Capítulo 18 · El rostro imposible
Los misterios de Elena Vidal
El rostro imposible
D urante varios segundos nadie habló.
La fotografía permaneció sobre la mesa como una prueba imposible.
Elena la sostuvo entre los dedos sin apartar la mirada.
No podía ser Alessandro.
No podía existir un hombre idéntico a él en una fotografía tomada setenta años antes.
Pero tampoco podía negar lo que veía.
Los mismos ojos.
La misma expresión tranquila.
La misma pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda que ella había observado durante la investigación del asesinato.
—Explíqueme esto —dijo Elena finalmente.
Su voz era firme, pero por dentro sentía que una pieza fundamental de la historia acababa de cambiar de lugar.
Lorenzo Sartori no pareció sorprendido.
Como si hubiera esperado aquella pregunta durante décadas.
—Cuando vi a Alessandro por primera vez pensé exactamente lo mismo.
Rinaldi se inclinó hacia la mesa.
—¿Usted lo conoció?
Sartori asintió.
—Antes de que muriera.
La habitación quedó en silencio.
—¿Por qué nunca informó a la policía? —preguntó el comisario.
El anciano miró hacia la fotografía.
—Porque Alessandro no vino a Trieste buscando ayuda.
Vino buscando respuestas.
—¿Y usted se las dio?
Sartori negó lentamente.
—Le di una advertencia.
Elena recordó las últimas conversaciones con Alessandro.
Siempre había tenido la sensación de que él sabía más de lo que decía.
Que había llegado a Trieste con una parte de la historia.
Pero no con toda.
—¿Qué le dijo?
Sartori se levantó con dificultad y caminó hasta una estantería.
Sacó un libro antiguo.
No era un libro cualquiera.
Era un registro de tapas oscuras, protegido por una cubierta de cuero desgastado.
—Le mostré esto.
Lo abrió por una página marcada.
Allí aparecía otra vez el símbolo.
La rama de olivo cruzada con el ancla.
Debajo había una inscripción:
“Los herederos no reciben respuestas. Reciben obligaciones.”
Laura De Santis tomó el libro con cuidado.
—¿Qué es?
—El registro del Archivio della Memoria.
La historiadora frunció el ceño.
—Pensaba que era una leyenda.
Sartori sonrió ligeramente.
—Todas las cosas importantes empiezan pareciendo leyendas.
El registro no era una lista de documentos.
Era una lista de personas.
Generación tras generación.
Familias que habían protegido información que no podía caer en manos equivocadas.
Algunos nombres eran conocidos.
Otros habían desaparecido completamente de la historia.
Y entre ellos aparecía uno que Elena no esperaba encontrar.
Valerian.
—Entonces Alessandro era uno de ellos —dijo Rinaldi.
Sartori cerró el libro.
—No exactamente.
El comisario lo miró.
—¿Qué significa eso?
—Que Alessandro no heredó solamente el secreto.
Heredó una deuda.
Elena volvió a mirar la fotografía.
—Pero hay algo que no entiendo.
Señaló el rostro.
—¿Quién es el hombre de la imagen?
Sartori permaneció callado.
Por primera vez desde que habían llegado, pareció incómodo.
—Ese hombre no era Alessandro.
Hizo una pausa.
—Era su abuelo.
La respuesta no resolvía el misterio.
Lo hacía más profundo.
Porque ahora la pregunta no era cómo podía existir una fotografía imposible.
La pregunta era por qué tres generaciones de Valerian tenían el mismo rostro.
Sartori caminó hasta la ventana.
—Hay algo que deben saber antes de abrir la cámara.
Elena guardó silencio.
—Antonio Valerian no ocultó la llave porque quisiera impedir que alguien entrara.
La ocultó porque sabía que algún día alguien tendría que hacerlo.
—¿Para encontrar qué?
El anciano miró hacia el puerto, invisible entre la niebla.
—La prueba de que una parte de la historia de Trieste fue escrita por personas que nunca aparecieron en los libros.
Antes de marcharse, Elena hizo una última pregunta.
—¿Alessandro sabía lo que había dentro?
Sartori tardó en responder.
—No.
—Entonces, ¿por qué murió?
El anciano bajó la mirada.
—Porque descubrió que alguien más sí lo sabía.
Aquella noche, de regreso a la ciudad, Elena no podía dejar de pensar en la fotografía.
No en el parecido.
No en el misterio familiar.
Sino en una frase de Alessandro que ahora adquiría un significado diferente:
“Hay secretos que no se esconden para protegerlos. Se esconden porque todavía no ha llegado el momento de revelarlos.”
Y quizá el momento había llegado.
Porque al día siguiente abrirían la cámara del Porto Vecchio.