El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 8 · El café no miente
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Capítulo 8 · El café no miente

Los misterios de Elena Vidal

El café no miente

L a una de la madrugada encontró el Palazzo Valerian sumido en un silencio irreal.

Las luces seguían encendidas.

Los agentes iban y venían por los pasillos.

En el gran salón, las once tazas permanecían alineadas sobre la mesa, cada una marcada con una pequeña tarjeta numerada.

Elena las contemplaba desde la distancia.

No veía porcelana.

Veía once historias distintas.

Y una mentira.

El comisario Matteo Rinaldi se acercó con dos cafés de máquina.

Le ofreció uno.

—No es precisamente un espresso de Trieste.

Elena sonrió.

—Después de esta noche, creo que tardaré un tiempo en volver a tomar café.

Rinaldi apoyó la espalda contra la pared.

—No suele quedarse la gente cuando presencia un asesinato.

—Yo tampoco suelo hacerlo.

—Entonces…

¿por qué sigue aquí?

Elena tardó unos segundos en responder.

—Porque hay algo que no entiendo.

Y cuando no entiendo algo…

me cuesta marcharme.

El comisario dejó escapar una sonrisa.

Era la primera vez en toda la noche.

Los técnicos comenzaron a embalar cuidadosamente la cafetera de cobre.

Elena se acercó.

—¿Puedo hacer una pregunta?

Uno de los peritos levantó la vista.

Rinaldi asintió.

—Adelante.

—¿Van a analizar también el agua?

—Por supuesto.

—¿Y el molino?

—También.

—¿Los granos antes de molerlos?

—Sí.

Elena permaneció unos segundos pensativa.

Después formuló otra pregunta.

—¿Había café suficiente para preparar una taza más?

El perito dudó.

Miró el recipiente.

Pesó los granos restantes con una pequeña balanza electrónica.

—Sí.

Aproximadamente una dosis.

Elena frunció el ceño.

Aquello no cuadraba.

Marco había preparado exactamente doce cafés.

Con precisión casi matemática.

No era un cocinero que trabajara “a ojo”.

Siempre calculaba cantidades.

Siempre.

¿Por qué había sobrado una dosis?

Entonces recordó la taza que Friedrich le había ofrecido a ella, fuera de la lista de los doce.

Marco no calculaba para doce.

Calculaba para trece, por si algún invitado repetía.

La duda se disolvió tan rápido como había aparecido.

Mientras todos hablaban alrededor de la mesa, Elena caminó hasta la ventana.

Desde allí podía verse el puerto.

Las luces de los barcos se reflejaban sobre el Adriático.

Respiró profundamente.

Y cerró los ojos.

Intentó reconstruir mentalmente toda la escena.

Marco moliendo el café.

Friedrich vigilando el tueste.

Las tazas alineadas.

Valerian hablando.

El brindis.

El primer sorbo.

La caída.

Algo faltaba.

No un objeto.

Un gesto.

Un gesto que nadie había considerado importante.

—Señorita Vidal…

La voz de Rinaldi interrumpió sus pensamientos.

—¿Sí?

—Ha dicho antes que la mesa había cambiado.

Ella asintió.

—¿Ha recordado qué era?

Elena negó lentamente.

—Todavía no.

Pero sé dónde está la respuesta.

—¿Dónde?

Ella miró la larga mesa vacía.

—En los minutos anteriores al brindis.

No en el asesinato.

Todos estamos mirando el momento equivocado.

Rinaldi permaneció en silencio.

Aquella afirmación cambiaba completamente el enfoque de la investigación.

No había que estudiar la muerte.

Había que estudiar la preparación.

Se volvió hacia uno de los agentes.

—Quiero las grabaciones de todas las cámaras del palacio.

Especialmente de la última hora antes de la degustación.

El agente dudó.

—Comisario…

El responsable de seguridad dice que algunas cámaras llevan semanas averiadas.

Rinaldi suspiró.

—¿Cuáles?

El agente consultó una hoja.

—Las del pasillo de servicio…

y las de la cocina.

Marco levantó la cabeza de golpe.

—Eso es imposible.

Las revisaron hace solo tres días.

El silencio volvió a apoderarse del salón.

Elena sintió un escalofrío.

Aquello ya no parecía un asesinato improvisado.

Alguien había preparado el escenario con días de antelación.

Y, por primera vez desde el comienzo de la investigación, tuvo la sensación de que el asesino conocía el palacio mucho mejor que cualquiera de los invitados.