Capítulo 34 · La segunda sombra
Los misterios de Elena Vidal
La segunda sombra
L a descripción del mensajero era demasiado precisa para ser una coincidencia.
Una ligera cojera.
Un maletín de cuero negro.
Ningún nombre.
Ningún documento.
Ninguna matrícula.
Solo una imagen fugaz grabada en la memoria de un repartidor acostumbrado a no hacer preguntas.
Rinaldi colgó el teléfono.
Por primera vez en varios días sonreía.
No porque hubieran resuelto el caso.
Sino porque el hombre que llevaban semanas persiguiendo había cometido un error.
Había tenido que exponerse.
El mensajero los esperaba en una pequeña empresa de reparto situada junto a la estación central.
Era un hombre joven.
Respondía con tranquilidad.
No parecía nervioso.
Simplemente intentaba recordar.
—Entró poco antes de las nueve.
Llevaba sombrero.
Un abrigo oscuro.
Y un maletín de cuero.
—¿Le habló?
preguntó Elena.
—Muy poco.
Me preguntó cuánto costaba entregar un sobre en mano.
Pagó en efectivo.
Y se marchó.
—¿Acento?
El joven dudó.
—Italiano.
Pero…
No era exactamente de Trieste.
Laura levantó la vista.
—¿Qué quiere decir?
—Pronunciaba algunas palabras de una forma rara.
Como alguien que llevaba muchos años viviendo fuera.
Rinaldi mostró varias fotografías.
Ninguna coincidía.
El mensajero negó una tras otra.
Hasta que se detuvo en seco.
No señaló una cara.
Señaló un objeto.
—Ese bastón.
Todos miraron la imagen.
Pertenecía a Lorenzo Sartori.
—No.
dijo inmediatamente el repartidor.
—No era ese hombre.
Pero llevaba un bastón muy parecido.
Elena comprendió la importancia del detalle.
No describía a una persona.
Describía un estilo.
Un bastón de madera con empuñadura curva.
Cada vez menos habitual.
Antes de abandonar la empresa, el repartidor recordó algo más.
—Esperen.
Creo que dejó una huella.
Todos lo miraron.
—Apoyó el maletín sobre el mostrador.
Quedó una marca de humedad.
Tuvimos que limpiarla.
—¿Por qué lo recuerda?
El joven sonrió.
—Porque olía a mar.
No a humedad.
A sal.
Como si el maletín hubiera permanecido mucho tiempo cerca del agua.
Aquella observación parecía insignificante.
Pero Elena permaneció pensativa durante todo el trayecto.
El maletín.
El puerto.
La casa de Barcola.
San Pietro.
Todo giraba alrededor del mar.
Entonces recordó otra cosa.
La fotografía encontrada en casa del antiguo vigilante.
El hombre que acompañaba a Antonio también llevaba un maletín.
Siempre el mismo.
No era un accesorio.
Era parte de una rutina.
De regreso a la Jefatura, Laura comenzó a revisar las fotografías históricas del Archivio.
Ya no buscaba rostros.
Buscaba maletines.
Encontró cuatro imágenes donde aparecía el mismo modelo.
Cuero negro.
Dos cierres metálicos.
Asa reforzada.
Era un objeto elegante.
Fabricado probablemente entre finales de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta.
Ferretti observó una de las ampliaciones.
—Eso no era un maletín cualquiera.
Todos lo miraron.
—Mi padre tenía uno igual.
Lo utilizaban muchos ingenieros del puerto.
Estaban fabricados para transportar planos sin que se deformaran.
Elena sintió un leve escalofrío.
—¿Planos?
—Sí.
Pero también cualquier documento que necesitara viajar protegido.
Rinaldi pidió que ampliaran nuevamente las imágenes de las cámaras del Porto Vecchio.
Esta vez centraron toda la atención en el maletín.
La resolución seguía siendo pobre.
Sin embargo, al aumentar el contraste apareció un pequeño reflejo metálico.
Una placa.
Muy desgastada.
El técnico mejoró la imagen todo lo posible.
Solo pudieron distinguir tres letras.
…ER
Nada más.
Laura observó la pantalla.
—Podría ser cualquier cosa.
Elena negó.
—No.
Si el maletín pertenece a la misma persona desde hace décadas…
esa placa puede ser un apellido.
O unas iniciales.
Rinaldi tomó nota.
Era poco.
Pero era más de lo que habían tenido hasta entonces.
Aquella noche, Elena regresó sola al Porto Vecchio.
Necesitaba recorrer una vez más el camino que Alessandro había seguido.
Entró en el Almacén 17.
Atravesó el pasadizo.
Llegó hasta la cámara.
Todo permanecía en silencio.
Se detuvo frente a la puerta de hierro.
Pensó en Antonio.
En Lorenzo.
En Alessandro.
Y comprendió algo que hasta entonces se les había escapado.
El asesino nunca había intentado destruir el Archivio.
Si hubiera querido hacerlo, habría quemado los documentos.
Habría vaciado la cámara.
No había hecho nada de eso.
Había eliminado únicamente a quienes conseguían acercarse demasiado.
Protegía algo.
No lo destruía.
Elena sintió cómo todas las piezas comenzaban a colocarse de otra manera.
Cuando regresó al exterior llamó inmediatamente a Rinaldi.
—Creo que llevamos semanas haciéndonos la pregunta equivocada.
—¿Cuál?
—No debemos preguntarnos quién quería que el Archivio desapareciera.
Hubo un breve silencio.
—Debemos averiguar qué estaba protegiendo exactamente esa otra persona.
Rinaldi no respondió de inmediato.
Porque acababa de comprender lo mismo.
Tal vez existían dos guardianes.
Los que protegían la memoria.
Y los que protegían un secreto que nunca debía formar parte de ella.
Y, por primera vez desde el asesinato de Alessandro Valerian, ambas historias estaban a punto de encontrarse.