El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 33 · El traslado
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Capítulo 33 · El traslado

Los misterios de Elena Vidal

El traslado

L a última anotación del registro permanecía abierta sobre la mesa.

“Traslado completado.”

Nada más.

Ni una dirección.

Ni una firma.

Ni una referencia documental.

Solo tres palabras.

Elena llevaba varios minutos observándolas.

No era una anotación administrativa.

Era una despedida.

O una advertencia.

El libro fue trasladado al Laboratorio de Conservación esa misma tarde.

Giulio Marin comenzó inmediatamente a examinarlo.

Las primeras páginas apenas presentaban daños.

Las últimas, sin embargo, habían permanecido décadas bajo la humedad.

La tinta era casi invisible.

—No esperéis un milagro.

—dijo mientras preparaba la cámara multiespectral.

—Pero a veces el papel recuerda cosas que nuestros ojos ya no pueden ver.

Laura sonrió.

Aquella frase habría gustado a Antonio Valerian.

Las imágenes comenzaron a aparecer lentamente en la pantalla.

Primero manchas.

Después líneas.

Finalmente palabras.

No recuperaron toda la página.

Pero sí varias anotaciones ocultas bajo la tinta deteriorada.

Marin amplió una de ellas.

—Aquí hay algo.

Elena se acercó.

Podía distinguirse una frase incompleta.

“…según el Protocolo Aster…”

Rinaldi frunció el ceño.

—¿Aster?

Laura negó lentamente.

—Nunca he visto ese nombre en ningún archivo de Trieste.

Marin continuó revelando texto.

Un poco más abajo apareció otra línea.

“…inventario dividido en cuatro series…”

El silencio fue inmediato.

Elena levantó la vista.

—Cuatro.

No una.

Cuatro.

Durante años todos habían supuesto que el Archivio della Memoria era un único conjunto documental.

Ahora descubrían que había sido dividido deliberadamente.

Laura comenzó a caminar alrededor de la mesa.

Pensaba en voz alta.

—Eso explica muchas cosas.

Elena la escuchaba.

—La cámara del Porto Vecchio…

era solo una parte.

La casa de Barcola…

otra.

San Pietro organizaba los traslados.

Rinaldi terminó la idea.

—Y todavía falta una cuarta.

Ferretti extendió nuevamente los planos históricos.

Esta vez no buscaban edificios.

Buscaban recorridos.

Antiguas rutas utilizadas para transportar documentación sensible.

Líneas ferroviarias.

Muelles.

Almacenes.

Todo aparecía conectado mediante una compleja red logística.

—Antonio pensaba como un ingeniero.

—dijo Ferretti.

—Nunca concentró toda la información en un mismo lugar.

Elena recordó una frase encontrada en el cuaderno.

“La memoria necesita caminos de regreso.”

Ahora cobraba sentido.

No escondieron un archivo.

Diseñaron un sistema capaz de sobrevivir incluso si una de sus partes desaparecía.

Marin llamó su atención.

Había conseguido recuperar una anotación escrita al margen.

Era apenas una palabra.

Muy pequeña.

Casi ilegible.

Amplió la imagen.

Las letras terminaron apareciendo.

Aster.

Debajo, otra línea.

No confundir con Astra.

Laura permaneció inmóvil.

—Entonces no es un nombre improvisado.

Alguien añadió esa aclaración porque sabía que podía inducir a error.

Elena tomó una libreta.

Escribió ambas palabras.

ASTER.

ASTRA.

Las observó durante unos segundos.

No eran italianas.

Tampoco parecían códigos administrativos.

Eran algo distinto.

Aquella noche regresaron al Archivio della Memoria.

Lorenzo Sartori permanecía sentado junto a la gran mesa donde habían revisado tantas cajas durante las últimas semanas.

Escuchó en silencio todo cuanto habían descubierto.

Cuando Elena terminó de hablar, el anciano cerró lentamente uno de los viejos registros.

—Antonio nunca utilizaba nombres al azar.

—¿Ha oído hablar del Protocolo Aster?

preguntó Laura.

Lorenzo permaneció pensativo.

Muy pensativo.

Después negó con la cabeza.

—No.

Pero sí recuerdo otra cosa.

Todos esperaron.

—Antonio hablaba a menudo de las flores.

Rinaldi lo miró desconcertado.

—¿Las flores?

—Decía que había plantas capaces de sobrevivir bajo tierra durante años.

Y que, cuando llegaba el momento adecuado…

volvían a florecer.

Elena bajó la mirada hacia la palabra escrita en su cuaderno.

Aster.

Un nombre de flor.

No un código militar.

No una operación secreta.

Un símbolo.

Como todo en Antonio Valerian.

Laura comenzó a revisar una vieja enciclopedia botánica que descansaba en una de las estanterías.

No esperaba encontrar respuestas.

Solo quería comprender la elección.

Abrió por la letra A.

Encontró la entrada.

Aster.

Leyó en silencio.

Después levantó la vista.

—Escuchad esto.

Buscó el párrafo exacto.

— “En el lenguaje tradicional de las flores, el aster simboliza el recuerdo, la memoria y la permanencia de los vínculos más allá del tiempo.”

Nadie dijo una palabra.

No hacía falta.

Antonio no había bautizado aquel protocolo con un nombre técnico.

Lo había bautizado con una idea.

Cuando abandonaban la casa, Elena permaneció unos segundos contemplando el puerto.

Todo empezaba a adquirir una forma distinta.

Ya no perseguían un archivo perdido.

Perseguían un sistema construido para impedir que la memoria desapareciera.

Y alguien había dedicado décadas enteras a desmontarlo pieza por pieza.

Mientras caminaban hacia los vehículos, el teléfono de Rinaldi comenzó a sonar.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

preguntó Elena.

El comisario guardó lentamente el teléfono.

—Han identificado al mensajero que dejó la fotografía en la comisaría.

Todos permanecieron inmóviles.

—No sabía quién lo contrató.

Pero recordó una cosa.

Rinaldi hizo una pausa.

—El hombre caminaba con una ligera cojera.

Y llevaba un maletín de cuero negro.

Por primera vez, la investigación dejaba de seguir únicamente las huellas del pasado.

El hombre que había permanecido oculto durante toda la novela acababa de regresar al presente.