Capítulo 24 · El hombre del San Marco
Los misterios de Elena Vidal
El hombre del San Marco
E l Café San Marco abrió sus puertas a las siete de la mañana.
Como cada día.
Las mesas de mármol reflejaban la luz tenue que entraba por los grandes ventanales. El aroma del café recién molido impregnaba el ambiente mientras los primeros clientes ocupaban sus lugares habituales.
Algunos leían el periódico.
Otros escribían en silencio.
Había quien permanecía simplemente observando la lluvia deslizarse sobre los cristales.
Elena comprendió inmediatamente por qué Alessandro había elegido aquel lugar.
Era imposible pasar desapercibido.
Y, al mismo tiempo, cualquiera podía hacerlo.
La fotografía permanecía sobre la mesa.
Dos tazas.
Un periódico doblado.
Y la inscripción escrita por Alessandro.
San Marco. Miércoles. Once.
Laura la observó durante unos segundos.
—¿Sabemos de qué miércoles hablaba?
Rinaldi consultó su libreta.
—Tres días antes de morir.
Elena levantó la vista.
—Entonces alguien debía reunirse con él aquí.
El propietario del café, Carlo Bressan, llevaba más de cuarenta años trabajando entre aquellas paredes.
Reconoció la fotografía apenas la tuvo delante.
—Sí.
Recuerdo a ese hombre.
Señaló a Alessandro.
—Venía varios días seguidos.
Siempre pedía un espresso.
Siempre ocupaba la misma mesa.
Miraba continuamente hacia la puerta.
Como si esperara a alguien.
—¿Llegó esa persona?
preguntó Elena.
Carlo permaneció pensativo.
—Una vez sí.
Todos guardaron silencio.
—¿La recuerda?
El anciano asintió lentamente.
—No su rostro.
Pero sí una cosa.
Nunca se sentó.
Hablaron apenas dos minutos.
Después salió del café.
Y Alessandro permaneció aquí casi una hora más.
Solo.
El camarero más veterano también recordaba aquella mañana.
—Discutieron.
No levantaron la voz.
Pero se notaba.
El otro hombre parecía nervioso.
Alessandro, en cambio, permanecía muy tranquilo.
—¿Escuchó alguna palabra?
El camarero negó.
—Solo una frase.
Intentó recordarla.
—Algo sobre…
el archivo.
Elena intercambió una mirada con Laura.
—¿Está seguro?
—No completamente.
Pero juraría que Alessandro dijo:
“No pienso dejar que desaparezca.”
Rinaldi solicitó las grabaciones de seguridad.
El propietario negó con cierta vergüenza.
—Las conservamos solo un mes.
Aquellas imágenes ya no existen.
El comisario suspiró.
Era una oportunidad perdida.
Sin embargo, Elena seguía observando la fotografía.
Algo no terminaba de convencerla.
La acercó a la luz.
El periódico.
No estaba colocado al azar.
La esquina superior sobresalía ligeramente bajo una de las tazas.
Pidió un ejemplar del mismo diario.
Lo colocó sobre la mesa.
Después reprodujo exactamente la posición que aparecía en la fotografía.
Solo entonces comprendió.
Alessandro había dejado visible una única noticia.
Un pequeño titular situado en la parte inferior de la página.
No era el artículo principal.
Casi pasaba desapercibido.
Laura leyó en voz alta.
— “Comienzan las obras de rehabilitación del Almacén 17 del Porto Vecchio.”
Las tres miradas se encontraron.
Rinaldi habló primero.
—No fotografió una reunión.
Fotografió una pista.
De regreso a la comisaría revisaron nuevamente el expediente de Alessandro.
Había algo que hasta entonces nadie había considerado importante.
Su teléfono móvil.
La unidad de delitos tecnológicos ya había recuperado todos los mensajes.
No encontraron amenazas.
Ni llamadas sospechosas.
Solo un detalle llamó la atención de Elena.
Durante las dos últimas semanas, Alessandro había realizado la misma búsqueda en internet en numerosas ocasiones.
Siempre con pequeñas variaciones.
Planos originales del Porto Vecchio.
Accesos de servicio.
Almacén 17.
Elena apoyó lentamente el informe sobre la mesa.
—Él ya buscaba un acceso oculto.
Rinaldi asintió.
—Y alguien lo descubrió antes de que pudiera utilizarlo.
Aquella tarde decidieron volver al apartamento.
No para registrar.
Sino para comprender.
Elena permaneció largo rato frente al gran plano del puerto que Alessandro había colgado en la pared.
Esta vez no observó las anotaciones.
Observó los espacios vacíos.
Había una zona completamente limpia.
Sin marcas.
Sin flechas.
Sin nombres.
Justo donde se encontraba el Almacén 17.
—¿Qué ocurre?
preguntó Laura.
Elena sonrió por primera vez en varios días.
—Alessandro era demasiado metódico.
Si no escribió nada aquí…
es porque ya no lo necesitaba.
Laura tardó unos segundos en entenderlo.
Después abrió mucho los ojos.
—Ya había estado allí.
Cuando abandonaban el edificio, el teléfono de Rinaldi comenzó a sonar.
Escuchó durante apenas unos segundos.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
preguntó Elena.
El comisario guardó el teléfono.
—Han encontrado el coche de Alessandro.
Los tres permanecieron inmóviles.
—Pensábamos que el asesino lo había abandonado al azar.
Hizo una breve pausa.
—Nos equivocábamos.
El vehículo estaba aparcado a menos de quinientos metros del Almacén 17.
Exactamente donde alguien habría querido pasar desapercibido.
Elena miró hacia el puerto, oculto tras la lluvia.
Cada paso que daban confirmaba la misma idea.
Alessandro no había improvisado su investigación.
Había seguido un camino perfectamente trazado.
Y alguien había recorrido ese mismo camino justo detrás de él.