El Misterio del Café de Trieste (Los Misterios de Elena Vidal 5) Capítulo 2 · La ciudad del viento y del café
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Capítulo 2 · La ciudad del viento y del café

Los misterios de Elena Vidal

La ciudad del viento y del café

E l olor a sal entró por la ventana del hotel mucho antes de que sonara el despertador.

Elena abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos olvidó dónde estaba.

Después recordó el viaje, la estación, las calles de fachadas imperiales y aquella extraña mezcla de culturas que hacía de Trieste un lugar diferente a cualquier otro.

Miró el reloj.

Las ocho y media.

Sobre la mesilla descansaba un mensaje de Marco.

«Te espero a las nueve. No desayunes.»

Sonrió.

Aquello solo podía significar una cosa.

Marco Bellini la esperaba junto al Canal Grande.

Seguía siendo igual de expresivo que veinte años atrás.

Cabello oscuro, barba perfectamente recortada y aquella costumbre tan italiana de hablar con las manos incluso cuando nadie le discutía nada.

—¡Elena! —exclamó abrazándola—. Estás exactamente igual.

Ella soltó una carcajada.

—Mientes igual de bien que cuando suspendías pastelería.

—Nunca suspendí.

—Tres veces.

—Detalles.

Comenzaron a caminar bordeando el canal.

Las terrazas empezaban a llenarse.

Un camarero colocaba con precisión milimétrica las sillas de una cafetería mientras el aroma del café recién molido se mezclaba con la brisa del Adriático.

Elena respiró profundamente.

—Huele diferente.

Marco sonrió.

—Porque esto no es solo café.

Es Trieste.

Mientras avanzaban por las calles del centro histórico, Marco comenzó a contarle la historia de la ciudad.

—Durante siglos, este fue el gran puerto del Imperio austrohúngaro. Aquí llegaban barcos cargados de café de América, África y Asia. Antes de distribuirse por Europa, muchos sacos pasaban por estos almacenes.

Elena observó los antiguos edificios.

No parecían italianos.

Tenían algo de Viena.

Algo de Praga.

Algo de un lugar imposible de definir.

—Es una ciudad de fronteras —continuó Marco—. Aquí conviven culturas desde hace siglos. Por eso nunca se parece del todo al resto de Italia.

Pocos minutos después se detuvieron frente a un edificio elegante.

Sobre la fachada podía leerse un nombre detenido en el tiempo.

Caffè San Marco.

Marco abrió la puerta.

El rumor de conversaciones en voz baja, el tintinear de las cucharillas y el aroma intenso del café envolvieron a Elena inmediatamente.

El local parecía más un salón literario que una cafetería.

Estanterías repletas de libros.

Espejos antiguos.

Lámparas de latón.

Mesas de mármol desgastadas por miles de conversaciones.

—Aquí venían escritores, filósofos, periodistas… —dijo Marco en voz baja—. Algunos cambiaron la historia sentados en estas mesas.

Elena acarició distraídamente el borde de una taza.

No sabía por qué.

Pero tuvo la sensación de que aquel lugar guardaba más historias de las que contaban los libros.

Marco la observó sonriendo.

—¿Sigues llevando ese cuaderno contigo?

Elena sacó una pequeña libreta de cuero del bolso.

—Siempre.

—¿Recetas nuevas?

Ella negó despacio.

—No solo recetas.

Marco sonrió con curiosidad.

—Nunca cambiarás.

—Eso espero.

Marco se dirigió hacia la máquina de café.

—Ahora sí…

Voy a prepararte el mejor espresso de tu vida.

Elena levantó una ceja.

—Eso es mucho prometer.

—En Trieste no prometemos.

Demostramos.

Mientras Marco preparaba el café, Elena abrió su libreta.

Escribió una única frase.

Las ciudades también tienen aroma. Trieste huele a café, sal y memoria.

Cerró el cuaderno.

Sin saberlo, acababa de escribir la primera nota de un caso que cambiaría su viaje para siempre.