CAPÍTULO 6 — Bajo las Pallozas
BLOQUE 1
La abuela de Xoán se llamaba Amalia Freire, tenía noventa y un años recién cumplidos, y vivía todavía, contra los consejos reiterados de toda su familia, en una de las pallozas originales del pueblo, una de las pocas que no habían sido convertidas en atracción turística ni en museo etnográfico,
sino que seguía funcionando exactamente como había funcionado durante generaciones: como vivienda real, con el fuego siempre encendido en el centro y el humo escapando lentamente por el propio techo de paja en lugar de por una chimenea convencional.
Xoán los llevó hasta allí a la mañana siguiente, después de contarles con más detalle, durante la cena de la noche anterior, la historia del cáliz gemelo que su abuela repetía desde que él era niño.
---Les advierto que puede ser un poco reservada al principio ---dijo, golpeando la puerta de madera baja con los nudillos---. No le gustan demasiado los forasteros, y menos todavía las preguntas sobre cosas que su propia madre le enseñó a no repetir fuera de la familia.
Amalia los recibió sentada junto al fuego, envuelta en un mantón de lana gruesa a pesar de que dentro de la palloza hacía un calor considerable, y los observó durante un largo momento con una mirada aguda que desmentía por completo cualquier fragilidad que su edad pudiera sugerir a primera vista.
---Así que sos vos el que anda preguntando por la casa de la niebla ---le dijo a Gabriel, sin ningún preámbulo, en un gallego cerrado que Lucía apenas lograba seguir del todo---.
Mi madre me lo advirtió, cuando yo tenía la edad de mi nieto: algún día iba a llegar alguien preguntando, y que cuando llegara, había que decidir si contarle la verdad o dejar que la niebla siguiera guardando lo suyo.
---¿Y qué decidió usted? ---preguntó Gabriel, con el mayor respeto que pudo reunir en la voz.
Amalia lo estudió un momento más, y finalmente esbozó una sonrisa cansada.
---Ya soy demasiado vieja para seguir cargando sola con esto. Vengan, les voy a mostrar algo que ni mi propio nieto conoce todavía.
BLOQUE 2
Los condujo hacia la parte trasera de la palloza, donde una pequeña puerta de madera, disimulada entre sacos de grano y aperos de labranza que llevaban décadas sin usarse, daba paso a lo que a primera vista parecía una simple bodega tradicional para conservar patatas y castañas durante el invierno,
excavada parcialmente en la roca de la propia ladera sobre la que se asentaba la construcción.
---Toda mi vida usé esto como bodega, igual que mi madre y mi abuela antes que yo ---dijo Amalia, encendiendo un candil de aceite en lugar de recurrir a ninguna linterna eléctrica, con la familiaridad de quien ha repetido aquel gesto miles de veces a lo largo de noventa años---.
Pero mi madre me enseñó, cuando yo era joven, que si uno movía la piedra correcta, al fondo, la bodega seguía mucho más allá de lo que cualquiera imaginaría al entrar por primera vez.
Xoán, con una expresión que mezclaba incredulidad y una especie de vértigo familiar, ayudó a su abuela a apartar unos sacos de grano vacíos que se apilaban contra la pared del fondo, revelando una losa de piedra ligeramente distinta al resto del muro,
con un borde apenas perceptible que sugería una junta trabajada, no una fractura natural.
---Nunca en mi vida supe que esto estaba acá ---murmuró, pasando los dedos por el borde de la losa---. Vine a esta bodega mil veces de niño, buscando castañas, y jamás noté nada raro.
---Porque no debías notarlo, meu neno ---respondió Amalia, con una ternura que contrastaba con la gravedad del momento---. Esa era exactamente la idea desde el principio.
BLOQUE 3
Adrien examinó la losa con el mismo cuidado profesional que había aplicado en San Juan de la Peña y en San Tirso, sin atreverse todavía a moverla sin haber documentado primero cada detalle visible.
---Este mecanismo es distinto a los que vimos antes ---observó, después de varios minutos---.
No parece depender de ninguna secuencia acústica ni de ninguna llave física.
Parece, simplemente, un sistema de contrapeso bastante simple, diseñado para que cualquiera de la familia pudiera abrirlo sin necesidad de conocimientos especiales, siempre que supiera exactamente dónde empujar.
---Así lo aprendí yo, y así se lo enseñé a mi hija, la madre de Xoán, que en paz descanse ---confirmó Amalia---.
La familia Freire cuidó este acceso desde mucho antes de que yo naciera, generación tras generación, sin que nadie fuera de la casa lo supiera jamás, ni siquiera los propios maridos que se casaban con las mujeres de la familia, hasta que demostraban ser dignos de confianza.
---¿Por qué su familia, específicamente? ---preguntó Lucía---. ¿Qué relación tenían ustedes con el monasterio original?
Amalia guardó silencio un momento, con la mirada perdida en la llama del candil.
---Eso mi madre nunca me lo explicó del todo, y su propia madre tampoco se lo había explicado a ella.
Solo decía que los Freire fuimos, desde siempre, "los que vigilan sin preguntar", y que preguntar demasiado era precisamente lo que había condenado a los tres monjes que un día entraron ahí y nunca volvieron a salir.
El silencio que siguió se extendió por toda la bodega, roto solo por el crepitar lejano del fuego en la habitación principal de la palloza.
Gabriel, mirando la losa que Adrien todavía no se atrevía a mover, sintió el mismo peso que había sentido meses atrás frente a la puerta sellada de San Tirso: la certeza de que, del otro lado de aquella piedra, esperaba algo que llevaba demasiado tiempo esperando a ser encontrado.
---Vamos a necesitar hacer esto bien ---dijo finalmente, mirando a Adrien---.
Documentación completa, permisos si hacen falta, y mucho cuidado.
Si de verdad hay tres cuerpos ahí dentro, esto ya no es solo una investigación histórica.
Es, además, un lugar donde alguien murió, y merece ser tratado con el respeto que eso exige.
Amalia asintió lentamente, como si aquellas palabras confirmaran algo que ella misma llevaba noventa años sospechando sin poder comprobarlo del todo.
---Entren con cuidado, entonces ---dijo---. La niebla lleva más de cuatrocientos años esperando pacientemente. Un par de días más de precaución no le va a molestar a nadie.