Capítulo 26 · La lista
Los misterios de Elena Vidal
La lista
L a petición había sido registrada a las nueve y catorce de la mañana.
Dos días después del asesinato de Alessandro Valerian.
Rinaldi volvió a leer el informe por tercera vez.
No había ningún error.
El acceso figuraba en el sistema informático de la Autoridad Portuaria.
Solicitud aceptada.
Documentación entregada.
Expediente cerrado.
Solo faltaba un dato.
El nombre de quien había realizado la consulta.
—¿No aparece?
preguntó Elena.
El comisario negó con la cabeza.
—El registro está incompleto.
Solo figura que la solicitud llegó por un canal oficial.
Laura frunció el ceño.
—¿Cómo puede faltar precisamente ese dato?
Rinaldi dejó el informe sobre la mesa.
—Porque alguien lo eliminó.
Aquella misma mañana solicitaron una copia del historial completo del servidor.
El responsable de informática del puerto los recibió en un despacho lleno de archivadores y equipos antiguos.
Se llamaba Davide Rossetti.
Llevaba más de veinte años trabajando allí.
Escuchó las preguntas de Rinaldi con atención antes de responder.
—Los accesos no desaparecen solos.
—¿Pueden modificarse?
Rossetti dudó unos segundos.
—Solo por un administrador.
—¿Cuántos tienen ese permiso?
—Cinco.
El silencio fue inmediato.
Cinco personas.
Era la primera vez que la investigación dejaba de enfrentarse a una posibilidad abstracta.
Ahora existía un grupo concreto.
Muy reducido.
Rossetti imprimió la relación de administradores.
Rinaldi comenzó a leer los nombres.
El primero pertenecía al director de sistemas.
El segundo, a un responsable técnico.
Los otros tres correspondían a funcionarios de la Autoridad Portuaria.
Ninguno les resultaba conocido.
Elena observó la lista.
No esperaba encontrar al asesino escrito en un papel.
Pero sí esperaba descubrir alguna conexión.
—¿Quién autorizó aquella consulta?
Rossetti negó lentamente.
—Eso también fue eliminado.
Solo sabemos que alguien utilizó una cuenta con privilegios suficientes para hacerlo.
—¿Y cuándo se borró?
El informático abrió otro registro.
Después levantó la vista.
—Ese mismo día.
Apenas nueve minutos después.
Rinaldi salió del edificio con la carpeta bajo el brazo.
—Sabía exactamente lo que hacía.
Elena caminaba a su lado.
—Y sabía que algún día alguien revisaría esos registros.
Laura permanecía pensativa.
—Eso significa una cosa.
Los dos la miraron.
—No improvisó.
Preparó cada movimiento.
Aquella tarde regresaron al apartamento de Alessandro.
No buscaban documentos.
Buscaban orden.
Elena extendió sobre la mesa todos los desplazamientos conocidos de los últimos días.
El Archivo Municipal.
Muggia.
El Café San Marco.
El Porto Vecchio.
El pasadizo.
Las horas comenzaban a encajar.
Pero seguía existiendo una incógnita.
Había una franja de casi cincuenta minutos sin explicar.
Rinaldi señaló el plano.
—Aquí desaparece.
Y vuelve a aparecer aquí.
Laura calculó la distancia.
—No pudo hacerlo andando.
Elena permanecía observando el mapa.
Había recorrido aquellas calles muchas veces durante la investigación.
Entonces recordó algo.
El tranvía de Opicina.
No el recorrido.
Una conversación.
Alessandro había preguntado por él durante su primera visita a Trieste.
En aquel momento le pareció una simple curiosidad.
Ahora ya no.
Pidieron las grabaciones de la estación inferior del tranvía.
No esperaban encontrar nada.
Habían pasado demasiadas semanas.
Sin embargo, una de las cámaras pertenecía a una empresa privada que conservaba las imágenes durante más tiempo.
El vigilante reprodujo la mañana del nueve de marzo.
Los viajeros aparecían entrando y saliendo.
Turistas.
Trabajadores.
Estudiantes.
Entonces apareció Alessandro.
Consultó el reloj.
No subió al tranvía.
Permaneció junto al andén apenas dos minutos.
Mirando hacia la carretera.
Después saludó discretamente a alguien fuera del encuadre.
Y se marchó.
El vigilante detuvo la imagen.
—No iba a viajar.
Venía a encontrarse con alguien.
Elena observó la pantalla.
—Otra reunión.
Rinaldi asintió lentamente.
—Y otra persona que desapareció antes de que pudiéramos conocerla.
De regreso a la comisaría, Laura dejó sobre la mesa una carpeta que había recogido en el Archivio della Memoria.
Era un conjunto de cartas escritas por Antonio Valerian durante la década de 1950.
No hablaban del puerto.
Ni de política.
Eran reflexiones sobre el propio archivo.
Elena comenzó a leer una de ellas.
“Quien desee destruir la memoria no empezará quemando documentos.
Empezará haciendo que nadie crea en ellos.”
Guardó silencio.
Continuó leyendo.
“El peligro nunca vendrá de quien ignore nuestra existencia.
Vendrá de quien la conozca demasiado bien.”
Levantó lentamente la mirada.
Aquellas palabras habían sido escritas más de medio siglo antes.
Y, sin embargo, describían exactamente lo que estaba ocurriendo.
El asesino no había descubierto el Archivio por casualidad.
Lo conocía.
Quizá desde hacía años.
Quizá desde siempre.
Antes de eso, Elena había hecho una llamada.
Viktor Weiss aceptó recibirla en su oficina, con la misma inquietud contenida que había mostrado la noche de la degustación.
—Un distintivo de Puerto Franco no se regala, señorita Vidal. Mi familia importa café por ese puerto desde hace tres generaciones. Sé exactamente quién puede llevar uno.
—¿Y quién puede?
Weiss dudó.
—Empresas navieras. Autoridades portuarias. Y una tercera categoría que casi nadie menciona: fundaciones culturales con convenio histórico. Hay una que lleva medio siglo importando "material de archivo" sin que nadie pregunte qué contienen las cajas.
—¿Su nombre?
—No lo sé. Y si lo supiera, señorita Vidal, tampoco se lo diría en esta oficina.
Elena entendió el mensaje.
No era miedo a hablar.
Era miedo a que alguien escuchara.
Cuando la jornada estaba a punto de terminar, alguien llamó a la puerta del despacho.
Era uno de los agentes.
Llevaba un sobre acolchado entre las manos.
—Acaba de llegar.
No tiene remitente.
Rinaldi lo abrió con precaución.
Dentro solo había una fotografía.
Nada más.
La imagen mostraba el antiguo Almacén 17.
Vacío.
Tomada desde una posición elevada.
En el reverso, escrito con tinta negra, aparecía un único mensaje.
Llegasteis tarde la primera vez.
No lleguéis tarde la segunda.
Nadie habló.
Elena tomó la fotografía.
Observó el edificio.
Después levantó lentamente la vista hacia Rinaldi.
Por primera vez desde el inicio de la investigación sintió algo distinto al desconcierto.
No era miedo.
Era la certeza de que quien había asesinado a Alessandro sabía perfectamente quiénes eran.
Y acababa de demostrarles que seguía observándolos.