El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 10 · El despacho del último Valerian
24%

Capítulo 10 · El despacho del último Valerian

Los misterios de Elena Vidal

El despacho del último Valerian

L a lluvia comenzó a caer poco antes de las dos de la madrugada.

Las gotas golpeaban los ventanales del Palazzo Valerian mientras los técnicos terminaban de recoger las últimas pruebas del salón principal.

El comisario Matteo Rinaldi cerró la carpeta de la investigación.

—Necesito conocer mejor a la víctima.

Miró al mayordomo, un hombre delgado de cabello completamente blanco que llevaba más de treinta años al servicio de la familia.

—¿Existe algún lugar donde el señor Valerian trabajara habitualmente?

—Sí, comisario.

Su despacho.

—Quiero verlo.

El despacho ocupaba una esquina de la planta superior.

No era ostentoso.

Era el despacho de alguien que había dedicado más tiempo al trabajo que al lujo.

Las paredes estaban cubiertas por estanterías de nogal repletas de libros sobre café, comercio marítimo e historia de Trieste.

Sobre una mesa descansaban varias muestras de granos procedentes de distintos países.

Brasil.

Etiopía.

Guatemala.

India.

Yemen.

Junto a ellas había una lupa de joyero y una pequeña balanza de precisión.

—Analizaba personalmente todas las partidas importantes —explicó el mayordomo—. Decía que un buen comerciante debía seguir confiando en su nariz antes que en los informes.

Elena sonrió.

Aquella frase le gustó.

El escritorio estaba impecablemente ordenado.

Demasiado.

Rinaldi se detuvo.

—¿Siempre era tan meticuloso?

—Hasta la obsesión.

Nunca dejaba un papel fuera de su sitio.

El comisario recorrió lentamente la superficie con la mirada.

Una estilográfica.

Un secante.

Una agenda.

Un calendario.

Un pisapapeles de cristal.

Nada más.

—¿Dónde está su ordenador?

El mayordomo vaciló.

—Aquí.

Siempre aquí.

Todos miraron el hueco vacío que había sobre la mesa.

Era evidente.

Faltaba un portátil.

Nadie dijo una palabra.

Fue Elena quien rompió el silencio.

—¿Cuándo lo vio por última vez?

—Esta mañana.

Antes de que comenzaran los preparativos.

Rinaldi tomó nota.

—¿Quién tenía acceso al despacho?

—Muy pocas personas.

El señor Valerian.

Yo.

La señora de la limpieza.

Y…

El mayordomo se interrumpió.

—¿Y quién?

—Su abogado.

Paolo Ricci.

Todas las miradas se dirigieron hacia el notario.

Ricci dio un paso al frente.

—Es cierto.

Estuve aquí esta tarde.

Firmamos varios documentos.

—¿Qué documentos?

—Asuntos relacionados con la empresa.

—¿Incluían la venta anunciada esta noche?

El abogado tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Pero no solo eso.

El silencio se hizo aún más profundo.

—¿Qué más firmó Alessandro?

Ricci respiró despacio.

Sabía que ya no tenía sentido ocultarlo.

—Firmó un nuevo testamento.

Nadie se movió.

Ni siquiera Marco.

Elena observó una reacción que casi pasó desapercibida.

Viktor Weiss, el empresario austríaco, dejó de respirar durante un instante.

Fue apenas un segundo.

Pero suficiente.

Después recuperó la compostura.

Demasiado deprisa.

Elena no anotó nada.

No quería precipitarse.

Las personas inocentes también reaccionaban con miedo.

Rinaldi cerró lentamente la carpeta.

Ahora había dos investigaciones.

Un asesinato.

Y un testamento desaparecido.

Mientras abandonaban el despacho, Elena fue la última en salir.

Se volvió una vez más hacia la mesa.

Había algo que seguía molestándole.

No era el portátil.

No era el testamento.

Era el aroma.

El despacho olía intensamente a café…

pero también a cuero antiguo.

Y, por debajo de ambos, había un olor tenue, casi imperceptible.

Cera caliente.

Como la que se utiliza para sellar documentos.

O para cerrar sobres que nadie debería abrir.

Elena cerró la puerta sin decir una palabra.

Su intuición le decía que el verdadero secreto de Alessandro Valerian no había desaparecido con él.

Seguía escondido en algún lugar del palacio.

Y alguien estaba dispuesto a matar otra vez para impedir que saliera a la luz.

Elena salió al jardín del palacio para respirar aire que no oliera a cera ni a sangre seca.

Marcó el número de su hermana en Zaragoza.

—¿Ya has vuelto? —preguntó una voz somnolienta al otro lado.

—Todavía no.

Un silencio.

—Elena. Ibas a quedarte tres días.

—Lo sé.

—Después de lo del Piamonte dijiste que no volverías a meterte en algo así.

Elena no respondió enseguida.

—Hay un hombre muerto, Carmen. Y nadie más parece querer preguntar por qué.

—Eso no es tu trabajo.

—No.

No lo era.

Colgaron sin discutir, como hacían siempre que no querían pelear de verdad.

Elena se quedó mirando las ventanas iluminadas del palacio.

Sabía que debería tomar el primer tren de la mañana.

Sabía que no lo haría.