Capítulo 7 · El aroma de la mentira
Los misterios de Elena Vidal
El aroma de la mentira
E l cuerpo de Alessandro Valerian fue trasladado poco antes de la medianoche.
Cuando la ambulancia abandonó el palacio, un silencio pesado cayó sobre todos los presentes.
El comisario Rinaldi permaneció unos segundos observando la puerta por la que acababan de sacar el cadáver.
Después habló.
—A partir de este momento, esta investigación se trata como un homicidio.
Nadie pareció sorprendido.
Solo hubo una reacción distinta.
Friedrich Adler, el maestro tostador, cerró los ojos lentamente.
Como si aquella confirmación acabara de destruir algo más que una vida.
Elena lo anotó mentalmente.
No era la reacción de un asesino.
Era la reacción de alguien que acababa de perder el trabajo de toda una vida.
Los agentes comenzaron a registrar el salón.
Fotografiaban cada rincón.
Cada taza.
Cada plato.
Cada servilleta.
Un joven inspector levantó el azucarero con cuidado.
—Comisario… ¿recogemos también esto?
—Todo.
No quiero que quede absolutamente nada sin analizar.
Elena observó la escena desde un rincón.
Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla no miraba las personas.
Miraba los objetos.
En una cocina, los objetos nunca mentían.
Una cuchara estaba donde alguien la había dejado.
Una taza conservaba el calor durante un tiempo concreto.
Una servilleta doblada revelaba si había sido utilizada.
Todo tenía una explicación.
Marco se acercó en voz baja.
—¿En qué piensas?
—En el café.
—¿Qué ocurre con él?
Elena tardó unos segundos en responder.
—Demasiadas personas creen que el café mató a Alessandro.
Marco la miró sorprendido.
—¿Y tú no?
—No lo sé.
Pero hay algo que no entiendo.
Se acercó lentamente a la cafetera de cobre.
Los peritos ya la habían fotografiado.
Todavía desprendía un ligero aroma.
Elena cerró los ojos.
Inspiró despacio.
Después volvió a hacerlo.
Una tercera vez.
Marco sonrió.
—Solo tú eres capaz de oler una cafetera en mitad de un asesinato.
Ella no respondió.
Seguía concentrada.
Finalmente abrió los ojos.
—El café está perfecto.
Marco soltó una pequeña carcajada.
—No creo que sea el mejor momento para hacer una crítica gastronómica.
Elena negó con la cabeza.
—Precisamente ese es el problema.
Si alguien hubiera añadido un veneno directamente al café…
habría alterado su aroma.
O su sabor.
Aunque fuera mínimamente.
Y Alessandro era uno de los mayores expertos de Europa.
Lo habría notado antes de beber.
Marco dejó de sonreír.
Nunca había pensado en eso.
En ese momento se acercó el comisario Rinaldi.
—¿Ha descubierto algo interesante?
Elena dudó.
No quería interferir en la investigación.
Pero tampoco podía callarse.
—Solo una observación.
—La escucho.
—Si el veneno estaba en el café…
el asesino asumía un riesgo enorme.
—¿Por qué?
—Porque un catador profesional detecta cambios que cualquier otra persona pasaría por alto.
Rinaldi permaneció pensativo.
Era la primera vez que alguien le ofrecía un razonamiento basado en la gastronomía y no en la criminología.
—Entonces…
¿qué propone?
Elena miró las once tazas todavía alineadas sobre la mesa.
—Propongo que dejemos de pensar en lo que Alessandro bebió…
…y empecemos a pensar en lo que hizo justo antes de beber.
El comisario volvió la vista hacia los invitados.
Todos permanecían sentados.
Cansados.
Nerviosos.
En silencio.
Entonces formuló una pregunta inesperada.
—Antes del brindis…
¿alguien se levantó de su asiento?
Durante unos segundos nadie contestó.
Hasta que una voz femenina rompió el silencio.
—Sí.
Todas las miradas se dirigieron hacia ella.
Era Beatrice Conti.
La sumiller italiana.
Tragó saliva antes de continuar.
—Alessandro se levantó.
Solo unos segundos.
Dijo que había olvidado una cosa.
Salió del salón…
…y regresó casi inmediatamente.
Elena sintió un escalofrío.
Aquello cambiaba por completo la investigación.
Porque si Alessandro había abandonado la sala…
ya no era cierto que hubiera estado vigilado en todo momento.
Y eso significaba una sola cosa.
El asesinato…
había comenzado mucho antes del primer sorbo de café.