El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 27 · El vigilante
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Capítulo 27 · El vigilante

Los misterios de Elena Vidal

El vigilante

L a fotografía permaneció sobre la mesa durante varios minutos.

Nadie la tocó.

El antiguo Almacén 17 aparecía vacío.

La imagen había sido tomada desde una altura suficiente para dominar toda la explanada que lo rodeaba.

No era una fotografía improvisada.

Quien la había hecho sabía exactamente desde dónde obtener aquella perspectiva.

Rinaldi rompió el silencio.

—¿Cuándo ha llegado?

El agente consultó el registro.

—Hace veinte minutos.

La dejó un mensajero.

—¿Nombre?

—No dio ninguno.

Solo dijo que debía entregarse personalmente al comisario.

Elena volvió la fotografía.

No había ninguna otra inscripción.

Solo aquellas dos frases.

Llegasteis tarde la primera vez.

No lleguéis tarde la segunda.

Una hora después se encontraban de nuevo frente al Almacén 17.

La tarde caía lentamente sobre el Porto Vecchio.

El recinto estaba casi desierto.

Solo algunos operarios trabajaban en la rehabilitación de varios edificios.

Elena observó la fachada.

Intentaba descubrir desde dónde podía haberse tomado la fotografía.

Levantó la vista.

Había un edificio más alto al otro lado de la explanada.

Un antiguo depósito de mercancías.

—Desde allí.

Rinaldi siguió la dirección de su mirada.

—Eso parece.

Subieron por una escalera metálica cubierta de óxido.

Cada peldaño crujía bajo su peso.

Al llegar al último piso encontraron una amplia galería con varios ventanales rotos.

Desde allí podía verse perfectamente el Almacén 17.

Exactamente con el mismo ángulo de la fotografía.

El suelo estaba cubierto por una fina capa de polvo.

Elena caminó despacio.

No buscaba grandes evidencias.

Solo pequeñas alteraciones.

Se detuvo junto a una de las ventanas.

Alguien había limpiado el alféizar recientemente.

No por completo.

Solo el espacio suficiente para apoyar una cámara.

Rinaldi pasó un dedo sobre la superficie.

Todavía quedaban restos de polvo desplazado.

—Hace poco.

Elena asintió.

—Muy poco.

Laura señaló un pequeño objeto escondido entre dos ladrillos.

Era una colilla.

Protegida de la lluvia.

El comisario llamó inmediatamente a la Policía Científica.

—Que la analicen.

Si tenemos suerte…

podría contener ADN.

Mientras esperaban, Ferretti llegó acompañado por uno de los responsables de mantenimiento del puerto.

Era un hombre alto, de rostro curtido y manos endurecidas por décadas de trabajo.

—Este es Marco Bellini.

Lleva aquí desde finales de los ochenta.

Bellini saludó con un gesto discreto.

Observó la fotografía.

Después el edificio.

Y finalmente la ventana.

—Conozco este sitio.

Todos lo miraron.

—Hace años venía un vigilante casi todas las noches.

Le gustaba sentarse aquí.

Decía que desde esta galería podía vigilar medio puerto.

Elena sintió un impulso.

—¿Cómo se llamaba?

Bellini tardó unos segundos en responder.

—Sergio Marin.

El nombre no aparecía en ninguno de los informes.

Ni en la investigación inicial.

Ni en los documentos del puerto.

Rinaldi tomó nota.

—¿Sigue trabajando aquí?

Bellini negó.

—Se jubiló hace casi diez años.

—¿Sabe dónde vive?

—Creo que sí.

Nunca abandonó Trieste.

Aquella misma tarde localizaron su domicilio.

Era un pequeño edificio situado en el barrio de San Giacomo.

Una mujer de mediana edad abrió la puerta.

Escuchó las preguntas de Rinaldi con evidente tristeza.

—Mi padre falleció hace cuatro años.

Elena intercambió una mirada con el comisario.

Llegaban demasiado tarde.

Otra vez.

Sin embargo, la mujer añadió algo inesperado.

—Pero conservé todas sus cosas.

No me atreví a tirarlas.

El antiguo vigilante había sido un hombre meticuloso.

Guardaba cuadernos.

Fotografías.

Planos.

Incluso pequeños calendarios donde anotaba los turnos de trabajo.

Todo permanecía cuidadosamente ordenado en varias cajas.

Laura comenzó a revisarlas.

Al principio solo encontraron documentos rutinarios.

Después aparecieron varias fotografías del puerto.

Muchas habían sido tomadas desde la misma galería donde encontraron la colilla.

Bellini tenía razón.

Aquel lugar era un magnífico observatorio.

Elena pasó una fotografía tras otra.

Hasta que una llamó su atención.

Mostraba el Almacén 17.

La fecha estaba escrita a mano.

14 de abril de 2018.

Cinco años antes del asesinato de Alessandro.

La imagen parecía normal.

Hasta que amplió el fondo con una lupa.

Había un hombre junto a la puerta lateral.

Demasiado lejos para distinguir el rostro.

Pero no estaba solo.

Alguien hablaba con él.

—Necesitamos escanear esto.

dijo Elena.

Laura asintió.

Llevaron la fotografía al laboratorio aquella misma noche.

El técnico digital comenzó a trabajar sobre la imagen.

Mejoró el contraste.

Redujo el ruido.

Aumentó la definición hasta donde permitía el negativo original.

Los dos hombres seguían siendo borrosos.

Pero uno de ellos llevaba algo muy característico.

Un bastón.

Largo.

Con empuñadura curva.

Elena permaneció inmóvil.

Conocía a muy pocas personas que utilizaran un bastón así.

Y solo una había estado relacionada con el Archivio della Memoria desde el principio.

Lorenzo Sartori.

Nadie habló durante varios segundos.

Laura fue la primera en romper el silencio.

—Eso no demuestra nada.

Elena asintió.

—No.

Solo demuestra que Lorenzo estuvo en el Almacén 17 cinco años antes de que apareciera Alessandro.

Rinaldi observó nuevamente la fotografía.

—Y nunca nos lo contó.

Guardó silencio unos instantes.

Después tomó la decisión.

—Mañana volveremos a hablar con él.

Pero esta vez…

no iremos a pedir respuestas.

Iremos a exigirlas.