TERCERA PARTE
Pasan los días. El comandante continúa con su rutina.
Li-Ping sigue sumergido en la interpretación de los textos de los bambús.
La investigadora privada se reúne con el ministro de cultura chino para exponerle la gravedad de los hechos y pedirle su aprobación; después toma un vuelo con destino a Barcelona.
Hace tiempo conoció en un congreso a un arqueólogo, Charles Brunau, francés afincado en la Ciudad Condal.
Ha leído muchos de sus trabajos y, en alguna ocasión, le ha pedido consejos e información sobre alguno de sus casos.
También conoce a su pareja, la inspectora Cristina Solé, de la policía española.
Cuando aterriza, un taxi la lleva a la residencia de la pareja, un chalet en Ciudad Diagonal, donde ya la están esperando.
El recibimiento es cordial.
—Hola, Shen, bienvenida a nuestra casa. Te quedarás aquí con nosotros. Cecilia te ayudará a instalarte en la habitación de invitados; cuando estés, cenamos y nos cuentas qué te trae por aquí.
—Gracias.
Al rato, Shen aparece en el salón, donde toman unas copas y pasan al comedor a cenar.
—He venido porque el gobierno chino necesita que investiguéis el robo y la desaparición de objetos arqueológicos de gran valor.
Ya han muerto varias personas. Al parecer, según Li-Ping, conservador del Mausoleo del Emperador Qin Shi Huang, las piezas sustraídas podrían ser de la tumba; llevan el sello imperial, pero el caso es que nunca ha sido abierta.
—Dices que han desaparecido.
—Todo empieza cuando encuentran muerto a un comerciante de antigüedades por intoxicación de mercurio.
La policía, que ya había incautado dos estatuillas, descubre en su casa un alijo importante de obras de la dinastía Qin; lo ratifica Li-Ping.
Son incautadas, llevadas al depósito de pruebas de la comisaría central y allí desaparecen.
—¿Tenéis pruebas de todo esto?
—Borraron las imágenes de seguridad. Todos los que hasta el momento han participado en el robo, policías corruptos, ladrones que han colaborado, todos han sido asesinados.
—Es misterioso e interesante. ¿Cuándo nos vamos?
—Mi teoría es que se trata de una trama de contrabando de obras de arte a nivel internacional, alguien con mucho poder y contactos.
No podemos usar nuestra policía porque no sabemos el grado de implicación.
Por eso, vosotros entraríais como invitados del gobierno en el país y, con ayuda de Li-Ping y mía, haríamos la investigación.
Solo el jefe de la policía y el ministro de cultura chino conocen el plan.
—¿Cuándo nos vamos?
Mientras, en Pekín, Li-Ping ha pedido al jefe Zhi-Peng que pinchara el teléfono a Li-Xon-Xoi, pues irá a su despacho en el museo a informarlo de la muerte del vendedor, pero por causas naturales, del robo y desaparición de las figuras.
Como no tienen ninguna pista de quién ha sido, se ha decidido, de momento, dejar en suspense la investigación.
El director del museo se siente agradecido y le pide que, si hay novedades, se las cuente.
Más tarde, de regreso en el despacho del comandante, se reúnen él y el funcionario Li.
—¿Qué tal? ¿Alguna novedad?
—Creo que, al salir tú del museo, ha llamado a alguien dándole la noticia de que habíamos dejado de investigar. Estamos averiguando a quién pertenece el número al que ha llamado.
—¿Tienes alguna sospecha de dónde están las obras desaparecidas?
—No.
Una secretaria entra y entrega una nota al comandante.
—El prefijo es de Taiwán y el código de zona es de Taipéi, la capital. No sabemos a quién corresponde el número. No aparece ningún nombre, ni de particular ni de empresa; tampoco hay dirección.
—Bueno, algo es algo. Me marcho, hoy llegan Shen-Xo y los invitados. Buscad quién paga la factura del teléfono.
Cuando el avión de Air China toma tierra en el Aeropuerto Beijing Capital, los recién llegados desembarcan y se dirigen al control de pasaportes, pero, antes de llegar, una amable azafata les pide que la acompañen.
Los conduce a una habitación donde está esperando el ministro de cultura chino, que les da la bienvenida y se pone a su disposición.
—Bienvenidos a China, señorita Solé, doctor Brunau.
Gracias por colaborar con nosotros. La señorita Shen-Xo goza de nuestra total confianza.
Se hospedarán en un piso en el distrito de Chaoyang.
No tendrán protección policial, pues nadie debe saber de su trabajo; no obstante, les concederemos permiso de armas y asignaremos una pistola a usted y a la señorita Shen.
Solo infórmenme a mí o al comandante Zhi-Peng. El señor Li-Ping les está esperando.
Entonces aparece Li-Ping:
—Bueno, pues, si ya está todo, vámonos. Mi Hongqi CA770 nos está esperando.
El piso asignado es espléndido; el barrio, uno de los mejores de la capital. Cuando llegan, encuentran a un hombre de fuerte complexión, con la cabeza rapada, que los saluda ceremonialmente.
—Os presento: este es Qiang, nuestro mayordomo y guardaespaldas. No pertenece a la policía; es mi socio y amigo.
Mientras se acomodan Charles y Cristina, Li-Ping, Shen-Xo y Qiang preparan la cena, en el transcurso de la cual el funcionario les pone al corriente de la situación, destacando la llamada telefónica a Taiwán.
La mañana se presenta espléndida, sol y buena temperatura.
La detective es la que organiza.
—Buenos días, ¿habéis dormido bien? Pues las chicas iremos a la casa del comerciante y haremos un registro a fondo; Cristina quiere estar en los escenarios. Mañana iremos al depósito de pruebas; avisaré al comandante.
—¿Y nosotros?
—Brunau y tú iréis al Mausoleo, en Xi’an. Qiang os acompañará. Nosotras llevamos pistolas; vosotros llevad a Qiang. Tenéis un helicóptero privado que vendrá a buscaros aquí, en la azotea del edificio.
Cada uno a su tarea.
Shen-Xo y Cristina van hasta la casa-tienda donde se encontró al tendero muerto.
Primero recorren la tienda. Cristina va abriendo cajones y armarios, revisa las estanterías, golpea los paneles de madera de las paredes y descuelga cuadros y estelas de caligrafía china antigua.
De pronto, se fija en que al fondo de la estancia hay un despacho, un buró.
Lo registra: nada. Hay una silla y, detrás, un biombo abierto de tres láminas.
Se acerca a él y lo retira, dejando al descubierto una librería con libros antiguos.
A su lado hay otro mueble con estantes que exponen jarrones tradicionales de cerámica de distintos tamaños.
—¿Habíais visto esto?
—No, nadie apartó el biombo.
—Ayúdame a mover los libros.
Entre las dos hacen ademán de sacar los libros. De pronto, se oye un «clic». Una parte de la librería se abre: es una puerta que da a un pasillo corto. Al fondo hay otra puerta de hierro, esta última con cerradura.
—Nos falta la llave.
—Espera, en China es frecuente esconder las llaves en un jarrón. Volvamos atrás, a la estantería de las vasijas.
Cuando están frente a los recipientes, los cogen, los mueven, los sacuden. Después de varios intentos, uno de ellos produce un ruido característico; Shen pone la mano en su interior y aparece una llave.
Regresan a la puerta, colocan la llave, la giran y esta se abre.
Mientras tanto, el helicóptero que lleva a Li y Charles al Mausoleo de Qin toma tierra en un terraplén cerca del Museo de los Guerreros de Terracota.
El funcionario entra en el museo donde el equipo de mantenimiento tiene su espacio y presenta al arqueólogo a su equipo.
—Charles, ¿por dónde quieres empezar?
—Me gustaría hacerme una idea de todas las instalaciones, primero andando por los espacios y después con una vista desde el aire. Esto es muy grande.
—Son 58 kilómetros cuadrados entre las fosas de los guerreros de terracota, su museo, los talleres de restauración y las 181 tumbas de personajes ilustres de la milicia y de la corte del emperador, que fueron enterrados cerca de él.
El montículo del mausoleo tiene una base cuadrada de 350 metros de lado, una superficie aproximada de 0,1225 kilómetros cuadrados y una altura de 76 metros.
Además, están sus alrededores, con jardines por donde pasear.
El muro exterior tiene una longitud de 2. 187 metros.
—¿Lo tenéis todo controlado?
—Creemos que sí.
—¿La cámara funeraria y la tumba nunca se han abierto?
—No.
—¿Pero sabéis exactamente dónde está?
—Sí, en el centro de la pirámide, a unos treinta metros de profundidad.
Se estima que la cámara tiene unos 100 metros de largo, 70 de ancho y unos 15 de altura, y que en el centro de esta estancia se halla la tumba, un sarcófago de piedra.
A su alrededor habría palacios y edificios para funcionarios, repletos de obras de arte.
El techo representaría el universo con joyas brillantes y habría ríos de mercurio; descubrimos altas concentraciones de mercurio en las tierras alrededor de la tumba.
Sabemos todo esto por estudios arqueológicos con georradar y aparatos de teledetección, más el relato escrito por Sima Qian, historiador nacido alrededor del 145 a. C.
—¿Seguro que nunca ha entrado nadie?
—No. Además, según el historiador, hay numerosas trampas mortales para evitar la profanación y salvaguardar la paz del emperador.
—Bueno, primero haremos un largo paseo por todas las partes del recinto funerario. Tienes que pedir a la Universidad de Pekín si tienen un sistema de teledetección potente o que lo consigan.
—De acuerdo, mañana empezamos. Regresemos a casa.
En la casa del comerciante, Cristina y Shen entran en la estancia que acaban de descubrir.
Buscan y hallan el interruptor para dar luz al recinto, una habitación de aproximadamente tres por tres metros.
En la pared frente a la entrada hay una especie de cómoda de tres cajones y, en la parte superior, una estantería de madera con una figura de jade en cada extremo, entre las que se encuentran una veintena de libretas de espiral.
Cristina se sitúa enfrente y abre el primer cajón, de poca profundidad y forrado de fieltro negro; contiene seis joyas.
Después intenta abrir los otros cajones, pero lo que se abre es una portezuela que deja al descubierto una caja fuerte.
Las dos se centran en las libretas.
—Están en chino moderno. Al parecer, aquí están anotadas todas las transacciones de objetos, el valor económico de cada pieza y a quién se vendió. Otras son un inventario, que deben ser las que encontramos en el sótano del patio, debajo del león. Otra parece ser una lista de encargos pendientes.
—Esto habrá que estudiarlo, es una gran información.
—No podemos decirlo a la policía.
—Se lo comentaremos al ministro para que lo retire el ejército; lo guardarán en la bóveda del Banco Popular de China.
—Vayamos al piso de arriba, a la vivienda.
Las dos mujeres recorren todas las habitaciones sin encontrar nada que aporte novedades, por lo que deciden terminar el registro.
—Volvamos a casa, me llevo la llave.
Cuando llegan al piso, se encuentran con Charles y Li-Ping.
La cena elaborada por Qiang transcurre con tranquilidad, comentando lo sucedido durante el día. Li-Ping aprueba la idea del ejército; tiene curiosidad por ver las joyas.
A media mañana del día siguiente, la inspectora, el arqueólogo, el funcionario y la investigadora privada se encuentran ya en la casa-tienda para dirigir al ejército, que también ha llegado.
Los dos camiones se sitúan frente al portal.
De uno de ellos bajan dos pelotones, unos cincuenta soldados: unos cortan la calle por los dos extremos, mientras otros montan un perímetro de seguridad alrededor de la vivienda-tienda y un tercer grupo recoge las joyas, la documentación y la caja fuerte sin abrir.
Todo lo cargan en uno de los camiones. Al finalizar el trabajo, todos se dirigen al Banco Popular de China.
Una vez allí, ya en la bóveda acorazada, se habilita una zona para estudiar todo lo encontrado, que en ningún caso saldrá del banco.
Li-Ping y Brunau son los encargados de catalogar las joyas, que resultan ser auténticas obras de arte chino antiguo. Pertenecen a varias dinastías y algunas llevan el sello imperial; su origen es desconocido.
Shen analiza el contenido de las libretas. Con la ayuda de Cristina y de una secretaria del banco, elaboran listados de clientes y de cobros monetarios. También encuentran lo que podría ser una pequeña agenda.
Un conocido cerrajero, especialista en cajas fuertes, abre la que han encontrado. Su contenido sorprende a todos: está llena de billetes, yuanes y dólares.
El director del banco y un teniente coronel del ejército están presentes en todo momento. El militar comenta:
—Creo que con todo esto se puede desmontar toda la red de contrabando internacional de obras de arte chino.
Li-Ping, como erudito en la materia, cree que no se habrá desmantelado la red hasta que no se sepa la procedencia de las piezas, cómo se obtuvieron y, además, se conozca, se detenga y encarcele al cabecilla; además, se haya recuperado todo o gran parte del patrimonio expoliado.
—Tenemos mucho trabajo.
Han pasado tres días. Li recibe una llamada telefónica de la Universidad: ya tienen el sistema de teledetección instalado en el helicóptero.
Por la mañana.
—Brunau, ya tenemos lo que pediste instalado en el helicóptero. Volvemos a Xi’an.
—Nosotras nos quedamos; seguiremos con las libretas.
—Vendrán al banco unos colaboradores míos del taller de restauraciones del museo del Mausoleo.
Shen, tú les dices: «¿Qué tal el Emperador?
». Ellos te contestarán: «Tomando té». Es la contraseña para que no se cuele ningún intruso.
Fotografiarán las joyas, lo documentarán todo y harán una primera clasificación; después yo lo revisaré. Vamos, Charles, Qiang.
Como la distancia entre las dos ciudades es aproximadamente de 1.000 kilómetros, aprovechan el tiempo para elaborar el plan del sistema de teledetección.
—Li, dile al piloto que, cuando lleguemos, se sitúe en la vertical de la pirámide del Mausoleo y vaya volando lo más lento que pueda, en espiral, hasta un radio de cinco kilómetros. Nosotros, desde el aparato, grabaremos la lectura en el ordenador y, cuando aterricemos, analizaremos las imágenes.
—Bien, esta noche nos quedaremos aquí, en el museo; no nos dará tiempo a regresar.