El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 11 · Los archivos Valerian
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Capítulo 11 · Los archivos Valerian

Los misterios de Elena Vidal

Los archivos Valerian

L a lluvia no había cesado.

Las gotas resbalaban lentamente por los ventanales del Palazzo Valerian mientras la policía continuaba inspeccionando cada estancia.

El comisario Matteo Rinaldi permanecía frente al escritorio vacío.

—Quiero un inventario completo de todo lo que falta en esta habitación.

El mayordomo asintió.

—Lo tendrá antes del amanecer.

—No solo documentos. Libros, cuadros, llaves… cualquier objeto que no esté donde debería.

—Entendido, comisario.

Elena seguía recorriendo el despacho con la mirada.

No buscaba pruebas.

Buscaba comprender a Alessandro Valerian.

Los objetos hablaban de las personas.

Un atlas marítimo abierto sobre el Adriático.

Un ejemplar muy usado de El comercio del café en el Imperio Austrohúngaro .

Fotografías antiguas del puerto de Trieste.

Y, en una esquina de la estantería, varias cajas de madera etiquetadas cuidadosamente.

Brasil 1968.

Etiopía 1974.

Yemen 1981.

Marco sonrió.

—Conservaba pequeñas muestras de todas las cosechas importantes.

—No solo las conservaba —respondió Elena.

Las clasificaba.

Las estudiaba.

Las recordaba.

Era un hombre incapaz de olvidar los detalles.

Mientras hablaban, el mayordomo regresó con una pequeña libreta de tapas negras.

—Comisario…

Esto estaba en el cajón inferior del escritorio.

Rinaldi se puso unos guantes antes de abrirla.

Las primeras páginas contenían anotaciones sobre compras de café.

Fechas.

Puertos.

Nombres de barcos.

Todo perfectamente ordenado.

Pero, al llegar a las últimas hojas…

las anotaciones cambiaban.

Ya no hablaban de café.

Solo aparecían nombres.

Fechas.

Y una misma palabra repetida varias veces.

Puerto Viejo.

Elena sintió un escalofrío.

Recordó inmediatamente el prólogo.

Aunque no sabía por qué.

—¿Qué significa esto? —preguntó Rinaldi.

El mayordomo negó con la cabeza.

—Nunca vi esa libreta.

Marco observó una de las páginas.

—Aquí hay coordenadas.

El comisario acercó la libreta a la lámpara.

Efectivamente.

Al lado de varias fechas aparecían números escritos a mano.

No parecían direcciones.

Parecían coordenadas geográficas.

—¿Reconoce alguno de esos lugares? —preguntó Rinaldi.

Elena respondió antes que nadie.

—Sí.

Uno de ellos señala el Porto Vecchio.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Rinaldi levantó lentamente la vista.

—¿Ha estado allí?

—Esta mañana.

Pasé por delante al llegar a la ciudad.

Es imposible olvidarlo.

Los antiguos almacenes siguen casi intactos.

El comisario cerró la libreta.

—Mañana iremos allí.

Cuando todos abandonaban el despacho, Elena se quedó unos segundos rezagada.

Había algo más.

Algo pequeño.

Se agachó junto a una papelera de metal.

Entre varios papeles arrugados encontró una diminuta escama de lacre rojo.

La sostuvo entre los dedos.

No medía más de medio centímetro.

Pero era reciente.

Aún conservaba un ligero brillo.

La observó unos segundos.

Después la dejó exactamente donde estaba.

No dijo nada.

Todavía no era una prueba.

Solo una pregunta más.

Y empezaba a comprender que, en aquella casa, las preguntas eran mucho más valiosas que las respuestas.