SEXTA PARTE #2
Cuando todo el equipo está reunido, Lu va conectando las diferentes videocámaras.
Se observa la entrada a la propiedad y a dos guardas paseando.
Después ven el interior del palacete con las diferentes estancias.
En el sótano hay un espacio dedicado por entero a los sistemas de vigilancia, con dos personas atentas a las pantallas.
Enfrente hay un aparato que enfoca de lleno la puerta de una habitación acorazada, lo que les permite averiguar la marca, el modelo y los sistemas de apertura de la puerta.
Alejado de este edificio hay otro que es la vivienda de los guardas.
Las cámaras exteriores muestran gente armada paseando por todo el territorio.
Cerca del lago hay otra caseta más pequeña, sin videovigilancia.
En el otro extremo de la península, un edificio alargado acoge varios vehículos.
—Hay que hablar con un experto cerrajero y mostrarle las imágenes de la puerta acorazada para que nos diga cómo abrirla.
—Mi hermana ha mandado otra información.
Los guardas son dieciocho y trabajan en dos turnos, de día y de noche.
Cuando Igor sale, se desplaza en un Rolls negro y plateado, con chófer y un escolta a su lado.
Siempre va otro coche siguiendo al Rolls, un todoterreno negro con dos guardas.
Me comenta Jia Yi que dos o tres veces a la semana va a cenar a un restaurante de la ciudad, normalmente el Monpasye.
—Estad atentos a las imágenes, en dos días nos vamos.
Al día siguiente llega al piso el cerrajero. Le muestran las imágenes donde se ve el tipo de puerta que es.
—Es una puerta blindada de alta seguridad.
Veis que en el centro hay un panel con una cuadrícula y, en la parte superior del marco, un pequeño objetivo.
La única manera de que se abra es que el sujeto autorizado ponga la palma de la mano en la pantalla del panel.
Cuando se ha verificado la huella dactilar, el objetivo registra la cara.
Cuando las dos lecturas son válidas, la puerta se abre.
—¿Y si no tenemos al sujeto?
—Os daré este descodificador. Lo conectáis con la clavija a un agujero que hay en el lateral del panel; el aparato buscará y encontrará la contraseña. Tardará un rato y no siempre funciona; lo mejor es la cara y la mano del autorizado.
—Gracias, esperemos que funcione.
El día está despertando cuando el equipo al completo, con la furgoneta Aucwell, abandona el piso y se dirige al aeropuerto de Beijing. Una vez en el recinto, toman una calzada perimetral hasta llegar a un espacio exclusivo del ejército; allí ya está preparado el Xi’an Y-7H.
El personal de tierra los recibe; el piloto y el copiloto se presentan y explican el plan de vuelo a Cristina, Shen y a Lu.
El comandante comenta que volarán hasta la región china lo más al oeste que puedan.
Cuando termine el territorio chino, entrarán en el espacio aéreo de Kazajistán; seguirán lo más al oeste posible para entrar en territorio ruso hasta Moscú.
El piloto da a Lu las señas radioelectrónicas de las torres de control aéreo que se encontrarán en el recorrido.
Mientras, Zhao sube la furgoneta al avión por la rampa trasera.
Los demás monjes ocupan unos asientos en el interior.
Más tarde, Cristina y Shen también toman su lugar.
Lu-Hang se instala en la cabina, ocupando el lugar del ingeniero de vuelo; allí instala sus ordenadores para interferir la señal de radar y las comunicaciones entre el equipo.
Los motores de la nave rugen, se aceleran y el aparato se desliza por la pista. Casi al final de la misma, se eleva en el aire y toma rumbo al Oeste.
Las primeras cuatro horas de viaje transcurren plácidamente.
Están en el espacio aéreo de China y no tienen que ocultarse; aun así, lo hacen.
Lu interfiere las señales de radar y el piloto evita usar los corredores aéreos habituales.
Las precauciones se intensifican cuando entran en el cielo de Kazajistán.
Unas tres horas más tarde, la aeronave penetra en territorio ruso y, justo cuando se cumplen las ocho horas, cruzan por el aire la ciudad de Moscú.
Apagan las luces del avión. Ya cerca del aeropuerto de Sheremétievo, inician la maniobra de toma de tierra, de gran dificultad, pues ya es de noche y la pista abandonada no tiene ningún tipo de luz o señal. Los pilotos usan visión nocturna.
El aparato se posa con suavidad y recorre hasta el final el deteriorado asfalto, una vez allí se detiene y da media vuelta, preparándose así para un despegue de emergencia si fuera necesario.
La rampa de cola se abre, Zhao descarga la furgoneta, todos salen del avión y suben al vehículo, los pilotos y Lu permanecen en el interior del aparato.
Por un camino de tierra, la camioneta llega a la carretera M11, que los llevará hasta la población de Solnechnogorsk, a unos treinta kilómetros; un viaje rápido, pues el tráfico es escaso.
Entran en la ciudad y se dirigen, guiados por el GPS al que han introducido las coordenadas, a la entrada de la península. Unos metros antes de llegar, aparcan junto a unos matorrales, desde donde divisan la reja de entrada de la finca.
Zhao y Cudgel abandonan el automóvil y, a pie, van hasta una pequeña playa.
Se introducen en el agua y, medio andando y nadando —la profundidad es escasa—, llegan a un pequeño acantilado.
Suben y se introducen en el terreno; con sigilo y precaución, sorprenden a los vigilantes, los neutralizan y abren la reja desde dentro.
El resto del equipo, a pie, entra en la finca.
Gracias al pinganillo, relatan lo que van haciendo a los demás y son guiados por Lu, que, con la ayuda de las imágenes de las cámaras, va indicando la posición de los guardas.
Primero recorren el terreno y van eliminando a los guardianes que patrullan. Una vez hecho, entran en la vivienda de los escoltas, donde están durmiendo los demás vigilantes; con una acción rápida de los monjes, todos son eliminados.
Seguros de que no hay nadie más, se dirigen al palacete. Entran; las puertas están abiertas. Seng y Zhao van al sótano. El resto del equipo se divide para recorrer todas las estancias.
En la habitación donde están las pantallas del sistema de seguridad encuentran a los dos encargados de vigilar, profundamente dormidos; ya no se despiertan.
Cuando se encuentran todos otra vez, resulta que no han encontrado a Igor por ninguna parte.
Preguntan a Lu si con las cámaras lo ha visto y sabe dónde está.
—No lo veo, esperad. Voy a repasar todos los dispositivos.
Minutos más tarde.
—No está en la casa, pero la señal del teléfono lo sitúa en el palacete. Voy a llamar al móvil; os facilitará la búsqueda.
—Lu, ya lo tenemos; está abandonado en su salón.
—Esto es grave, quiere decir que lo ha dejado para que pensemos que estaba aquí. Tiene otro, del que no sabemos nada. Nos ha vuelto a engañar —comenta Cristina.
—Shen, ¿qué hacemos? ¿Abrimos la cámara acorazada, cogemos el botín y nos olvidamos de Igor?
—Para abrir necesitamos a Igor. Si no lo tenemos, habrá que probar con el descodificador, que ya sabemos que no es seguro. No sé, tengo que pensar.
—Lu, soy Cristina. ¿No hay manera de hackear el nuevo teléfono?
—Solo si os llamara; entonces podría triangular y localizarlo, pero ¿qué posibilidades tenemos de que esto ocurra?
—Lo hemos perdido.