Capítulo 30 · La casa del reloj
Los misterios de Elena Vidal
La casa del reloj
E l informe del laboratorio había llegado esa misma mañana, con semanas de retraso.
Rinaldi lo leyó en voz alta mientras conducían hacia Barcola.
—Aconitina. Un alcaloide extraído de una planta, el acónito. En dosis mínimas, actúa sobre el corazón en cuestión de segundos.
Laura frunció el ceño.
—Eso no es algo que se compre en cualquier farmacia.
—No —confirmó Rinaldi—. Hace falta saber extraerla, dosificarla y disolverla sin alterar el sabor. Conocimiento de química. O de restauración, donde se usan compuestos similares para tratar papel y pigmentos antiguos.
Elena pensó de inmediato en Sofía Novak, la restauradora de documentos.
Y en el profesor universitario, cuyo nombre ni siquiera recordaba, especialista en botánica histórica del Adriático.
Solo ellos dos, de los doce invitados, tenían la formación necesaria.
—Dos personas —dijo Elena en voz alta—. Eso ya no es una sala llena de sospechosos. Es una lista corta.
Rinaldi guardó el informe.
—Una lista corta no es lo mismo que una respuesta.
Pero ambos sabían que se habían acercado un paso más.
La casa de Barcola permanecía oculta tras un pequeño muro de piedra cubierto de hiedra.
Desde la carretera apenas podía distinguirse entre los cipreses.
El Adriático rompía suavemente contra las rocas situadas unos metros más abajo, llenando el aire de un murmullo constante que parecía formar parte de la propia vivienda.
Elena detuvo el coche frente al viejo portón.
Permaneció unos segundos observándolo.
No era una casa abandonada.
Era una casa olvidada.
Había una diferencia.
Las abandonadas terminaban derrumbándose.
Las olvidadas seguían esperando.
Rinaldi consultó la documentación obtenida aquella misma mañana.
—La propiedad continúa registrada a nombre de la familia Valerian.
Laura levantó la vista.
—¿Nadie la reclamó?
—Nunca.
Ninguna venta.
Ninguna herencia.
Ningún cambio de titularidad.
Como si todos hubieran decidido fingir que no existía.
Elena apoyó la mano sobre el viejo portón.
La madera cedió con un leve crujido.
No estaba cerrado con llave.
Solo encajado.
Como si alguien hubiera sabido que algún día volverían.
El jardín estaba completamente invadido por la vegetación.
Los senderos apenas se distinguían bajo la hierba.
Un antiguo banco de hierro permanecía junto a una buganvilla que aún florecía a pesar del abandono.
Laura sonrió.
—Alguien cuidó este lugar durante mucho tiempo.
Rinaldi señaló varias ramas recientemente podadas.
—Y dejó de hacerlo hace poco.
Elena no respondió.
Había descubierto unas huellas sobre la grava.
No eran recientes.
Pero tampoco tenían décadas.
Alguien había seguido utilizando aquella casa.
La puerta principal se abrió con facilidad.
Un olor a madera antigua y sal inundó el recibidor.
Todo permanecía cubierto por sábanas blancas.
Muebles.
Estanterías.
Cuadros.
Como si alguien hubiera querido proteger la casa del paso del tiempo.
No había señales de saqueo.
Ni de prisas.
Solo silencio.
Mucho silencio.
El reloj apareció antes de que nadie pronunciara una palabra.
Ocupaba toda una pared del salón.
Era un viejo reloj vienés de pie.
Alto.
Elegante.
Su péndulo permanecía inmóvil.
Las agujas marcaban exactamente las 10:43 .
Elena recordó inmediatamente las palabras de Alessandro.
No intentéis ponerlo en marcha.
Observad únicamente la hora que marca.
Se acercó lentamente.
Laura hizo una fotografía.
Rinaldi examinó el mecanismo.
—No parece averiado.
Simplemente está detenido.
Elena negó.
—No.
Está detenido exactamente donde alguien quiso que se detuviera.
Permanecieron varios minutos observándolo.
Nadie tocó el reloj.
Entonces Elena levantó la vista.
Sobre la esfera aparecía grabado el nombre del fabricante.
Franz Heller. Viena.
Debajo, casi oculto por el desgaste del barniz, había una pequeña inscripción.
No pertenecía al fabricante.
Había sido añadida después.
Laura utilizó una pequeña linterna.
Las letras comenzaron a distinguirse.
X · XLIII
Rinaldi frunció el ceño.
—¿Números romanos?
Elena negó lentamente.
—No exactamente.
Laura permaneció unos segundos observándolos.
Después sonrió.
—Podría ser una referencia archivística.
Rinaldi la miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque los antiguos archivos imperiales utilizaban códigos muy parecidos para clasificar documentos especiales.
Comenzaron a registrar cuidadosamente la habitación.
No tardaron en comprender que aquella casa había sido utilizada como despacho.
Había estanterías vacías.
Archivadores.
Una gran mesa orientada hacia el mar.
Pero faltaba algo.
Los documentos.
Todo había desaparecido.
No quedaba una sola hoja de papel.
Como si alguien hubiera vaciado únicamente aquello que consideraba importante.
Laura abrió uno de los cajones.
Encontró varios sobres antiguos.
Todos vacíos.
Después apareció una pequeña llave.
Muy distinta de la que abría la cámara del Porto Vecchio.
Era mucho más pequeña.
De plata.
Con un diminuto número grabado.
43
Elena levantó inmediatamente la mirada hacia el reloj.
Las agujas seguían marcando las diez y cuarenta y tres.
El código descubierto sobre la esfera terminaba en cuarenta y tres.
Y ahora aparecía aquella llave.
Nada era casual.
Mientras tanto, Rinaldi recorría la biblioteca.
Algo le llamó la atención.
Todos los libros estaban perfectamente alineados.
Excepto uno.
Era un volumen dedicado a la historia comercial del Adriático.
Lo retiró.
Detrás apareció una pequeña cavidad practicada en la pared.
Vacía.
Solo quedaba una fina capa de polvo.
Y una marca rectangular.
Alguien había escondido allí una caja.
Durante muchos años.
Pero ya no estaba.
El comisario guardó silencio.
Llegaban tarde otra vez.
Elena observó con atención el hueco.
Después el libro.
Después el reloj.
Algo no terminaba de encajar.
Si alguien había vaciado la casa…
¿Por qué dejó la llave?
¿Por qué dejó el reloj?
¿Por qué conservar precisamente las únicas pistas que podían conducir hasta otro lugar?
Fue entonces cuando comprendió.
No las habían olvidado.
Las habían dejado deliberadamente.
Como si quien vació la casa quisiera que alguien continuara avanzando.
Laura pareció llegar a la misma conclusión.
—Esto no parece una huida.
Parece…
Elena terminó la frase.
—Un relevo.
Cuando abandonaban la vivienda, un anciano que paseaba junto al paseo marítimo se detuvo al ver la puerta abierta.
Observó la casa durante unos segundos.
Después se acercó lentamente.
—Pensé que nunca volvería a entrar nadie.
Elena se presentó.
El hombre sonrió con amabilidad.
—Me llamo Pietro Zanetti.
Viví enfrente durante casi cincuenta años.
Rinaldi mostró una fotografía de Antonio Valerian.
Pietro la reconoció inmediatamente.
—Claro que lo recuerdo.
Era un hombre muy educado.
Venía todos los jueves.
Siempre a la misma hora.
Elena sintió que el pulso se aceleraba.
—¿Vivía aquí?
El anciano negó.
—No.
Nunca.
Solo recibía visitas.
—¿De quién?
Pietro permaneció unos segundos en silencio.
—Eso es lo extraño.
Nunca vi entrar a dos personas distintas.
Siempre era el mismo hombre.
Muy elegante.
Nunca decía una palabra.
Llegaba con un maletín de cuero.
Permanecía dentro una hora aproximadamente.
Y desaparecía.
—¿Sabe quién era?
El anciano negó con pesar.
—Nunca supe su nombre.
Pero sí recuerdo una cosa.
Todos esperaron.
—Cojeaba ligeramente de la pierna izquierda.
Elena miró instintivamente a Rinaldi.
No era una identidad.
Ni un rostro.
Pero era la primera característica física concreta que tenían de una persona relacionada con el verdadero Archivio.
Y, por primera vez desde que comenzó la investigación, el enemigo dejaba de ser una sombra para convertirse en alguien que había caminado por las mismas calles de Trieste.