El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 12 · El puerto de los secretos
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Capítulo 12 · El puerto de los secretos

Los misterios de Elena Vidal

El puerto de los secretos

E l amanecer encontró Trieste envuelta en una fina bruma que ascendía lentamente desde el Adriático.

Las calles todavía estaban casi desiertas cuando el comisario Matteo Rinaldi detuvo el coche frente a la entrada del Porto Vecchio.

Elena descendió en silencio.

Ante ella se extendía un paisaje detenido en el tiempo.

Grandes almacenes de ladrillo rojo.

Vías férreas cubiertas de óxido.

Grúas inmóviles que parecían gigantes dormidos.

Y el inconfundible olor a sal, hierro y madera húmeda.

—Es como una ciudad abandonada —murmuró.

—Lo estuvo durante décadas —respondió Rinaldi—. Aquí entró el café que abasteció a media Europa. También mercancías mucho menos legales.

Marco observó los edificios.

—Cuesta creer que todo esto estuviera lleno de vida.

—La historia deja cicatrices —contestó el comisario—. Algunas se ven. Otras permanecen ocultas.

Uno de los responsables de la Autoridad Portuaria los esperaba junto a un antiguo plano del recinto.

—Buenos días, comisario.

—Gracias por recibirnos con tan poca antelación.

El hombre desplegó el plano sobre el capó del coche.

—¿Qué buscan exactamente?

Rinaldi colocó sobre el papel una copia de las coordenadas halladas en la libreta de Alessandro Valerian.

El empleado las examinó unos segundos.

Después levantó lentamente la cabeza.

—Curioso…

—¿Qué ocurre?

—Estas coordenadas no señalan un edificio.

Señalan un muro.

Caminaron varios minutos entre antiguos almacenes numerados.

El viento soplaba con fuerza desde el mar.

Las gaviotas rompían el silencio con sus gritos.

Finalmente llegaron al lugar indicado.

No había nada extraordinario.

Solo un largo muro de piedra junto a un edificio abandonado.

Elena recorrió lentamente la superficie con la mirada.

Algo no encajaba.

Las piedras eran iguales.

Excepto una.

Era ligeramente más clara que las demás.

Se acercó.

Pasó la mano por la junta.

No había grietas.

Pero sí una diferencia casi imperceptible en la textura.

—¿La nota? —preguntó Rinaldi.

—Sí.

Esta piedra no ha envejecido igual que las otras.

Un agente golpeó suavemente el muro con los nudillos.

—Suena macizo.

Otro hizo lo mismo unos metros más allá.

El sonido cambió.

Hueco.

Todos guardaron silencio.

El responsable del puerto frunció el ceño.

—Eso no debería estar ahí.

Según los planos…

detrás solo hay tierra.

Rinaldi pidió una cámara endoscópica al equipo de criminalística.

Tras perforar cuidadosamente la junta de una piedra, introdujeron la pequeña lente.

El monitor tardó unos segundos en enfocar.

Después apareció una imagen borrosa.

Un espacio vacío.

Una estancia.

Pequeña.

Completamente sellada.

El técnico tragó saliva.

—Comisario…

Hay una habitación detrás del muro.

Nadie figura en los planos.

Elena sintió un escalofrío.

Recordó el prólogo.

La puerta de hierro.

El anciano.

El cofre.

Las palabras escritas en la libreta.

TRIESTE.

Miró a Rinaldi.

—¿Cuántos años lleva cerrado este lugar?

El responsable del puerto respondió sin apartar la vista de la pantalla.

—Si los registros son correctos…

más de setenta años.

El comisario permaneció inmóvil.

Después dio una orden breve.

—Nadie toca este muro hasta que venga Patrimonio Histórico.

Si esa cámara lleva cerrada desde los años cincuenta…

acabamos de encontrar algo que alguien quiso borrar de la historia.

Y, quizá…

el verdadero motivo por el que Alessandro Valerian murió anoche.