Capítulo 13 · La cámara sellada
Los misterios de Elena Vidal
La cámara sellada
L a noticia se extendió por el Porto Vecchio con una rapidez inesperada.
Antes del mediodía ya había llegado un equipo de Patrimonio Histórico, acompañado por un ingeniero y dos arqueólogos especializados en estructuras industriales del siglo XIX.
El comisario Matteo Rinaldi observaba el muro con los brazos cruzados.
—¿Podemos abrirlo?
El arqueólogo negó con firmeza.
—No inmediatamente. Si esa estancia lleva cerrada más de setenta años, una intervención precipitada podría destruir cualquier documento que haya en su interior.
Elena asintió en silencio.
Aquella respuesta le pareció sensata.
Los secretos también podían romperse.
Mientras los técnicos instalaban focos y medidores de humedad, una mujer de unos cincuenta años se acercó al grupo.
—Soy la doctora Laura De Santis, responsable del archivo histórico de Trieste.
Rinaldi le mostró la libreta de Alessandro.
La historiadora hojeó las últimas páginas con atención.
Su expresión cambió.
—Estas fechas…
—¿Las reconoce?
—Sí.
Corresponden a varias inspecciones realizadas en el Porto Vecchio entre 1953 y 1955.
Pero hay algo extraño.
Señaló una de las anotaciones.
—Este almacén dejó de existir oficialmente en 1954.
Elena levantó la vista.
—¿Qué significa “oficialmente”?
La historiadora tardó unos segundos en responder.
—Que desapareció de los registros.
Pero nunca fue demolido.
Rinaldi intercambió una mirada con Elena.
Cada respuesta generaba una nueva pregunta.
—¿Quién podía ordenar algo así?
La doctora De Santis bajó la voz.
—En aquellos años, Trieste era un lugar muy distinto.
La ciudad estaba dividida.
Italianos.
Aliados.
Yugoslavos.
Servicios de inteligencia.
Contrabando.
Nadie sabía realmente quién controlaba cada rincón del puerto.
Algunas decisiones jamás se hicieron públicas.
Uno de los técnicos interrumpió la conversación.
—Comisario…
Hemos encontrado una puerta.
Todos se acercaron.
Tras retirar con extremo cuidado varias piedras apareció el borde de un marco metálico completamente oculto.
Hierro.
Remaches.
Óxido.
Y una antigua cerradura.
Elena sintió un escalofrío.
Era exactamente como la había imaginado al leer las notas de Alessandro.
La puerta seguía sellada.
Nadie parecía haberla abierto desde hacía décadas.
El ingeniero iluminó la cerradura con una linterna.
—Curioso…
—¿Qué ocurre?
—No está forzada.
Rinaldi frunció el ceño.
—¿Y eso qué significa?
El hombre sonrió con incredulidad.
—Que quien cerró esta puerta…
…se llevó la llave.
El viento del Adriático comenzó a soplar con más fuerza.
Las gaviotas revoloteaban sobre los antiguos almacenes.
Elena observó el marco de hierro.
Algo llamó su atención.
Muy cerca de la cerradura, casi oculto por el óxido, había un pequeño símbolo grabado.
No era un escudo.
No era una inicial.
Era una diminuta rama de olivo cruzada con un ancla.
La misma marca aparecía, apenas visible, en el sello de lacre que Alessandro había utilizado para las invitaciones de la degustación.
No dijo nada.
Solo abrió su libreta de cuero y escribió una línea.
“Los símbolos sobreviven a las personas.”
Cerró el cuaderno.
Por primera vez desde que llegó a Trieste comprendió que el asesinato de Alessandro Valerian no empezaba en el Palazzo.
Había comenzado mucho antes.
Quizá el mismo día en que aquella puerta fue cerrada por última vez.