Capítulo 9 · Los once supervivientes
Los misterios de Elena Vidal
Los once supervivientes
E l comisario Matteo Rinaldi pidió que prepararan el antiguo salón de música para tomar declaración a los invitados.
Nadie abandonaría el palacio.
Nadie hablaría con los demás hasta haber sido interrogado.
Uno a uno.
Sin excepciones.
Elena permanecía junto a una de las ventanas del gran salón.
No escuchaba las conversaciones.
Observaba.
Las personas revelaban mucho más cuando creían que nadie las miraba.
El empresario austríaco, Viktor Weiss, caminaba de un lado a otro consultando el reloj cada pocos minutos.
La restauradora de manuscritos, Sofía Novak, parecía incapaz de apartar la vista de la puerta principal.
El periodista francés escribía frenéticamente en una pequeña libreta.
El maestro tostador, Friedrich Adler, seguía inmóvil frente a la cafetera, como si hubiese perdido a un viejo amigo.
Y Beatrice Conti…
No dejaba de mirar la silla vacía de Alessandro Valerian.
No lloraba.
Pero tampoco apartaba la vista.
Aquello llamó la atención de Elena.
—¿Puedo hacerle una pregunta?
Beatrice levantó la cabeza.
—Claro.
—Antes ha dicho que Alessandro salió unos segundos del salón antes del brindis.
—Sí.
—¿Fue solo?
La mujer dudó.
—Eso creo.
—¿Lo cree… o lo vio?
Beatrice respiró profundamente.
—Lo vi levantarse.
Pero no seguí mirando.
Pensé que iba al baño.
Elena asintió.
Era una respuesta sincera.
Demasiado sincera para ser inventada.
En ese momento regresó el comisario.
Llevaba una carpeta bajo el brazo.
—Tenemos los primeros datos.
Todos guardaron silencio.
—La autopsia preliminar confirma una intoxicación aguda.
Aún no sabemos cuál fue la sustancia.
Necesitaremos los análisis del laboratorio.
Nadie dijo una palabra.
—Pero sí sabemos una cosa.
La muerte fue prácticamente instantánea.
Eso significa que el veneno actuó en cuestión de segundos.
Marco frunció el ceño.
—¿Existe algo así?
Rinaldi respondió sin dramatismo.
—Más de lo que la gente imagina.
Elena permanecía pensativa.
Había algo que seguía sin convencerla.
Le pidió permiso al comisario para acercarse una última vez a la mesa.
—Solo un minuto.
Rinaldi aceptó.
La mesa ya estaba casi vacía.
Las pruebas habían sido embaladas.
Solo permanecían las marcas numeradas que indicaban dónde había estado cada taza.
Elena caminó despacio alrededor.
Contó los asientos.
Uno.
Dos.
Tres…
Doce.
Se detuvo.
Miró el lugar que ocupaba Marco durante la preparación.
Después el de Friedrich.
Después el de Alessandro.
Entonces sonrió.
Muy levemente.
No era una sonrisa de satisfacción.
Era la sonrisa de quien acaba de descubrir que llevaba horas haciéndose la pregunta equivocada.
Rinaldi lo advirtió inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Elena levantó la vista.
—Comisario…
¿Quién decidió dónde se sentaba cada invitado?
El silencio fue absoluto.
Nadie parecía haber pensado en algo tan simple.
Marco respondió primero.
—Las tarjetas con los nombres ya estaban colocadas cuando llegamos.
—¿Quién las preparó?
Nadie contestó.
El periodista francés rompió el silencio.
—Supuse que Alessandro.
El notario negó lentamente.
—No.
Cuando llegué esta mañana…
las mesas aún estaban sin montar.
Rinaldi levantó la cabeza.
Por primera vez desde el comienzo de la investigación…
aparecía una pregunta para la que nadie tenía respuesta.
¿Quién había decidido exactamente dónde debía sentarse la víctima?
Y, sobre todo…
¿por qué?