El misterio del mausoleo de Qin Shi Huang CUARTA PARTE #2
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CUARTA PARTE #2

—Esto puede ser muy peligroso, esta gente no ha dudado en matar. Tú sola no eres una opción. Déjame hablar con gente y ver cómo puede organizarse.

—Nada de policía. Cuanto menos gente lo sepa, mejor.

Los días siguientes Charles y Li-Ping continúan catalogando las joyas depositadas en el banco y hacen una evaluación de todo el material fotografiado en el Mausoleo, trabajo que les llevará días.

Shen-Xo se reúne con un amigo suyo para trazar un plan de apoyo a Cristina, que ha regresado a Barcelona para pedir desde aquí una entrevista al director del Museo, preparar un currículo como marchante de arte sin escrúpulos, incluso cierto historial policíaco de arrestos sin condenas, para reforzar su papel.

Cuando regresa a Beijing, se hospeda en el Grand Hyatt Beijing y se reúne discretamente con Shen-Xo para perfilar la estrategia y presentarle a Zhao, aunque no físicamente.

—Es un monje shaolín experto en artes marciales y camuflaje.

Será tu chófer, guía, traductor y guardaespaldas, sin posibilidad de renunciar a él.

Cuando quieras comentar algo, se lo dices a Zhao; él nos reunirá en sitios diferentes y podremos hablar.

Otra cosa: quiero que lleves siempre este broche y este anillo.

No son nada ostentosos; uno es una cámara y el anillo, si presionas la piedra que lleva, emitirá una señal de alarma y nos dará además tu posición.

Cristina acepta. El plan es contactar con Li-Xon-Xoi, hacerle una proposición de negocio turbio y ver cuál es su reacción.

—¿Cuándo tienes la reunión?

—Mañana. ¿Vendrá a buscarme tu monje al hotel?

—No te preocupes, pero en las reuniones, exige que siempre

esté contigo, para traducir.

—Acordaos de pinchar el teléfono de Li-Xon-Xoi.

—Sí, ve con cuidado, es una misión peligrosa.

Cristina entra en el hotel y se dirige a su habitación, una suite de lujo en el último piso.

Entra, se descalza y se tumba en el sofá.

No se percata de que uno de los sillones frente a ella está de espaldas; de pronto, se fija en que está girando.

Sentado aparece un hombre elegantemente vestido, con traje negro y, debajo, un jersey de cuello cisne también negro, con la cabeza rapada.

—No se asuste, señorita Cristina, soy Zhao. Como ve, hablo su idioma. Aparte de protegerla, si necesita algo más, puede pedirme lo que quiera. Aunque usted no me vea, siempre estaré cerca de usted.

Cristina, un tanto impresionada por la aparición, repasa con la mirada al monje y sonríe dándole su aprobación.

Un Mercedes 500S circula por las calles de la capital, entra en la plaza de Tiananmen y se detiene frente a la puerta del Museo Nacional Chino.

Inmediatamente, se acerca al vehículo un guarda de seguridad, indicándole que allí no puede aparcar.

Zhao sale del coche y le susurra algo al guardia, que, sin mediar palabra, se retira sin poner objeciones.

El chófer abre la puerta trasera del Mercedes.

Una esbelta figura de mujer, elegantemente vestida con un traje pantalón rojo de solapa ancha, que le proporciona un generoso escote, unos zapatos Louboutin altos, de tacón en aguja, que aún estilizan más su cuerpo, sale y, con paso firme, se dirige a la entrada, seguida del chófer, Zhao.

En el interior se sitúa frente a un mostrador.

—Señorita, tengo cita con el director, soy Mariposa Púrpura.

—Ya puede pasar, es en el primer piso.

Cuando Cristina sube la escalinata, Li-Xon-Xoi ya está esperándola en el quicio de la puerta de su despacho.

Una vez sentados a la mesa, frente a frente, Zhao cierra la puerta y se queda de pie detrás de Cristina.

—Bien, señorita…

—Para usted Mariposa Púrpura.

—¿En qué puedo ayudarla?

—Verá, soy marchante de arte, tengo unos clientes muy especiales. Ha llegado a mis oídos, gracias a amigos comunes, que usted puede proporcionarme obras muy especiales e importantes.

—No sé a qué se refiere.

—Señor Li-Xon-Xoi, no se haga el tonto conmigo, quiero comprar unas figuras de jade que sé que tiene.

—Ahora mismo lo que tengo está reservado para un cliente.

—Lo sé, para un ruso, pero yo le pagaré más y a él véndale otra cosa que tenga por aquí.

—¿Cómo sabe esto?

—No me subestime, le he dicho que conozco gente de su círculo, sé muchas cosas de usted. Enséñeme las piezas.

—Perdóneme, tengo que hacer unas llamadas.

—No se moleste en llamar a nadie. Sus amigos no sabrán quién es Mariposa Púrpura; ellos me conocen por otro nombre. ¿Hacemos negocio o no? Tengo clientes esperando; de usted depende.

—Señorita, yo solo recibo la mercancía, no soy el vendedor, soy un intermediario entre el que consigue las piezas y el vendedor; por ello recibo una comisión.

—Bien, pues enséñeme las piezas. Si son de mi agrado, me da el nombre del vendedor.

El director se queda un momento pensando.

—Acompáñeme.

El director, Cristina y Zhao salen del despacho. Al fondo del pasillo cogen un ascensor que los lleva a los sótanos del museo, allí donde guardan las obras no expuestas. Entra en una habitación donde, en estanterías algo apartadas del resto, hay obras cubiertas por una tela.

El director levanta las telas y aparecen todas las figuras. Las dos incautadas y las del depósito de pruebas.

Mariposa Púrpura las observa todas, pero se centra en…

—Estas dos me gustan, el león de jade y un dragón.

—Tiene usted buen ojo. Pero ya le he dicho que están reservadas.

—Me gustan.

Se agacha para observarlas mejor y grabar todo el lote con el broche que luce en su solapa.

—¿Con quién hablo? Las quiero.

—Volvamos.

De nuevo en el despacho.

—Señorita, yo no puedo darle el nombre del vendedor. Usted me hace la propuesta y yo hablaré con él.

Ella se levanta. Mira a Zhao.

—Vámonos, las negociaciones las hago yo. Si usted no entiende esto, me voy; se queda sin la comisión de mi parte.

—Está bien, señorita. Es Igor Nikov, un ruso afincado en Taipéi, en Taiwán. Aquí tiene su dirección y teléfono. No diga que yo se lo he dado.

—Tampoco usted diga que ha hablado conmigo. Nos volveremos a ver.

Cristina y Zhao abandonan el museo. Cuando llegan al hotel, en la habitación está Shen-Xo.

—Esta habitación parece pública; siempre que entro encuentro a alguien.

—¿Cómo ha ido?

—Es un ruso. Tenemos el nombre, la dirección y el teléfono, que tendremos que cotejar con los datos que hay en las libretas.

Todas las estatuillas, las que incautaron y las del sótano de la tienda, están en el subterráneo del museo.

La trama era la siguiente, creo yo: Min-Tao, el tendero, construyó el túnel y entró en el Mausoleo; ha estado robando obras durante años, sin pensar en la toxicidad del mercurio; se las daba a Li-Xon-Xoi; este las pasaba al ruso, que las vendía a sus contactos, los oligarcas, y a más gente. Todos ganaban dinero.

—¿Habéis vigilado las llamadas?

—Sí, de momento no ha llamado a nadie; seguiremos atentos.

—Hay que pensar cómo recuperar todo el lote e ir a Taiwán para eliminar al vendedor; después, que la policía de cada país rescate todo lo robado.

—Si la policía va al museo y recupera el conjunto de piezas, sabrán que has sido tú. Esto pondrá en alerta a toda la red y desaparecerán las posibilidades de pillarlos.

—Yo dejaría vigilado el museo. Si sale algún paquete hacia Taiwán, hay que secuestrarlo, pero sin hacer nada en contra de su director; que crea que está seguro.

—¿Y si robamos el museo?

—Nadie sabe que las figuras están allí. Si las robamos, sospecharán de ti.

Después de hablar con Charles y Li-Ping, el equipo decide que ellos dos sigan catalogando lo fotografiado en el Mausoleo, mientras Cristina, Shen-Xo y Zhao viajarán a Taiwán.

Teniendo en cuenta que las relaciones entre la República Popular China y Taiwán no son buenas, el monje propone ir de incógnito. Así podrán moverse con más libertad en el caso de que la red de contrabandistas tenga vigilada la entrada a Taiwán o contactos con la policía.

—Conozco a monjes shaolín, independientes, que nos pueden llevar a la isla en barco y una vez allí acogernos en una de sus casas, así evitamos hoteles. Además nos pueden dar apoyo logístico, coches, armas, ayuda personal.

—Organiza el viaje. Informaremos al ministro por si acaso algo sale mal.

A media tarde despegan del aeropuerto de Beijing con rumbo a Xiamen-Gaoqi. Tres horas más tarde son recibidos por un taxista en Xiamen, una ciudad costera. Ya en el taxi:

—Hola, Dao. Es un monje compañero mío, nos llevará al puerto. Nos está esperando una lancha.