Capítulo 5 · Nadie abandona el palacio
Los misterios de Elena Vidal
Nadie abandona el palacio
D urante unos segundos reinó un silencio absoluto.
Nadie parecía capaz de aceptar que Alessandro Valerian acababa de morir ante sus ojos.
Fue Marco Bellini quien reaccionó primero.
—¡Llamad a una ambulancia!
Uno de los camareros salió corriendo hacia la recepción mientras otro intentaba apartar a los invitados.
Elena seguía arrodillada junto al cuerpo.
No volvió a buscarle el pulso.
Sabía que era inútil.
Observó las manos.
Las uñas.
Los labios.
La expresión del rostro.
No había espuma en la boca.
Tampoco olor extraño.
Solo aquella ligera coloración azulada alrededor de los labios.
Algo no encajaba.
Muy despacio levantó la vista.
Las once tazas restantes permanecían sobre la mesa.
Casi intactas.
Algunas apenas habían sido probadas.
Otras seguían completamente llenas.
Nadie parecía sufrir el menor síntoma.
Solo Alessandro.
Eso descartaba la explicación más evidente.
Si el café hubiese estado contaminado…
todos habrían enfermado.
Quince minutos después comenzaron a oírse las sirenas.
Dos agentes de la Policía de Trieste acordonaron el salón.
Tras ellos apareció un hombre de unos cincuenta años.
Cabello entrecano.
Traje oscuro.
Mirada tranquila.
No levantó la voz.
Ni una sola vez.
Simplemente observó.
—Comisario Matteo Rinaldi.
Los presentes fueron identificándose uno por uno.
Cuando llegó el turno de Elena, Marco intervino.
—Es una colega española.
Chef.
Estaba conmigo durante toda la preparación.
Rinaldi asintió.
Tomó nota.
No hizo más preguntas.
El médico confirmó el fallecimiento pocos minutos después.
—La muerte ha sido prácticamente inmediata.
No puedo determinar la causa aquí.
Necesitaremos la autopsia.
Rinaldi miró lentamente la mesa.
Doce tazas.
Doce invitados.
Doce posibles testigos.
O quizá…
doce sospechosos.
Se volvió hacia todos.
—Hasta que conozcamos qué ha ocurrido…
nadie abandonará este edificio.
Un murmullo de protesta recorrió la sala.
El empresario austríaco dio un paso adelante.
—Tengo un vuelo dentro de dos horas.
—Entonces lo perderá.
La respuesta fue tan serena que nadie volvió a discutir.
Mientras los agentes fotografiaban la escena, Elena caminó lentamente alrededor de la mesa.
No tocó absolutamente nada.
Solo miró.
Las tazas.
Los platos.
Las cucharillas.
El azucarero.
La cafetera.
El molinillo.
Las servilletas.
De pronto se detuvo.
Frente a la silla vacía de Alessandro Valerian.
Frunció ligeramente el ceño.
Algo había cambiado.
Estaba segura.
Pero…
¿el qué?
Cerró los ojos unos segundos.
Recordó exactamente cómo estaba la mesa antes del brindis.
Cuando volvió a abrirlos…
sonrió apenas un instante.
No porque hubiera resuelto el caso.
Sino porque acababa de descubrir la primera mentira de la noche.
Y aquella mentira…
no tenía nada que ver con el café.