El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 31 · El hombre que cojeaba
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Capítulo 31 · El hombre que cojeaba

Los misterios de Elena Vidal

El hombre que cojeaba

L a descripción era mínima.

Un hombre elegante.

Un maletín de cuero.

Una ligera cojera en la pierna izquierda.

Nada más.

Y, sin embargo, Elena tuvo la sensación de que acababan de obtener la primera pista verdaderamente humana desde el asesinato de Alessandro.

Hasta entonces habían perseguido documentos.

Lugares.

Objetos.

Ahora perseguían a una persona.

Aunque todavía no conocieran su nombre.

De regreso a la Jefatura, Rinaldi reunió al equipo de investigación.

Sobre la pantalla apareció una cronología completa del caso.

La muerte de Alessandro.

El Archivio della Memoria.

La cámara del Porto Vecchio.

El pasadizo.

La casa de Barcola.

Y, finalmente, la descripción facilitada por Pietro Zanetti.

El comisario permaneció unos segundos observando el conjunto.

—Llevamos semanas creyendo que resolvíamos un asesinato.

Se volvió hacia Elena.

—Pero en realidad estamos reconstruyendo una historia que comenzó hace más de setenta años.

Ella asintió.

—Y esa historia sigue teniendo protagonistas vivos.

Laura regresó al Archivio della Memoria con un objetivo concreto.

No buscaba nombres.

Buscaba fotografías.

Durante horas revisó cajas enteras correspondientes a la década de los cincuenta.

Inauguraciones.

Actos oficiales.

Recepciones diplomáticas.

Visitas institucionales.

En muchas aparecía Antonio Valerian.

Siempre discreto.

Siempre en un segundo plano.

Hasta que encontró una imagen diferente.

No era un acto oficial.

Mostraba el jardín de una villa junto al mar.

Varias personas conversaban alrededor de una mesa.

Antonio aparecía de espaldas.

Frente a él, un hombre sostenía un maletín de cuero.

La imagen estaba cortada justo por debajo de las rodillas.

No permitía saber si cojeaba.

Pero Elena sintió que aquella fotografía escondía algo importante.

En el reverso solo había una anotación.

Junio de 1955.

Reunión extraordinaria.

Nada más.

Mientras tanto, Rinaldi seguía otra línea de investigación.

Pidió al Registro Civil la relación de propietarios de bastones ortopédicos y prótesis adquiridas mediante los servicios sanitarios durante los últimos años.

No esperaba encontrar al asesino.

Solo reducir posibilidades.

El funcionario que atendía la solicitud negó con la cabeza.

—Eso sería imposible.

Hay miles de registros.

Rinaldi sonrió con resignación.

Era cierto.

Habían vuelto a un callejón sin salida.

Fue Elena quien encontró una salida inesperada.

Regresó mentalmente a las palabras de Pietro.

No había dicho que el hombre necesitara un bastón.

Había dicho que cojeaba.

Era distinto.

No buscaban una discapacidad.

Buscaban una forma de caminar.

Y eso le recordó otra cosa.

Las grabaciones de las cámaras del Porto Vecchio.

—Necesito volver a ver el vídeo.

El técnico reprodujo las imágenes del hombre del abrigo oscuro.

Entrando en el almacén.

Caminando lentamente.

Con las manos en los bolsillos.

Hasta entonces todos habían intentado reconocer su rostro.

Elena solo observó sus pasos.

Reprodujo la secuencia una vez.

Después otra.

Y una tercera.

Finalmente pidió detener la imagen.

—Retrocede cinco segundos.

El técnico obedeció.

El hombre daba un giro hacia la izquierda.

En ese instante el movimiento resultó evidente.

Apoyaba ligeramente menos peso sobre la pierna izquierda.

Era casi imperceptible.

Pero estaba allí.

Rinaldi permaneció inmóvil.

—Cojea.

Elena asintió.

—Muy poco.

Lo suficiente para que quien lo vea todos los días lo recuerde.

No lo suficiente para llamar la atención de un desconocido.

La investigación adquirió una nueva dirección.

Ya no buscaban a cualquier hombre.

Buscaban a alguien que conociera perfectamente el Porto Vecchio.

Que hubiera tenido acceso al Archivio.

Que caminara con una ligera cojera.

Y que hubiera mantenido contacto con Antonio Valerian décadas atrás.

Laura fue la primera en formular la pregunta.

—¿Y si no buscamos a la misma persona?

Elena la miró.

—¿Qué quieres decir?

—Han pasado más de setenta años.

El hombre del maletín ya no puede ser el mismo.

El silencio volvió a instalarse.

Rinaldi comprendió inmediatamente la implicación.

—Padre e hijo.

O maestro y discípulo.

Laura asintió.

—Exactamente igual que ocurrió con Antonio, Lorenzo y Alessandro.

Los custodios cambiaban.

Quizá quienes intentaban destruir la memoria también.

Aquella noche, Elena regresó sola al apartamento de Alessandro.

Necesitaba pensar lejos de informes y despachos.

Se sentó frente al gran plano del Porto Vecchio.

Permaneció varios minutos sin hacer nada.

Solo observando.

Entonces descubrió un detalle que nunca había visto.

En una esquina del mapa había una diminuta marca hecha con lápiz.

No era un círculo.

Ni una flecha.

Solo una letra.

P.

Nada más.

La comparó con las anotaciones de la libreta.

La misma letra.

El mismo trazo.

Buscó entre los documentos.

No encontró ninguna explicación.

Hasta que recordó el nombre del anciano que vivía frente a la casa de Barcola.

Pietro.

Durante un instante pensó que podía tratarse de una coincidencia.

Pero algo no encajaba.

Alessandro era demasiado preciso para dejar una inicial sin significado.

A la mañana siguiente regresaron a Barcola.

Pietro Zanetti los recibió con una mezcla de sorpresa y curiosidad.

Elena le mostró el plano.

—¿Reconoce esta marca?

El anciano ajustó sus gafas.

Observó el papel durante unos segundos.

Después sonrió.

—Claro.

No señala una persona.

Señala un lugar.

Todos guardaron silencio.

Pietro levantó lentamente la vista.

—Ahí estaba el antiguo Pabellón de San Pietro .

Lo derribaron hace casi treinta años.

Era un pequeño edificio del puerto donde se custodiaban temporalmente los documentos antes de trasladarlos al Archivio Municipal.

Elena sintió un escalofrío.

Otro archivo.

Otra pieza olvidada.

Otro lugar que Alessandro había descubierto.

Y del que nunca llegó a hablar con nadie.