SÉPTIMA PARTE
—Shen, olvidémonos de Igor, recuperemos el botín, regresemos a Pekín, ya nos ocuparemos de él más adelante.
—Recuerda que el descodificador no garantiza la apertura de la puerta acorazada.
—Vamos a probarlo.
—Zhao, acompáñanos al sótano; los demás, vigilad por el jardín, no queremos sorpresas.
Cuando llegan a la puerta, colocan la clavija en el lateral del marco de la pantalla; esta se ilumina al igual que la del aparato, que empieza a parpadear. Pasados unos minutos, un número queda fijo; sigue parpadeando y queda otro número fijo, así sucesivamente hasta siete ocasiones.
—Aquí no se mueve nada.
Cristina introduce los dígitos en la pantalla de la puerta en el mismo orden en que han aparecido, espera unos segundos y gira con fuerza una rueda situada al lado del visor. Se oye un «clac» y, al tirar de la puerta, esta se abre y se enciende una luz en el interior de la estancia.
—Bueno, pues no era tan difícil. Vaciemos todo lo que hay, avisa a los de fuera que traigan la furgoneta.
Una hora más tarde, la camioneta está cargada, el equipo sube, Zhao conduce, salen del recinto, ajustan la reja y por la carretera se dirigen al aeropuerto abandonado.
Al llegar, suben el vehículo al avión por la rampa y ocupan sus asientos. Lu comenta:
—¿Estamos todos?
El ensordecedor ruido de los motores va en aumento a medida que la nave avanza por la pista y se eleva hacia el cielo que empieza a despertar del letargo de la noche. Toman rumbo al Este.
—¿Qué pasa con Igor? ¿No lo habéis encontrado?
—No, pero hemos recuperado las obras; como estaban bien embaladas, no sabemos si son las que buscábamos o hay más. Da igual, lo hemos dejado limpio.
—¿Qué haréis con Igor?
—Cuando lo localices, te aseguro que iré a por él.
Pasadas unas horas, que aprovechan para descansar, entran en el espacio aéreo chino. Al parecer, la misión se está desarrollando con éxito.
A media tarde divisan el aeródromo de Beijing, establecen comunicación con la torre de control y aterrizan en la pista reservada al ejército.
Dos vehículos militares escoltan a la camioneta hasta el Banco Popular de China, donde depositan el botín recuperado. Después, el equipo se reúne en el piso de Pekín con Charles, Li-Ping y Qiang.
—Bienvenidos, contadnos cómo ha ido.
—Hemos recuperado las obras robadas, pero Igor se ha escapado, nos ha estado engañando, al final lo hemos perdido.
—Tranquila, Shen, en algún momento localizará de nuevo su teléfono y lo pillaremos.
—Espero.
Al día siguiente, todos se trasladan al Banco; hay que desembalar y los dos expertos tienen que valorar las piezas rescatadas. Cuando todo está a la vista, empiezan a estudiar cada elemento; tardarán varios días.
El equipo decide permanecer unido unos días por si surgiera algo que requiriese una nueva intervención.
Además, Shen y Cristina se entrevistan con el ministro, le presentan el informe de la misión y se agradecen mutuamente los servicios prestados.
Un apartado especial merece el hecho de no haber localizado a Igor Nikov; aunque les comunican que aún lo están buscando, la misión no terminará hasta que este tema esté solucionado, con él en la cárcel o muerto.
En el piso:
—Lu, ¿estás pendiente del tema? Ayer hablé con mi hermana Jia Yi; me dijo que, al parecer, Igor ha regresado al palacete. Está muy enojado, pues la policía rusa quiere saber por qué han encontrado tantos muertos en su finca; nadie habla del robo.
—No te preocupes, lo encontraré.
Pasan unos días.
Una mañana, estando todos en el Banco ayudando a la clasificación y autentificación de las obras.
De repente y de forma inesperada, suena el móvil de Shen. Todo el equipo se sorprende.
—Diga.
Con un gesto indica a los demás que avisen a Lu-Hang.
—Hola, Shen, soy Igor, tengo a alguien aquí que desea saludarte.
En el teléfono aparece la imagen de una chica de unos quince años y, de fondo, se oye un grito angustioso: «¡MAMÁ!».
—Estoy en China, quiero un avión con el botín que me habéis robado o no volverás a ver a tu hija. No bromeo.
Cuelga.
Todos los miembros del equipo se miran; ninguno de ellos conocía la existencia de la hija de Shen. Zhao pregunta:
—¿Tienes una hija?
—Sí, tiene quince años, se llama Sakura. Su padre era piloto; murió antes de que ella naciera. La he criado yo. No sé cómo Igor se ha enterado. Vive conmigo aquí, en Pekín; ahora está con mi madre.
—Alguien se ha ido de la lengua. ¿Quién sabía lo de tu hija?
—En mi entorno, mucha gente; no era un secreto. Tengo que ir a casa de mi madre.
Cristina y los monjes responden:
—Te acompañamos.
—Shen, Igor volverá a llamar, avísame inmediatamente; tarda en contestar, me dará más tiempo y, si puedes, entretenlo.
Cuando llegan a casa de la madre, la puerta está entornada; entran con precaución, recorren las estancias y en la cocina encuentran a la madre tumbada en el suelo, sin sentido pero viva.
—Mamá, ¿qué ha pasado?
—Han venido unos hombres y se la han llevado, no eran chinos; he intentado impedirlo, pero me han golpeado.
—Tranquila, te llevamos al hospital.
Ya en el hospital, donde están reconociendo a la madre, suena el teléfono de Shen, que hace una señal a Dao para que avise a Lu.
—¿Qué le has hecho a mi madre? Como le hagas algo a mi hija, te juro que te mato.
—Quiero un avión en el aeropuerto y todo lo que me robasteis en Moscú y lo que había en el museo, o tu hija sabrá lo que es sufrir.
—Vale, dame tiempo y te devolveré todo.
—Tienes veinticuatro horas, no me vaciles.
Cuelga.
—No me negaréis que soy un crac. He hackeado el móvil: Igor está en un barrio antiguo, un hutong en la calle Shijia, al sur de la plaza de Tiananmen.
—¿Estás seguro?
—Totalmente.
—Voy a hablar con Zhi-Peng, el jefe de policía de Pekín.
Shen va a la central de policía; allí habla con el jefe, le explica toda la misión y cómo Igor ha raptado a su hija y lo que pide.
—Estoy a tu disposición, dime qué necesitas.
—Quiero que cierres el barrio en el que se ha localizado a Igor, pero con discreción; necesito un fusil de francotirador, mi gente y yo nos ocuparemos de él.
—De acuerdo.
Después va al piso y habla con los shaolin, para trazar un plan de rescate de su hija.
—Mi idea es que vosotros liberéis a Sakura esta noche, para que mañana, cuando se dé cuenta, Igor quiera huir y, cuando salga de la casa, lo mataré a distancia. ¿Es posible?
—Sí, liberaremos a tu hija.
Cuando la oscuridad y la paz dominan el antiguo barrio de la calle Shijia, cuatro sombras se deslizan por los tejados.
Cuando llegan al patio de la casa donde está el ruso, bajan del tejado y eliminan al vigilante que estaba en la puerta del salón.
Entran y recorren las habitaciones como si de espíritus se tratara.
En una de ellas encuentran a Sakura. Seng la coge en brazos y vuelven al tejado, por donde se alejan de la mansión hasta llegar al siguiente hutong, donde está esperando su madre.
—Sakura, estás a salvo.
Las dos se funden en un abrazo.
—¿Se han despertado?
—No, cuando se levanten se darán cuenta de dos cosas: el vigilante muerto y que tu hija no está.
—Vale, id al piso y haceos cargo de ella. Yo me quedo en el barrio. Ya tengo la posición desde donde dispararé a Igor: la azotea de un edificio fuera del hutong, que domina la casa y la calle por la que deberá abandonarla a pie, pues no pueden entrar coches en estas calles; son muy estrechas.
Cuando ya es de día, uno de los secuaces de Igor va a reemplazar al vigilante, pero se da cuenta de que está muerto.
Inmediatamente da la alarma. Igor va a la habitación donde dejó a la niña.
Al darse cuenta de que no está, ordena a sus hombres que vigilen la calle y que se pongan frente a él para protegerlo.
Sospecha que puede ser abatido por un francotirador.
Forman una piña y salen de la casa. Shen observa, mira por el visor y dispara, pero mata a uno de los escoltas que iba frente a él.
Vuelve a disparar, pero no logra abatir a Igor, que sí sale herido.
Sus hombres lo introducen en un coche que estaba a la salida del barrio y emprenden la huida, pero se tropiezan con el dispositivo montado por la policía.
Al no detenerse, son tiroteados, pero logran pasar el control.
Shen se reúne con la policía, que le cuenta que están siguiendo con un helicóptero al coche del fugitivo, que se dirige al aeródromo.
Otro helicóptero toma tierra en la plaza de Tiananmen, recoge a Shen y, siguiendo las indicaciones del primer helicóptero, se sitúa por delante del fugitivo.
Desciende sin llegar a tomar tierra y Shen dispara varias veces, lo que provoca un aparatoso accidente, con varias vueltas de campana.
Esperan unos momentos; nadie abandona el vehículo accidentado.
El helicóptero toma tierra cerca del accidente.
Shen baja y se acerca con precaución. Se da cuenta de que, de los cuatro hombres que viajaban, tres están muertos y uno aún vive: Igor.
Las miradas de ambos se cruzan. Sin dudarlo, Shen-Xo saca su pistola y dispara a la cabeza del herido. Regresa al aparato.
—Vámonos.
Unos momentos más tarde, el lugar se llena de policía y ambulancias.
Shen-Xo regresa al piso con su gente y ahora también su hija.
—Bueno, parece que la misión ha finalizado: Igor, muerto; las obras, recuperadas; gracias a las libretas que encontramos, los compradores, identificados. Todo parece estar en orden.
Cuando por la noche Charles y Li-Ping regresan al piso, ambos dan la enhorabuena a Shen.
—Yo quiero daros las gracias a todos por vuestra ayuda.
—Cuando tengas más casos, nos puedes llamar; los shaolines estarán siempre contigo, pero mañana nos iremos a nuestras casas.
—¿Tú y Charles también os iréis?
Es Charles quien contesta:
—Aún no, hasta que todas las obras estén catalogadas y colocadas a buen recaudo; además, queremos inspeccionar de nuevo lo que han hecho con el túnel del mausoleo. Li-Ping tiene una sorpresa que daros, que yo ya sé.
—Nos tenéis intrigadas, ¿qué pasa?
Li-Ping esboza una suave sonrisa; sus ojos brillan. Con voz entrecortada:
—Me han nombrado Director del Museo Nacional Chino y de todo el complejo del Mausoleo de Qin Shi Huang.
—Muy bien, te lo mereces.
Cristina y Shen lo abrazan.