Capítulo 23 · Lo que Alessandro descubrió
Los misterios de Elena Vidal
Lo que Alessandro descubrió
E l apartamento de Alessandro Valerian permanecía exactamente igual que el día de su muerte.
La cinta policial seguía cruzando la puerta.
Sobre la mesa del salón descansaban las mismas carpetas.
Los mismos mapas.
Las mismas notas escritas con una letra pequeña y ordenada.
Elena entró despacio.
No era la primera vez que visitaba aquel lugar.
Pero sí la primera desde que habían abierto el Archivio della Memoria.
Ahora observaba cada objeto con otros ojos.
Ya no buscaba pruebas de un asesinato.
Buscaba comprender a la víctima.
Rinaldi cerró la puerta tras ellos.
—La Policía Científica terminó aquí hace semanas.
Todo lo relevante quedó inventariado.
Elena recorrió lentamente la habitación.
—Entonces quizá debamos buscar aquello que nadie consideró relevante.
Laura sonrió.
—Eso mismo hacía Alessandro.
Miraba donde los demás dejaban de mirar.
Sobre una de las paredes seguía colgado el plano del Porto Vecchio.
Decenas de anotaciones cubrían los márgenes.
Fechas.
Nombres.
Flechas.
Pequeños círculos marcados con lápiz.
Nada parecía seguir un orden.
Sin embargo, Elena comenzó a reconocer algunos lugares.
La cámara.
La casa de Lorenzo Sartori.
El antiguo Archivo Municipal.
El Café San Marco.
Todos aparecían unidos por una fina línea roja.
Como si Alessandro hubiera ido trazando un recorrido.
No una investigación.
Un camino.
Laura abrió una caja de cartón que había permanecido sin revisar.
Contenía recibos.
Billetes de tren.
Folletos turísticos.
Nada que pareciera importante.
Hasta que encontró una pequeña libreta de bolsillo.
No era el cuaderno del Archivio.
Era mucho más reciente.
Las primeras páginas estaban llenas de direcciones.
Números de teléfono.
Horarios.
Pero hacia la mitad comenzaron a aparecer anotaciones personales.
Elena empezó a leer.
12 de febrero.
Sartori confirma que Antonio nunca habló de un tesoro. Todo el mundo sigue haciendo la misma pregunta equivocada.
Pasó la página.
18 de febrero.
La llave abre una habitación, pero la habitación no es el verdadero secreto.
Otra página.
23 de febrero.
Empiezo a pensar que alguien conoce todos mis movimientos.
Otra página.
24 de febrero.
La cucharilla de mi propia mesa apareció al revés esta mañana. Alguien la tocó anoche. Alguien que sabe exactamente cómo la coloco siempre.
Elena se detuvo.
Recordó la misma cucharilla junto a su cuerpo, la noche de la degustación.
No era un detalle atmosférico.
Era una firma.
Alguien que necesitaba tocar las cosas de Alessandro para sentir que aún tenía algo de control sobre él.
Rinaldi levantó la mirada.
Aquella frase le resultó especialmente incómoda.
—¿Crees que ya lo seguían?
—Estoy segura.
respondió Elena.
—Y él también lo estaba.
Continuaron leyendo.
Cada anotación mostraba un Alessandro distinto al que todos habían imaginado.
No era un investigador temerario.
Era un hombre prudente.
Metódico.
Paciente.
En varias ocasiones escribía que había decidido no visitar determinados lugares porque intuía que alguien lo esperaba.
En otra página aparecía una frase subrayada dos veces.
Nunca corro cuando creo que me observan.
Laura cerró unos segundos los ojos.
—Sabía que estaba en peligro.
Elena asintió.
—Pero decidió continuar.
La última parte de la libreta cambiaba completamente de tono.
Las anotaciones eran más breves.
Más tensas.
Como si hubiera dejado de tener tiempo para escribir.
3 de marzo.
Ya no tengo dudas.
Página siguiente.
5 de marzo.
No buscan el Archivio.
Elena pasó otra hoja.
Solo había una línea.
Buscan impedir que alguien lo encuentre.
El silencio llenó el apartamento.
Aquella diferencia era enorme.
Hasta ese momento todos habían supuesto que el asesino quería hacerse con los documentos.
Pero Alessandro pensaba otra cosa.
Alguien no pretendía apropiarse del archivo.
Pretendía que permaneciera oculto para siempre.
Rinaldi caminó hasta la ventana.
Desde allí podía verse una pequeña parte del puerto.
—Eso explica muchas cosas.
Elena lo miró.
—¿Qué cosas?
—Si alguien hubiera querido robar el Archivio, habría vaciado la cámara.
Sin embargo, todo seguía allí.
Solo intentaron impedir que alguien llegara hasta ella.
Laura apoyó la libreta sobre la mesa.
Por primera vez desde el inicio de la investigación, la muerte de Alessandro adquiría un sentido diferente.
No había muerto por lo que encontró.
Había muerto porque estaba a punto de encontrarlo.
Antes de marcharse, Rinaldi recibió una llamada.
Era Paolo Ricci.
—El testamento nunca desapareció —dijo el notario, con voz cansada—. Alessandro me pidió que no lo registrara todavía. Quería esperar a saber si el Archivio sobrevivía antes de dejar por escrito que le dejaba todo a su custodia.
Elena comprendió entonces por qué Ricci había dudado tanto al mencionarlo.
No ocultaba un crimen.
Ocultaba una promesa.
Quedaban apenas unas páginas.
La caligrafía era menos firme.
En algunos lugares la tinta aparecía corrida.
Como si hubiera escrito deprisa.
O bajo la lluvia.
Elena respiró hondo antes de continuar.
8 de marzo.
Hoy he comprendido el error que todos hemos cometido.
No había más explicación.
Solo esa frase.
Después otra.
He estado buscando personas.
Pasó la página.
Cuando debía haber observado los silencios.
Laura frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Elena negó lentamente.
—Todavía no lo sé.
Pero para él tenía sentido.
La última anotación ocupaba media página.
Era la más extensa de toda la libreta.
Elena leyó despacio.
Si estas notas llegan a manos de alguien después de mi muerte, solo puedo pedirle una cosa.
No busque vengarme.
Busque comprender por qué alguien ha tenido tanto miedo de un archivo lleno de recuerdos.
Cuando encuentre la respuesta, encontrará también a la persona que me mató.
Nadie habló.
El apartamento parecía haberse quedado más pequeño.
Más silencioso.
Más vacío.
Como si la voz de Alessandro aún permaneciera entre aquellas paredes.
Antes de abandonar la vivienda, Elena volvió una última vez hacia el escritorio.
Había algo que seguía llamándole la atención.
Una fotografía.
Pequeña.
En blanco y negro.
No mostraba personas.
Solo una mesa de café.
Dos tazas.
Y un periódico doblado.
En el reverso, Alessandro había escrito únicamente tres palabras.
San Marco. Miércoles. Once.
Elena guardó la fotografía en una funda transparente.
Rinaldi la observó.
—¿Qué crees que significa?
Ella permaneció unos segundos en silencio.
Después respondió.
—Creo que Alessandro no dejó una nota.
Nos dejó una cita.
Y tengo la impresión de que alguien nunca acudió a ella.