Capítulo 17 · El hombre de la llave
Los misterios de Elena Vidal
El hombre de la llave
L a búsqueda de la llave comenzó al amanecer.
No había registros oficiales.
No había inventarios.
No había ninguna referencia directa a una pieza metálica que llevaba desaparecida más de setenta años.
Pero Elena ya había aprendido algo durante sus investigaciones.
Los objetos importantes rara vez desaparecían.
Simplemente cambiaban de manos.
Laura De Santis pasó la mañana revisando archivos municipales.
Cada documento relacionado con el Porto Vecchio era una pieza más de un rompecabezas incompleto.
A media mañana llamó a Elena.
—Creo que he encontrado algo.
—¿Qué?
—Un nombre.
Elena esperó.
—En 1954, después del cierre de la cámara, hubo una última persona autorizada para entrar en el almacén.
—Antonio Valerian.
—No.
Laura hizo una pausa.
—Alguien después de él.
Se reunieron en el archivo histórico.
La doctora colocó sobre la mesa un documento protegido dentro de una funda transparente.
Era una autorización de acceso.
La tinta estaba desgastada.
La firma casi había desaparecido.
Pero seguía siendo legible.
Lorenzo Sartori.
Elena levantó la vista.
Durante un instante no dijo nada.
Era un nombre que nunca había oído.
Y sin embargo, algo en él la inquietó.
Como si aquellas letras llevaran esperando su llegada mucho más tiempo del razonable.
—¿Quién es Lorenzo Sartori? —preguntó Rinaldi.
Elena cerró lentamente la carpeta.
—Alessandro me habló de alguien así.
—¿Cuándo?
—Antes de morir.
La habitación quedó en silencio.
—Dijo que existía una persona que conocía la historia completa del puerto.
Nunca me dio un nombre.
Laura observó el documento.
—Entonces esto no era una pista.
Era una advertencia.
La búsqueda de Sartori no fue complicada.
Su nombre aparecía en antiguos registros de navegación.
Había trabajado como técnico de mantenimiento en el puerto durante los años cincuenta.
Después había desaparecido de la vida pública.
Sin entrevistas.
Sin fotografías recientes.
Sin actividad conocida.
Solo una dirección.
Una pequeña casa cerca de la meseta del Carso.
El camino abandonaba la ciudad y ascendía lentamente entre árboles y roca.
Trieste quedaba atrás.
El mar desaparecía entre la niebla.
Cuando llegaron a la vivienda, Elena tuvo la extraña sensación de que alguien los esperaba.
La puerta se abrió antes de que llamaran.
Un hombre anciano apareció en el umbral.
Superaba los noventa años.
Pero su mirada seguía siendo firme.
—Elena Vidal.
No era una pregunta.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabe mi nombre?
El anciano miró hacia el interior de la casa.
—Porque Alessandro sabía que vendría.
Dentro de la vivienda no había lujos.
Solo libros.
Mapas antiguos.
Fotografías.
Y una gran mesa de madera cubierta de documentos.
Era la casa de alguien que había dedicado una vida entera a recordar.
—Usted tiene la llave —dijo Elena.
Lorenzo Sartori no respondió inmediatamente.
Se acercó a una pequeña caja metálica.
La abrió.
Dentro había una llave antigua de hierro.
Oscura.
Pesada.
Exactamente como todos habían imaginado.
—¿Por qué la conservó? —preguntó Rinaldi.
Sartori miró la llave durante varios segundos.
—Porque Antonio Valerian me pidió que lo hiciera.
—¿Y por qué a usted?
El anciano sonrió con tristeza.
—Porque yo era el único que no tenía nada que perder.
Elena se acercó.
—¿Qué hay dentro de la cámara?
Sartori negó lentamente.
—No es la pregunta correcta.
Ella recordó las palabras de Clara Valerian.
Una llave no siempre abre una puerta.
A veces abre una verdad.
—Entonces dígame cuál es la pregunta.
El anciano miró hacia la ventana.
Al otro lado, la niebla cubría el Carso.
—La pregunta es:
¿Por qué alguien como Alessandro Valerian necesitaba encontrarla ahora?
Sartori abrió uno de los cajones de la mesa.
Sacó una fotografía antigua.
En ella aparecían tres hombres frente al Porto Vecchio.
Uno era Antonio Valerian.
Otro era un joven Lorenzo Sartori.
El tercero estaba parcialmente oculto por la sombra.
Elena tomó la fotografía.
Sintió un vacío en el estómago.
Conocía ese rostro.
No era un desconocido.
Era alguien cuya muerte había puesto en marcha toda la investigación.
Alessandro Valerian.
Pero la fotografía era de 1954.
Setenta años antes de su nacimiento.