Capítulo 29 · La carta
Los misterios de Elena Vidal
La carta
E l sobre permaneció sobre la mesa.
Nadie hizo el menor gesto para abrirlo.
La habitación estaba completamente en silencio, interrumpido únicamente por el constante tic-tac del viejo reloj de pared.
Lorenzo Sartori observaba a Elena.
No con impaciencia.
Con serenidad.
Como si supiera que aquel momento llegaría desde hacía muchos años.
—Ábralo usted —dijo finalmente.
Elena negó despacio.
—No.
Es una carta de Alessandro.
La dejó para quien continuara su trabajo.
Eso nos incluye a todos.
Lorenzo sonrió apenas.
Antonio habría respondido exactamente lo mismo.
Con extremo cuidado, Elena rompió el sello del sobre.
En su interior encontró una única hoja doblada en tres partes.
No era una carta larga.
Alessandro nunca escribía más de lo necesario.
Su letra seguía siendo firme.
Ordenada.
La misma que aparecía en las anotaciones del apartamento y en el cuaderno del Archivio.
Comenzó a leer en voz alta.
“Si estás leyendo esto significa que he llegado demasiado lejos o demasiado tarde.”
Elena hizo una breve pausa.
Continuó.
“No sé cuál de las dos cosas es peor.”
Laura permanecía inmóvil.
Ninguno de los presentes apartaba la vista del papel.
La carta continuaba.
“Durante mucho tiempo creí que alguien intentaba encontrar el Archivio della Memoria.”
Elena pasó lentamente a la siguiente línea.
“Ahora sé que estaba equivocado.”
Rinaldi cruzó los brazos.
Aquella frase confirmaba todo cuanto habían descubierto en los últimos días.
“No buscan el archivo.”
“Buscan algo que desapareció del archivo hace muchos años.”
El silencio fue absoluto.
Elena levantó lentamente la vista.
—¿Desapareció?
Lorenzo cerró los ojos.
Como si aquella frase despertara un recuerdo demasiado antiguo.
La carta continuaba.
“Antonio Valerian dejó escrita una mentira.”
Laura sintió un vuelco en el estómago.
—Eso no puede ser…
Elena siguió leyendo.
“No una mentira para engañar.”
“Una mentira para proteger.”
Lorenzo asintió muy despacio.
—Sí…
Murmuró.
—Al final lo comprendió.
La siguiente parte de la carta estaba escrita con una caligrafía ligeramente distinta.
Más apresurada.
Como si Alessandro hubiera tenido poco tiempo.
“La cámara del Porto Vecchio nunca fue el verdadero Archivio.”
Elena dejó de leer.
Miró a Lorenzo.
El anciano no respondió.
Solo bajó la cabeza.
—Lo sabía.
dijo Elena.
—Lo sospechaba.
respondió él.
—Pero nunca tuve la certeza.
Elena volvió al papel.
“Era únicamente la parte que podía sobrevivir si alguien llegaba demasiado pronto.”
Laura dio un paso atrás.
Toda la investigación acababa de cambiar.
Otra vez.
Rinaldi comenzó a caminar por la habitación.
—Entonces…
todo aquello era una copia.
—No.
respondió Lorenzo.
Era una protección.
Antonio siempre decía que una ciudad no podía confiar toda su memoria a un único lugar.
Elena comprendió inmediatamente el razonamiento.
Si alguien encontraba la cámara…
solo descubriría una parte de la verdad.
Nunca toda.
Quedaban apenas unos párrafos.
Elena respiró hondo.
“He descubierto dónde buscar la siguiente pieza.”
Todos guardaron silencio.
“Pero antes necesito confirmar una sospecha.”
La siguiente línea estaba subrayada.
“Si desaparezco antes de conseguirlo, no perdáis tiempo buscando al asesino.”
Rinaldi frunció el ceño.
—Demasiado tarde para eso.
Elena continuó.
“Buscad a quien decidió que una parte de la memoria debía desaparecer para siempre.”
La última parte de la carta apenas ocupaba cinco líneas.
“Cuando lleguéis al lugar correcto encontraréis un reloj detenido.”
“No intentéis ponerlo en marcha.”
“Observad únicamente la hora que marca.”
Después aparecía una dirección.
No era un edificio oficial.
Ni un almacén.
Ni una iglesia.
Era una vivienda.
Una antigua casa situada en el barrio de Barcola.
Junto al mar.
Elena dobló lentamente la carta.
—¿Conoce ese lugar?
preguntó mirando a Lorenzo.
El anciano permaneció inmóvil.
Durante varios segundos nadie obtuvo respuesta.
Finalmente habló.
—Sí.
Fui allí una sola vez.
Hace más de sesenta años.
—¿Qué había?
Lorenzo sonrió con una mezcla de nostalgia y tristeza.
—Un reloj.
Exactamente como escribió Alessandro.
La tarde comenzaba a caer cuando abandonaron la casa.
Durante el trayecto nadie habló.
Cada uno intentaba ordenar las piezas que acababan de aparecer.
Elena observaba por la ventanilla el perfil del Adriático.
Pensaba en Antonio.
En Alessandro.
En Lorenzo.
Tres generaciones unidas por una misma responsabilidad.
Y, sin embargo, había algo que seguía sin encajar.
Cuando llegaron a la comisaría pidió el expediente completo de Antonio Valerian.
No buscaba documentos nuevos.
Buscaba una ausencia.
Algo que nunca hubiera aparecido.
Revisó una página tras otra.
Hasta que encontró un dato aparentemente insignificante.
En todos los registros oficiales figuraba el mismo domicilio.
Excepto en uno.
Durante apenas siete meses, en el año 1955, Antonio había declarado otra residencia.
Elena comparó ambas direcciones.
Sintió un escalofrío.
Era la misma casa que Alessandro había señalado en la carta.
La casa del reloj.
Y comprendió que Antonio nunca había dejado de esconder la verdad.
Simplemente la había cambiado de lugar.
Encontró el sobre bajo la puerta de su habitación esa misma noche.
Sin remitente. Sin sello.
Dentro había una fotografía suya, tomada esa misma tarde frente a la comisaría.
Alguien había trazado una línea roja sobre su rostro.
No una tachadura violenta.
Una línea limpia, precisa, casi quirúrgica.
Al reverso, una sola frase escrita a máquina:
“Algunas preguntas ya tienen dueño.”
Elena llamó a Rinaldi de inmediato.
Él llegó en menos de diez minutos, todavía con la chaqueta a medio abrochar.
—Esto se acabó —dijo, mirando la fotografía—. Mañana coge un vuelo a Zaragoza.
—No.
—Elena.
—Si me voy ahora, Rinaldi, esta línea roja habrá ganado.
El comisario la observó largo rato.
Después guardó la fotografía en una bolsa de pruebas, sin mucha convicción de que serviría para algo.
—Entonces no volverás a estar sola. A partir de ahora, alguien te acompaña siempre.
Elena no discutió.
Por primera vez, tampoco quería estarlo.