El misterio del mausoleo de Qin Shi Huang CUARTA PARTE
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CUARTA PARTE

Es casi de noche cuando el helicóptero toma tierra en el terraplén cerca del Museo de los Guerreros de Terracota.

Cenan y después analizan las imágenes.

Charles, que en otras ocasiones ha utilizado el sistema de teledetección, explica las imágenes a Li.

—El programa capta las alteraciones producidas en el terreno y elimina la vegetación superficial; en este caso, analiza hasta una profundidad de cuarenta metros.

Las zonas de mayor densidad en la imagen son compactas; por el contrario, las de menor densidad indican espacios vacíos o removidos por la incorporación de aire.

Aquí destaca que de la pared sur de la cámara funeraria sale una línea gruesa de menor densidad, que tiene varios kilómetros de longitud y se halla a una profundidad de treinta metros, lo que coincidiría con la profundidad a la que se encuentran la cámara y la tumba del emperador.

Diría que se trata de un túnel que transcurre por debajo de las casas existentes en la zona, pasa por debajo de una carretera y llega a un área despoblada en las montañas.

Tendría un total de casi cinco kilómetros.

Voy a marcar con GPS dónde termina la línea que te comento.

—Según tú, existe un corredor subterráneo que permitiría entrar en el Mausoleo sin que nadie se diera cuenta.

—Parece ser que sí, pero esto hay que verificarlo sobre el terreno.

Mañana volaremos otra vez, centrándonos en el sector Sur; lo haremos a menor altura y más despacio.

Esto mejorará la calidad de la grabación.

Volveremos a estudiar las imágenes y pasado mañana iremos a ver si encontramos la entrada del corredor.

Al día siguiente, después de sobrevolar otra vez el lugar, regresan a Pekín para encontrarse con Shen y Cristina.

Cuando comentan el hallazgo con ellas, la decisión es unánime: hay que buscar sobre el terreno.

Dedican un día entero a confeccionar y pedir una lista del material necesario: cascos con luz frontal, cuerdas, piolets, potentes linternas, trajes especiales para acceder a lugares contaminados, un aparato detector de vapor de mercurio y mascarillas, todo proporcionado por el ejército.

Muy temprano por la mañana, de nuevo el helicóptero toma rumbo a la ciudad de Xi’an.

Toman tierra en el aeropuerto de la ciudad, en un lugar reservado al ejército.

Una vez allí, tienen a su disposición un todoterreno militar con todo el material que habían pedido el día anterior, y por carretera se dirigen al mausoleo, por la X201, que pasa por la cara sur de la pirámide.

Cuando cruzan Lintong, siguiendo las instrucciones del GPS, toman una pista forestal que los conduce a través de la montaña hasta un lugar con terrazas de cultivo abandonadas.

Cuando se oye la frase «Ha llegado a su destino», detienen el vehículo.

—Parece que es por aquí. Nos separamos y buscamos la entrada a un túnel, una cueva o corredor con puerta, lo que sea sospechoso.

Los cinco, Charles, Li, Shen, Cristina y Qiang, toman distintas direcciones por los alrededores de donde se han detenido.

Pasado un tiempo, Qiang llama a los demás.

En la pared que sostiene un bancal, a unos treinta metros de donde está el todoterreno, ha encontrado unas zarzas secas que han llamado su atención; al apartarlas ha quedado al descubierto un agujero, una entrada a un pasadizo.

—Está claro que esto conduce a algún sitio, nos equipamos y entramos.

El túnel es relativamente amplio, las paredes son lisas y el techo está apuntalado con troncos.

No hay duda: no es algo natural, es algo construido, como la galería de una mina.

El grupo avanza sin dificultad. Pasada más de una hora, el túnel se cruza con un muro de piedra de buen grosor; al sobrepasarlo, se encuentran con un gran espacio que, al iluminarlo, descubren repleto de objetos: esculturas de jade imperial, figuras de animales en oro y bronce, utensilios, armas, muebles de maderas exóticas, jarrones de cerámica… Charles comenta:

—Si no me equivoco, estamos dentro del Mausoleo de Qin Shi Huang.

Li-Ping no puede reprimir la emoción.

—Creo que sí.

La visión del espacio es impresionante. El techo, al iluminarlo, refleja en las joyas incrustadas la luz de las linternas; el suelo está prácticamente cubierto de obras de jade, vasijas de oro, de cerámica, de bronce, artilugios de hueso, armas y, entre medio, surcos que simulan ríos que en su momento debían estar llenos de mercurio, pero que con los años se ha perdido, quedando solo algunas escasas muestras en forma de charcas.

No obstante, el nivel de contaminación que señalan los aparatos es muy alto.

En el centro, la tumba del emperador intacta, un sarcófago de piedra labrada con incrustaciones de oro; frente al sepulcro, en una de las paredes laterales de la cámara, una gran puerta que conduce a los demás lugares del gran Mausoleo.

—No salgáis de la cámara funeraria, recordad que puede haber trampas mortales.

—Está claro: alguien ha construido la galería subterránea y ha estado expoliando las pertenencias del emperador. Si os fijáis, hay huecos entre los objetos del suelo, faltan cosas; si ilumináis el techo, hay espacios negros que no reflejan, faltan joyas.

—Ahora que estoy aquí, me doy cuenta de que hay una imagen del sistema de teledetección que no entendía y a la que no di importancia. Tengo que volver a mirar la grabación.

—Shen, hay que avisar al ministro y que el ejército ponga una reja o una puerta. Nadie debe saber esto ni entrar aquí.

—Regresemos. Cuando estemos fuera, llamaré al ministro. Es urgente preservar el descubrimiento y tomar una serie de medidas. Charles, gracias.

Sin dilación, en los días sucesivos se monta un puesto de guardia, se instala una puerta blindada a la entrada y se colocan cámaras de seguridad. Solo tienen acceso los cinco descubridores, que se trasladan a un nuevo piso en Xi’an. El hermetismo es total.

Una noche en el nuevo alojamiento.

—Li, tengo una pregunta: ¿has descifrado la escritura de los bambús?

—Sí, pero no he entendido el mensaje: «El emperador yace en un lecho de oro y piedras preciosas, esperando que se manifieste su inmortalidad». Qin Shi Huang tiene objetos de oro en el suelo y joyas en el techo, pero no debajo suyo, a no ser que estén dentro del sarcófago.

—Voy a revisar otra vez la grabación.

Al volver a ver las imágenes, Charles se percata de que alrededor y por debajo del sepulcro hay una imagen cuadrada muy radiolúcida, con un picoteado mucho más denso. Al principio le pareció que pertenecía a la propia sepultura, pero, observándola bien, resulta estar por debajo.

—Li, cuando volvamos al interior del mausoleo, hay que averiguar qué es esta radiolucidez salpicada de opacidades.

Cuando todo el equipo vuelve al interior de la cámara funeraria, mientras Shen, Cristina y Qiang fotografían todo el recinto, Charles y Li se centran en la observación del sarcófago.

—¿Ves algo?

—No, es una caja de piedra labrada con bajorrelieves e incrustaciones de oro. Nada llama la atención.

—Tiene el sello imperial en la parte superior y, en uno de los extremos, en el suelo, marcando, supongo, el cabezal, hay un círculo grande con una antigua representación del Yin y el Yang.

El arqueólogo, por experiencias anteriores, pasa la mano por todas las protuberancias del sepulcro de piedra y también por el relieve del suelo.

Cuando su mano ejerce presión en el punto en relieve del Yin, el círculo se desplaza hacia un lado, quedando al descubierto una amplia escalera de caracol; cuando presiona el punto en relieve del Yang, el círculo se recoloca en su posición inicial.

Charles y Li se miran asombrados. Li presiona de nuevo el Yin y el círculo se abre. Iluminan la escalera y empiezan a bajar con precaución, pues recuerdan que existen trampas mortales, pero llegan al final de la escalera sin percance alguno.

Al iluminar el espacio, la visión que llega a sus pupilas es impresionante: una estancia del tamaño de la base del sepulcro con el suelo repleto de monedas de oro y piedras preciosas, diamantes, rubíes, esmeraldas, perlas, como si de una gruesa alfombra se tratara.

—Llama a los demás.

Cuando Shen, Cristina y Qiang ven lo que han hallado:

—Esto sí que es un auténtico tesoro.

—Documentad todo y regresemos.

Durante los días siguientes, el equipo entra varias veces en la cámara funeraria para documentar todo lo encontrado. Finalizado el estudio, se reúnen con el ministro de cultura, que acude al yacimiento.

—Señores, el trabajo que han hecho es muy importante, por lo que les doy las gracias.

El gobierno chino se reunirá para decidir qué hacer: o seguimos y excavamos todo el complejo, o cerramos el túnel y esperamos unos años más para dar a conocer el hallazgo, que era la idea inicial.

Lo que no podemos permitir es no encontrar a los ladrones.

Deben ser castigados y debemos recuperar las piezas expoliadas, que serán expuestas en el museo del complejo.

Señorita Shen-Xo, tiene en su poder unas libretas que pueden identificar a los ladrones, comerciantes y coleccionistas; úselas y llegue al final de este asunto.

—Sí, señor, así lo haremos.

El equipo regresa a Beijing.

—Shen, mientras volvíamos aquí he estado pensando: tendríamos que tender una trampa al director del Museo Nacional. Tengo el pálpito de que está involucrado en esta historia; la llamada telefónica a Li me da vueltas por la cabeza.

—¿Qué quieres hacer?

—La idea sería encontrar un punto de partida, un primer involucrado, averiguar cómo funciona la red y, a partir de este, ir descubriendo el resto, cotejándolo con las listas que tenemos.

—Me parece bien, pero no se me ocurre cómo hacerlo.

—Pues verás, montaremos toda una historia con una supuesta compradora de arte, que seré yo. A mí no me conocen. Contactaré con el director del Museo Nacional, me infiltraré en la organización, a ver por dónde sale.