QUINTA PARTE
El vehículo se detiene frente a una puerta de almacén en el canal.
Dao abre la persiana e introduce el coche.
Los cuatro, Cristina, Shen, Zhao y Dao, cruzan la zona por donde circulaban y buscan una embarcación amarrada en el muro de contención del canal.
Bajan una escalinata y suben a la lancha; allí está esperándoles un hombre.
Zhao presenta a las chicas y…
—Este es Seng, es monje shaolín compañero de Dao y mío, nos llevará a Taichung, allí nos recibirá Cudgel, otro shaolín, entre los cuatro reforzaremos vuestra seguridad.
—Pues vámonos.
La motora pone rumbo a las islas Kinmen y después de sobrepasarlas cambia la ruta hacia el puerto de Taichung.
Despunta el día cuando la lancha se acerca a los pantalanes que hay en el puerto de Taichung. Han pasado ocho horas desde que salieron de Xiamen. Después de amarrar la embarcación, los recibe Cudgel.
—Tengo el coche aquí. Iremos a mi casa; podréis descansar y comer. Después trazaremos un plan. Cuando me avisó Zhao de que veníais, me puse a vigilar a Igor.
—¿Qué has averiguado?
—Igor Nikov es un antiguo agente del KGB.
Es un hombre sin escrúpulos y con muchos contactos en su país natal.
Tiene ojos y oídos tanto aquí, en Taiwán, como en Rusia.
Vive en el barrio de Xinyi, el más lujoso de Taipéi.
Su casa es una mansión de dos pisos rodeada de jardines, con un muro que la aísla totalmente del resto de propiedades.
Constantemente hay cinco hombres que rondan por su propiedad.
—¿Podemos concertar una cita en su casa?
—No lo sé, podemos intentarlo. Mañana. Ahora comed y descansad.
Cuando el equipo se levanta y está desayunando unas variedades de dim sum, pequeños bocadillos de diferentes rellenos, y leche de soja, suena el teléfono de Shen-Xo.
—Dime, Li-Ping.
—Li-Xon-Xoi ha enviado a Taipéi todo el material que tenía en el museo, las dos piezas requisadas y lo del sótano de Min-Tao.
Como lo teníamos vigilado, hemos interceptado el envío y recuperado todas las piezas, pero cuando Igor no reciba el pequeño contenedor, esto lo pondrá en alerta.
Podemos justificar algún retraso, pero no por mucho tiempo. Tenedlo en cuenta.
—De acuerdo, gracias.
—Tenemos que entrevistarnos con Igor hoy mismo.
Zhao comenta:
—Llévate la cámara y el anillo, nosotros estaremos pendientes, quiero saber todo lo que pasa.
—Hago la llamada.
Un par de horas más tarde, un taxi se detiene en la entrada de la mansión de Igor. Un vigilante pregunta…
—¿Tienen cita?
Shen-Xo es quien habla. Cristina permanece inmutable a su lado en el asiento trasero del taxi.
—Sí, mi jefa ha quedado con el señor Nikov.
—¿Su nombre?
—Libélula.
El vigilante, por el talkie, informa y recibe la autorización para que entren, pero deben dejar el taxi en la reja de acceso.
Son conducidas a la entrada de la casa por medio de un pequeño coche eléctrico.
Una vez en la puerta, son recibidas por una asistenta que las acompaña hasta un salón donde Igor las está esperando.
—Buenos días, Libélula y señorita Shen, ¿de verdad creen que no sabría quiénes son?
Pueden engañar a Li-Xon-Xoi, pero justo cuando usted abandonó el museo, él me llamó informándome de su visita.
Como pensó que a lo mejor tenía pinchado el teléfono, llamó desde el móvil de la recepcionista del museo.
Esta mañana, justo antes de que llegaran, me ha informado de que han retenido el envío del museo, por lo que serán ustedes mis huéspedes hasta que llegue el contenedor y, si no llega en dos días, las dos desaparecerán para siempre.
Justo en este momento entran tres hombres armados en el salón.
—Llevadlas abajo.
Las dos mujeres son conducidas a un cuarto en el sótano de la mansión, una especie de celda vacía, sin ventanas, con un camastro y un inodoro viejo y sucio.
—Creo que ha llegado el momento de usar mi anillo.
Cristina aprieta la piedra del anillo.
Zhao recibe en su teléfono la ubicación y las imágenes del broche.
—Tenemos que intervenir. Igor ha encerrado a las chicas en su residencia, parece ser que en el sótano. Esperaremos a la noche.
Los cuatro monjes cogen sus armas: el Jian, una espada, y el Nunchaku, dos bastones unidos por una cadena corta.
Con el coche de Cudgel se acercan a la vivienda del ruso.
Aparcan a unos trescientos metros y se dirigen a pie, protegidos por la oscuridad, hasta el muro que rodea la casa.
Con la preparación física que tienen, no les cuesta saltar la pared y entrar en el recinto.
—No queremos sorpresas, ni testigos.
Los cuatro monjes se acercan a sus adversarios amparados por la negrura del momento.
Todos los enemigos que rondaban por el jardín son eliminados.
Con sigilo, rompen el cristal de un ventanal y penetran en el interior de la morada.
Al momento, se encienden las luces y tres hombres armados se sitúan frente a ellos, pero con una rapidez asombrosa son derribados y atravesados con las Jian.
Salen de la estancia y, en el pasillo, eliminan a otros dos.
Entonces oyen el ruido de un motor y observan, a través de una ventana, cómo un buggy se aleja a gran velocidad por un camino de la parte trasera del edificio.
—Creo que Igor se ha escapado.
—Puede ser que tuviera una alarma silenciosa, los de fuera no, pero los de dentro nos estaban esperando.
—Vamos a buscar a las chicas.
Los cuatro van al subterráneo, localizan la puerta de la celda, corren el pestillo y liberan a Shen y Cristina.
—Sois un poco lentos, llevamos horas aquí dentro, ¿dónde está Igor?
—Ha escapado.
—Registremos todo el edificio minuciosamente.
Todos se ponen a recorrer las estancias de la villa.
—Aquí no hay nada.
—¿Hay alguna manera de saber adónde se ha ido el cabecilla?
—No.
—Seng y Cudgel, seguid las rodadas del buggy a ver hasta dónde llegan.
—Aquí, en la planta baja, hay una biblioteca-despacho. Hemos revisado papeles y documentos, y hemos buscado una caja fuerte; no hemos encontrado nada.
Cristina comenta:
—Es imposible que un tío como este no tenga una caja acorazada o un escondite. Movamos todos los libros de la librería.
Todo el equipo se dedica a remover uno a uno todos los ejemplares. Nada.
—Me ha parecido que en el salón había una chimenea. Vamos a ver.
Shen hace un comentario:
—Esto hace años que no se enciende.
Cristina observa el hogar con detenimiento. Le llama la atención un cuadro que está apoyado encima de la repisa, no colgado en la pared. Lo aparta y detrás encuentra un botón. Lo empuja y toda la chimenea se abre como una puerta.
—Vaya.
Cruzan el umbral y se encuentran con una estancia llena de arte chino seguramente robado, a punto de ser vendido: estatuillas de jade, bronce, oro, jarrones de cerámica, textos chinos antiguos, incluso dos guerreros de terracota desmontados y una bolsa de viaje llena de dólares.
—Cierra. Llama a la policía para que se lleve los cadáveres y precinte el chalet; no se darán cuenta del escondite. Hablaremos con el ministro y veremos cómo resuelven esto, que sin duda debe regresar a la República Popular China.
Cuando regresan Seng y Cudgel:
—Las roderas llegan a un cobertizo que hay a unos dos kilómetros de aquí, fuera de la propiedad. El buggy estaba abandonado. Dentro había la señal de unas barras, el apoyo de un helicóptero y bidones de combustible. Saliendo del techado no había ninguna señal; el aire de las aspas lo había borrado.
—Vámonos, tenemos que regresar a Pekín.
—Shen, Cristina y yo regresaremos a Beijing. Dao, Seng y Cudgel, vosotros quedaos por estos lares y vigilad discretamente la mansión.
Pasadas unas horas los tres aterrizan en el aeropuerto de la capital, son recogidos por un coche oficial que los lleva directamente al despacho del ministro de cultura chino.
—Cuéntenme qué ha pasado.
Son Shen y Cristina quienes toman la palabra, mientras Zhao se mantiene callado.
—Descubrimos la dirección donde vivía Igor Nikov.
Pretendíamos tenderle una trampa, pero Li-Xon-Xoi, el director del museo, lo avisó de nuestra llegada.
Cuando nos encerró, el equipo de shaolines que nos protegía intervino y nos liberó.
Charles y Li-Ping incautaron el envío de obras a Taiwán, pero Igor se escapó.
Al registrar su casa, encontramos un alijo de piezas de arte chino que está pendiente de ser recuperado.
—Que detengan al director del museo. Hablaremos con las autoridades de Taiwán, pero ¿sabemos dónde está el tal Igor?
—No señor.
—Perdón que intervenga.
—Hable Zhao.
—Pero si un hacker informático experto entrara en líneas aéreas, planes de vuelo de aviones públicos o privados, reservas de hoteles, listas de pasajeros y alquiler de coches, quizás supiéramos adónde ha ido.
Aunque yo creo que ha regresado a Moscú o a otro lugar de Rusia.
Sabemos que huyó con un helicóptero; no puede ir muy lejos, pero puede llegar a Shanghái: son 690 kilómetros, repostando en el aeropuerto de Wenzhou, por ejemplo; después, en vuelo regular Shanghái-Moscú, diez horas de vuelo.
—Pero puede haber cambiado de nombre.
—Es igual, seguiremos uno que se vaya repitiendo o entraremos en las cámaras de vigilancia de los aeropuertos, veremos si hay pagos con tarjeta.
—¿Conocemos a un buen hacker?
El ministro, con cierta resistencia.
—Yo sí, Lu-Hang, es el mejor, pero está en la cárcel.
—Sáquelo, usted puede, es para servir a su país.
—No sé si querrá colaborar, es un rebelde.
—Es fácil, prométale el perdón, verá como acepta.
—Señorita Shen-Xo, le daré los papeles para que Lu-Hang salga de la cárcel si usted lo convence, pero deberá llevar una pulsera telemática en el pie, quiero saber dónde está en cada momento, es capaz de escapar una vez en la calle.
—Gracias señor.
El equipo se instala de nuevo en el piso de Pekín. Mientras Shen-Xo va a la cárcel a recoger al informático, Cristina y Zhao se reencuentran con Charles, Li-Ping y Qiang, a los que ponen al día de lo hallado en la mansión de Igor.