Capítulo 25 · La última ruta
Los misterios de Elena Vidal
La última ruta
L a lluvia había cesado durante la madrugada.
Trieste amanecía envuelta en una luz gris que parecía borrar los contornos del puerto. Desde la ventana del despacho, Elena observaba cómo las primeras embarcaciones cruzaban lentamente el golfo.
Sobre la mesa había un tablero cubierto de documentos.
Fotografías.
Mapas.
Billetes de tren.
Recibos.
La libreta de Alessandro.
El plano del Porto Vecchio.
Y, en el centro, una hoja en blanco.
Rinaldi entró sin hacer ruido.
—¿No has dormido?
Elena negó.
—No podía.
El comisario dejó dos cafés sobre la mesa.
—¿Has encontrado algo?
Ella tomó un rotulador negro.
Escribió una fecha.
8 de marzo.
Debajo otra.
9 de marzo.
Y, finalmente, una tercera.
10 de marzo.
El día del asesinato.
—Hasta ahora hemos investigado lugares.
Ahora vamos a investigar tiempo.
Laura llegó pocos minutos después con una carpeta bajo el brazo.
—He reunido todo lo que sabemos de los últimos tres días de Alessandro.
Comenzaron a ordenar la información.
El 8 de marzo había visitado el Archivo Municipal.
Después el Café San Marco.
Aquella noche regresó a su apartamento.
El 9 de marzo estuvo varias horas en el Porto Vecchio.
No existía ningún registro oficial de lo que hizo allí.
El 10 de marzo…
Elena completó la frase.
—Apareció muerto.
El silencio se instaló en la sala.
—Nos falta una pieza.
dijo Rinaldi.
—Muchas.
respondió Elena.
El comisario negó.
—No.
Solo una.
¿Qué hizo entre salir del San Marco y entrar en el puerto?
Nadie respondió.
Era un vacío de casi cuatro horas.
Demasiado tiempo.
Laura extendió sobre la mesa todos los recibos encontrados en el apartamento.
Gasolina.
Una librería.
Una farmacia.
Un aparcamiento.
Nada parecía importante.
Hasta que Elena reparó en uno de ellos.
No pertenecía a Trieste.
Estaba emitido en Muggia.
Un pequeño municipio situado a pocos kilómetros de la ciudad.
Miró la fecha.
9 de marzo. 08:17 horas.
—Esto no debería estar aquí.
Laura tomó el recibo.
—¿Por qué?
—Porque Alessandro comenzó sus visitas al puerto a las nueve.
No le daba tiempo.
Rinaldi comprendió inmediatamente.
—Salvo que hubiera estado allí antes.
Una hora después recorrían la carretera costera hacia Muggia.
El establecimiento indicado en el recibo seguía abierto.
Era una pequeña cafetería junto al puerto deportivo.
La propietaria, una mujer de unos sesenta años, observó la fotografía de Alessandro durante apenas unos segundos.
—Sí.
Recuerdo a este hombre.
Venía solo.
Siempre muy temprano.
Elena sintió un ligero impulso.
—¿Con quién hablaba?
—Con nadie.
Esperaba.
La respuesta resultó decepcionante.
Hasta que la mujer añadió:
—Aunque la última vez fue diferente.
Todos permanecieron en silencio.
—Llegó un coche oscuro.
No aparcó.
Solo se detuvo unos minutos.
Alessandro salió con un sobre en la mano.
Después cada uno tomó un camino distinto.
—¿Reconocería al conductor?
preguntó Rinaldi.
La mujer negó.
—Llevaba gafas de sol.
Y no bajó del coche.
—¿La matrícula?
—No.
Lo siento.
Elena observó el lugar.
Desde la terraza podía verse perfectamente la carretera.
Era un sitio discreto.
Lo bastante alejado de Trieste para mantener una reunión sin llamar la atención.
Pero también lo bastante cercano para regresar al puerto en pocos minutos.
—¿Qué cree que había en el sobre?
preguntó Laura.
La mujer sonrió.
—No tengo ni idea.
Pero sí recuerdo una cosa.
Todos la miraron.
—Cuando Alessandro se marchó parecía preocupado.
No asustado.
Preocupado.
Como quien acaba de confirmar una sospecha.
De regreso a Trieste, ninguno habló.
El sobre cambiaba completamente la investigación.
Hasta ese momento habían supuesto que Alessandro reunía información.
Ahora sabían que también la recibía.
La pregunta era evidente.
¿Quién se la entregó?
Ya en la comisaría, Elena volvió a revisar el inventario de objetos recuperados tras el asesinato.
Faltaba algo.
Lo comprobó dos veces.
Tres.
El sobre nunca aparecía entre las pertenencias.
Ni vacío.
Ni destruido.
Simplemente no existía.
—El asesino se lo llevó.
dijo en voz baja.
Rinaldi levantó la vista.
—¿Estás segura?
—Si registró el apartamento.
Si buscó el Archivio.
Si conocía el pasadizo…
También sabía qué debía desaparecer.
Laura permaneció pensativa.
—Entonces el sobre era más importante que cualquier documento del archivo.
Elena negó lentamente.
—No.
Era importante porque conducía hasta alguien.
Aquella tarde solicitaron las imágenes de tráfico de la carretera entre Muggia y Trieste.
La mayoría ya habían sido eliminadas.
Solo una cámara conservaba registros de aquella mañana.
La calidad era deficiente.
Apenas distinguía formas.
Vehículos.
Sombras.
Pero a las ocho y treinta y dos minutos apareció un automóvil oscuro.
Detrás circulaba el coche de Alessandro.
Ambos tomaron la misma dirección.
Hacia Trieste.
Hacia el Porto Vecchio.
El técnico congeló la imagen.
—No puedo mejorar mucho más la resolución.
Rinaldi observó la pantalla.
Elena hizo lo mismo.
No podían leer la matrícula.
Ni distinguir el rostro del conductor.
Pero sí apreciaron un detalle.
El coche llevaba una pequeña pegatina en la esquina inferior del parabrisas.
Un distintivo ovalado.
Blanco.
Con una inscripción negra.
Laura acercó la imagen.
—¿Podéis ampliarlo?
El técnico lo intentó.
Los píxeles comenzaron a deformarse.
La inscripción seguía siendo ilegible.
Sin embargo, Elena sonrió.
—No hace falta.
Los dos la miraron.
—¿Por qué?
Ella señaló la forma del adhesivo.
—Porque no es una pegatina cualquiera.
Es el distintivo de acceso al Puerto Franco.
Solo determinados vehículos pueden llevarlo.
Rinaldi permaneció unos segundos en silencio.
Después tomó el teléfono.
—Necesito el registro completo de todos los vehículos autorizados para acceder al Puerto Franco hace tres meses.
Al otro lado de la línea respondieron algo.
El comisario escuchó.
Su expresión cambió lentamente.
Colgó despacio.
—Parece que alguien se adelantó.
Elena sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué quieres decir?
Rinaldi dejó el teléfono sobre la mesa.
—Alguien solicitó esa misma lista…
…dos días después del asesinato de Alessandro.