El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 6 · La primera mentira
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Capítulo 6 · La primera mentira

Los misterios de Elena Vidal

La primera mentira

E l salón permanecía en un silencio incómodo.

Solo se oía el obturador de la cámara de la policía y el roce de los guantes de látex mientras los agentes fotografiaban cada detalle.

Nadie hablaba.

Nadie parecía dispuesto a mirar el cuerpo de Alessandro Valerian.

El comisario Matteo Rinaldi observó lentamente a los once invitados restantes.

No buscaba al culpable.

Buscaba el miedo.

Porque el miedo nunca se comporta igual en dos personas.

Unos bajaban la mirada.

Otros hablaban demasiado.

Algunos permanecían completamente inmóviles.

Y había quien parecía más preocupado por marcharse que por la muerte del anfitrión.

—Comenzaremos por una pregunta muy sencilla —dijo Rinaldi con voz tranquila—.

¿Alguien tocó alguna de las tazas después del brindis?

Todos negaron.

Algunos inmediatamente.

Otros tardaron unos segundos.

Marco Bellini dio un paso adelante.

—Las preparé yo mismo junto a Friedrich Adler. Ninguna taza abandonó la mesa.

—¿Está completamente seguro?

—Absolutamente.

Rinaldi tomó nota.

Después miró a Elena.

—¿Usted también lo confirma?

Ella dudó.

Solo un instante.

—Confirmo que nadie retiró ninguna taza.

El comisario arqueó una ceja.

—Pero…

Elena respiró despacio.

—La mesa no está exactamente igual que hace unos minutos.

Todos la miraron.

—¿Qué ha cambiado?

Ella negó lentamente.

—Todavía no lo sé.

Solo sé que algo no está donde estaba.

El empresario austríaco soltó una risa nerviosa.

—¿Insinúa que alguien ha manipulado la escena delante de todos?

—No he dicho eso.

—Entonces…

—He dicho que algo ha cambiado.

No es lo mismo.

El silencio volvió a apoderarse del salón.

Rinaldi observó a Elena durante unos segundos.

No parecía una mujer que hablara por intuición.

Parecía alguien acostumbrado a fijarse en detalles.

El médico forense se acercó al comisario.

—No encuentro signos evidentes de intoxicación por contacto.

Rinaldi frunció el ceño.

—¿Y el café?

—Habrá que analizarlo.

También las tazas.

El azúcar.

El agua.

Todo.

Mientras los técnicos recogían las pruebas, Elena volvió a recorrer la mesa con la mirada.

Una taza.

Otra.

Otra más.

Entonces comprendió qué era lo que la inquietaba.

No era una taza.

No era una cucharilla.

No era el azúcar.

Era…

la distancia.

Había servido cientos de mesas a lo largo de su vida.

Miles.

Sin darse cuenta, un camarero aprende a recordar la posición exacta de un plato, un cubierto o una copa.

La silla de Alessandro estaba unos centímetros más separada de la mesa que las demás.

Muy poco.

Apenas unos centímetros.

Pero Elena estaba segura.

Alguien la había movido.

La pregunta era…

¿antes…

o después…

de la muerte?

Abrió la libreta.

Escribió despacio.

Las personas recuerdan los rostros. Los cocineros recuerdan la posición de una mesa.

Por primera vez desde que llegó a Trieste…

Elena tuvo la certeza de que aquello no había sido un asesinato improvisado.

Alguien había preparado cada detalle con mucha antelación.

Y, aun así…

había cometido un error.