver esto.
Sobre la pared del fondo, tallada con un cuidado mucho mayor que las inscripciones funcionales que habían visto hasta entonces en aquella investigación, una serie de líneas de texto en latín cubría casi la totalidad del muro,
ejecutadas con una caligrafía elegante que sugería la mano de un copista experimentado, no de un simple albañil trabajando la piedra.
---Esto no estaba pensado para esconderse ---dijo Adrien, acercándose con la cámara ya lista---. Al contrario. Esto estaba pensado para ser leído por cualquiera que llegara hasta aquí, en el momento en que llegara, sin importar cuánto tiempo pasara.
Gabriel iluminó el texto completo con su propia linterna mientras Adrien empezaba a traducir, palabra por palabra, con la misma concentración absoluta que había aplicado a cada inscripción encontrada a lo largo de tres investigaciones distintas.
Las primeras líneas describían, en un tono casi litúrgico, la fundación de aquel lugar como refugio para "quienes preservaban la memoria completa, no la memoria conveniente", una fórmula que a Gabriel le recordó inmediatamente el propio lenguaje de los Custodios, aunque con un matiz distinto,
más urgente, casi defensivo.
Pero fue la última línea, más pequeña y aparentemente añadida en un momento posterior por una mano distinta a la del resto de la inscripción, la que hizo que Adrien se detuviera en seco, releyendo varias veces antes de atreverse a traducirla en voz alta.
---"Que nadie pronuncie aquí el nombre del maestro de Ávila, pues su verdad todavía puede quemar" ---dijo, finalmente, con la voz reducida casi a un susurro---. Alguien añadió esto después, mucho después probablemente, como una advertencia final antes de que la puerta se cerrara para siempre.
El silencio que siguió, dentro de aquella sala que llevaba más de cuatro siglos sin recibir ninguna voz humana, tuvo el peso exacto de una pregunta que ninguno de ellos, todavía, sabía cómo empezar a responder: quién era exactamente aquel "maestro de Ávila" cuya sola mención,
siglos después de su muerte, seguía considerándose lo bastante peligrosa como para advertir contra ella desde la piedra misma.