El misterio del mausoleo de Qin Shi Huang OCTAVA PARTE
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OCTAVA PARTE

Mientras Charles y Li siguen con su trabajo, Cristina, Shen y su hija hacen turismo por la capital. Por la noche se reúnen en el piso, donde Qiang prepara excelentes cenas.

Una noche, mientras cenan, surge una duda:

—Li ha detectado, entre las obras que estamos catalogando, dos falsificaciones. Es algo raro, pues se supone que eran todas originales. Las dos pertenecen al lote que se guardó en el museo.

—Quizás cuando se embalaron para mandarlo a Taipéi se confundieron por error.

—Imposible, se supone que en el Museo no tenía que haber ninguna falsificación.

—¿Queréis que os ayudemos a revisar las piezas del museo? Mañana mi hija vuelve con mi madre, que ya sale del hospital.

—Sería importante. Mañana, en lugar de ir al banco, iremos al museo a ver qué encontramos.

Cuando a la mañana siguiente llegan al museo, Li, como nuevo director, reúne a todo el personal. Ocho trabajadores de mantenimiento de las instalaciones, una recepcionista y dos administrativas, cinco restauradores y diez guardas de seguridad.

—Buenos días. Quería saludarlos a todos y conocerlos. Las personas de mantenimiento y las de seguridad seguirán su trabajo como siempre. Sin embargo, la recepcionista, las administrativas y los restauradores tendrán nuevas normas, que explicaré individualmente a cada uno en mi despacho.

Mientras Li entrevista al personal, Charles, Cristina y Shen recorren el museo buscando algún vestigio de fraude.

La recepcionista es la primera en entrar en el despacho, su lenguaje corporal pone en alerta a Li-Ping, que, como sabemos, es un buen conocedor de la mente humana.

—Señorita, está usted muy nerviosa. Si me cuenta de entrada lo que realmente pasaba con el antiguo director, se ahorrará usted un disgusto.

—Yo no conozco la trama en detalle, pero sí veía que cierto personaje ruso tenía encuentros con el director.

A veces venían hombres chinos o rusos a recoger y dejar paquetes.

En ocasiones me pedía mi teléfono, pero cuando me lo devolvía había borrado todo.

Le aseguro que no sé nada más; nunca participé en esos trapicheos.

—Bien, de momento puede retirarse. Haga pasar a las administrativas.

—Les digo lo mismo que a su compañera: cuenten la verdad.

—Nosotras llevamos todo el papeleo, legal y económico, de las piezas que se iban incorporando al museo, pero algunas obras no pasaban por nuestras manos, ni el papeleo ni las cuentas; de esas se cuidaba personalmente el director.

Él no sabía que nosotras conocíamos el lugar donde depositaba documentos y dinero de origen desconocido.

—¿Dónde se halla el escondite?

—Si mueve esta mesa de despacho, enterrada en el suelo hay una trampilla, suponemos que con una caja fuerte.

—¿Cómo saben ustedes esto?

—Nosotras pasamos muchas horas aquí, en la antesala del despacho. En ocasiones oíamos cómo movía la mesa, casi siempre después de alguna visita poco convencional. Un día que no estaba, porque se había ido de viaje, movimos la mesa; vimos la caja, evidentemente no la abrimos.

—Bien, pueden retirarse. Que pasen los restauradores.

Los cinco se quedan de pie frente a la mesa, detrás de la cual, con semblante serio, está Li-Ping, en silencio, sin saludarlos.

—Señores, tengo que comunicarles que irán todos a la cárcel por falsificación y comercialización de obras de arte chino. ¿Tienen algo que decir?

Uno de ellos:

—Señor Li-Ping, después de la detención del director hemos hablado entre nosotros y queremos explicarle lo que pasaba.

El antiguo director recibía piezas de origen desconocido para nosotros que, básicamente, requerían una limpieza.

Después se las devolvíamos a él y solo a él.

A veces nos traía alguna pieza expuesta en el museo, todas de gran valor.

Teníamos que hacer una copia falsificada perfecta, según él, para exponerla en lugar del original y así evitar que la robaran o se deteriorase.

No sabemos qué hacía con la original; se la llevaba y no sabemos dónde.

—¿Cuánto tiempo hace que pasaba esto?

—Varios años.

—Necesito una lista de las obras que han falsificado y sustituido. ¿Seguro que no saben dónde están los originales?

—No, señor.

—Bien, retírense.

Mientras se realizan las entrevistas, Charles, Cristina y Shen han estado recorriendo el museo.

El arqueólogo tiene intuición para reconocer recovecos arquitectónicos; Cristina y Shen tienen gran experiencia en registros, pero, después de pasear por todo el museo, no han encontrado nada sospechoso, por lo que se reúnen de nuevo en el despacho.

—Lo siento, Li, pero no hemos encontrado nada sospechoso.

—Yo sí. Resulta que el anterior director, al parecer, falsificaba piezas de gran valor y sustituía unas por otras, lo que creo que le permitía vender las originales sin que nadie se enterara del cambio.

Los restauradores me han dado una lista de las piezas falsificadas y las administrativas me han revelado dónde guardaba Li-Xon-Xoi información de sus transacciones fraudulentas.

Al parecer, hay una caja de caudales en el suelo de este despacho, debajo de la mesa.

—Pues vamos a ver. Voy a llamar al cerrajero.

No pasa mucho tiempo hasta que el técnico se presenta. Mientras esperaban, han movido la mesa y, efectivamente, encuentran una trampilla; al levantarla, aparece una caja acorazada de tamaño medio.

Cuando llega el cerrajero, la observa.

—Se trata de una caja de seguridad con abertura de combinación. Podré abrirla con el descodificador sin problemas.

El técnico adosa el dispositivo a la puerta y lo pone en marcha. Una pequeña pantalla parpadea; instantes después aparecen cuatro números. El especialista los introduce en el panel de la caja, gira una manecilla y la puerta se abre.

—Listo, si no necesitan nada más.

—No, gracias.

Li-Ping, Charles, Shen y Cristina observan el contenido.

Varios fajos de billetes, yuanes, unas bolsas que contienen cada una de ellas una joya antigua y tres libros de cuentas con anotaciones. También hay un pliego de papel con un plano de una parte del museo.

—Al parecer, como fue detenido por sorpresa, no tuvo tiempo de recoger o destruir todo esto.

—Estas joyas están expuestas, por lo que pienso que estas son las originales; las exhibidas son falsas, pero aquí no hay figuras ni objetos, no caben.

—Veamos los papeles. Es una relación de obras de arte, los compradores y la cuantía económica de cada pieza. Hay un nombre que se repite varias veces, «Cáishén»; en realidad, es el único, no hay más nombres.

—Li, ¿conoces este nombre?

—Sí, es el dios del dinero y de la fortuna en la mitología china. No es una persona física, por lo que creo que es un pseudónimo para ocultar la identidad de alguien.

Shen-Xo comenta:

—Tenemos que averiguar lo que es falso de lo expuesto y cuál es la verdadera identidad de Cáishén.

—¿Tienes idea de cómo hacerlo?

—Cotejaremos las listas que tenemos con los objetos; los restauradores nos ayudarán. Daremos la noticia de lo que hemos descubierto en la televisión y de que la policía está buscando al comprador de las piezas robadas por el anterior director del museo.

—Buena idea, veremos si alguien se asusta. También hablaremos con Li-Xon-Xoi, que está en la cárcel pendiente de juicio.

Ya de regreso a la casa, después de un día un tanto agitado. Li comenta con tristeza.

—Nunca hubiera imaginado que existía esta enorme red de objetos robados del patrimonio chino.

—No te preocupes, llegaremos al final del asunto.

El jefe de policía Zhi-Peng se presenta en el piso a primera hora de la mañana.

—Siento presentarme tan temprano. Ayer disteis la noticia del descubrimiento del robo en el museo. Pues bien, hoy ha aparecido muerto en su celda el antiguo director del museo.

—Lógico, era el único que conocía la identidad de Cáishén; era un cabo suelto.

—¿Y ahora qué? —dice Cristina inmediatamente.

—Que no toquen nada. Vamos.

—Nosotros vamos al museo, quiero ver a qué corresponde el plano que encontramos en la caja fuerte.

Shen-Xo, Cristina y el jefe de policía se desplazan hasta la cárcel. Cuando llegan, los recibe el alcaide. La celda está vacía.

Cristina comenta con enfado.

—He dicho que no tocaran nada. Han contaminado el escenario del crimen. Alguien está interesado en evitar que la investigación avance.

Shen-Xo comenta:

—El alcaide dice que han identificado al asesino, pero es un preso con una condena perpetua que nunca saldrá y le importa muy poco lo que le pase.

—Zhi-Peng, detenga al alcaide y a los funcionarios que limpiaron la celda, acusados de obstrucción a la justicia. Reúnalos a todos; vamos a interrogarlos. ¿Dónde está el cadáver?

—Está en la enfermería, esperamos al forense.

Mientras la policía reúne a los funcionarios implicados, Cristina y Shen van a la enfermería de la prisión, observan y registran el féretro, sin encontrar nada. También rebuscan en la celda, tampoco hallan nada.

El interrogatorio de los funcionarios tampoco sirve para nada. Todos dicen lo mismo: es un procedimiento habitual. Cuando muere un preso, se traslada a la enfermería; allí el forense hace una breve autopsia, se limpia la celda y se hace un informe que generalmente se archiva sin más.

Cuando abandonan la penitenciaría el jefe de policía se disculpa.

Mientras todo esto sucede, Charles y Li han estado indagando a qué lugar corresponde el plano.

Resulta que pertenece a una gran vitrina que hay en una de las salas de exposición más grandes del museo.

Los dos eruditos se sitúan frente al expositor, lo rodean, se miran y lo vuelven a rodear.

Entonces piden a uno de los vigilantes que les abra la cristalera.

Entran en el espacio, mueven algunos de los objetos expuestos y se dan cuenta de que en el centro hay una trampilla.

La levantan y queda al descubierto una escalera que conduce a un espacio que ocupa toda la base del escaparate, unos nueve metros cuadrados y unos dos metros de altura.

Descienden y encuentran un auténtico alijo de obras: jarrones de cerámica, jade, figuras de marfil, recipientes de cobre, oro, ropas de antiguos emperadores, tallas de maderas nobles y más; evidentemente, todo robado y listo para vender.

Li-Ping no puede dar crédito a lo que ve. Charles comenta:

—He sido testigo de varios expolios en diferentes excavaciones a lo largo de mi vida, pero nada como esto. Aquí estamos descubriendo toda una organización que seguro tiene un jefe, una mente pensante que se llama Cáishén. Tenemos que descubrir quién es realmente.

—No dudes que lo descubriremos. Voy a llamar al ministro; quiero que el ejército se haga cargo de la vigilancia y del traslado de todo hasta que solucionemos el caso.

—Lo preocupante es que no sabemos de quién fiarnos. Esperemos que las chicas sepan qué hacer en estos casos.

Cuando termina el día, se reúnen de nuevo los cuatro. Charles y Li explican el hallazgo. Las chicas comentan que el caso está paralizado: no tienen nada para averiguar quién es en realidad el cabecilla de la trama.

Después de tomar las exquisiteces que prepara Qiang, deciden ir a dormir; quizás la almohada les revele la solución.