Capítulo 32 · Las ruinas de San Pietro
Los misterios de Elena Vidal
Las ruinas de San Pietro
E l antiguo Pabellón de San Pietro ya no existía.
Había desaparecido casi treinta años atrás durante la reorganización del frente portuario.
En su lugar se levantaba ahora una amplia explanada pavimentada, utilizada ocasionalmente como aparcamiento para maquinaria de obras.
Nada indicaba que allí hubiera existido un edificio.
Nada, salvo la memoria de quienes aún lo recordaban.
Y la pequeña marca dibujada por Alessandro sobre el plano.
A primera hora de la mañana, Elena, Rinaldi y Laura recorrieron lentamente el lugar.
El viento llegaba desde el Adriático con fuerza, levantando pequeñas nubes de polvo entre las vallas de las obras.
Ferretti los esperaba junto a una mesa improvisada.
Llevaba consigo varios tubos de planos.
—He conseguido los proyectos originales.
Extendió los documentos sobre el capó de un vehículo.
Los primeros correspondían a la construcción del pabellón, a finales del siglo XIX.
Los siguientes mostraban las sucesivas reformas.
El último plano estaba fechado pocos meses antes de la demolición.
Ferretti pasó el dedo por una zona situada en la parte trasera del edificio.
—Aquí hay algo curioso.
Elena se inclinó sobre el papel.
No era una estancia.
Ni un almacén.
Solo aparecía una pequeña anotación.
Sala de clasificación.
Laura levantó la vista.
—¿Qué se clasificaba aquí?
Ferretti respondió sin apartar los ojos del plano.
—Documentación llegada por barco.
Antes de enviarla al Archivo Municipal pasaba por este edificio.
Rinaldi comprendió inmediatamente.
—Entonces Antonio Valerian trabajó aquí.
—Durante varios años.
El terreno estaba siendo preparado para una nueva fase de rehabilitación.
Las máquinas permanecían detenidas.
El encargado de la obra permitió el acceso al equipo durante unas horas.
Mientras varios operarios retiraban una capa superficial de grava, Elena caminó alrededor del perímetro guiándose por el plano antiguo.
Se detuvo de repente.
—Aquí.
Todos se acercaron.
El suelo presentaba una ligera depresión.
Apenas unos centímetros.
Ferretti comparó la posición con los planos.
Asintió.
—Corresponde exactamente al antiguo sótano.
Una excavadora retiró cuidadosamente los primeros restos de tierra.
No tardaron en aparecer los cimientos de piedra.
Después un tramo de escaleras.
Y finalmente una pequeña habitación parcialmente enterrada.
Había permanecido sellada por los escombros desde la demolición.
Nadie parecía haber entrado allí desde entonces.
Rinaldi descendió el primero.
La estancia era modesta.
Paredes de ladrillo.
Suelo de piedra.
Una vieja estantería oxidada.
Nada más.
Laura iluminó el fondo con la linterna.
—Esperad…
Había algo escrito sobre uno de los muros.
No era una inscripción oficial.
Era una frase trazada con carboncillo.
Muy desvaída por la humedad.
Elena limpió cuidadosamente la superficie con una brocha.
Las palabras comenzaron a distinguirse.
“La memoria siempre encuentra otro camino.”
Laura permaneció inmóvil.
—Es la misma frase…
—…que aparecía en las cartas de Antonio.
completó Elena.
Mientras documentaban el hallazgo, uno de los operarios llamó desde el exterior.
Había encontrado una caja metálica aplastada entre los escombros.
No era grande.
Estaba completamente oxidada.
Pero seguía cerrada.
La trasladaron con sumo cuidado hasta una mesa provisional.
El restaurador del equipo utilizó pequeñas herramientas para liberar el mecanismo.
Después de varios minutos consiguió abrirla.
Dentro no había documentos.
Solo un objeto.
Un sello de latón.
Circular.
Pesado.
En su superficie aparecía grabado el símbolo del Archivio della Memoria.
La rama de olivo.
El ancla.
Y una inscripción que ninguno había visto antes.
“Verificatum.”
Laura lo sostuvo con ambas manos.
—Era un sello de autenticidad.
Rinaldi la miró.
—¿Qué significa?
—Que todos los documentos importantes pasaban por aquí antes de incorporarse al archivo.
Elena comprendió inmediatamente la importancia del hallazgo.
—No protegían únicamente los documentos.
Protegían su procedencia.
Su autenticidad.
Su historia.
Ferretti seguía examinando el sótano.
Golpeó suavemente una de las paredes.
El sonido cambió.
Volvió a golpear.
Hueco.
Rinaldi sonrió.
—Empiezo a conocer esa cara.
Ferretti devolvió la sonrisa.
—Los edificios antiguos siempre hablan.
Solo hay que escucharlos.
Retiraron varios ladrillos cuidadosamente.
Detrás apareció un estrecho compartimento.
No medía más de medio metro de profundidad.
Estaba completamente vacío.
Excepto por un pequeño sobre.
De papel grueso.
Sellado con lacre.
El mismo símbolo.
La rama de olivo.
El ancla.
Elena lo tomó con extremo cuidado.
En el reverso solo había una inscripción.
“No abrir en San Pietro.”
Los cuatro intercambiaron una mirada.
Rinaldi dejó escapar una sonrisa incrédula.
—Empiezo a pensar que Antonio disfrutaba complicándonos la vida.
Lorenzo, que había permanecido en silencio durante toda la excavación, negó despacio.
—No.
Antonio nunca hacía perder el tiempo.
Si escribió eso…
es porque este no era el lugar adecuado para comprender su contenido.
Cuando abandonaban la excavación, el encargado de la obra se acercó apresuradamente.
—Perdonen.
Hay una cosa más.
Les entregó un viejo libro de registro encontrado entre los escombros.
La humedad había destruido la mayor parte de sus páginas.
Solo las primeras seguían siendo legibles.
Era el registro diario del Pabellón de San Pietro.
Laura comenzó a pasar las hojas.
Fechas.
Barcos.
Remesas documentales.
Firmas.
Todo seguía un orden impecable.
Hasta llegar al último día de funcionamiento.
La última anotación ocupaba una sola línea.
No estaba firmada.
No llevaba sello.
Solo decía:
“Traslado completado.”
Nada más.
Ni destino.
Ni relación de documentos.
Ni responsable.
Elena cerró lentamente el libro.
Aquella frase no explicaba nada.
Pero planteaba la pregunta que llevaba semanas persiguiéndolos.
¿Qué había sido trasladado?
Y, sobre todo…
¿adónde?