LUZ RASANTE #2
—Necesito que la pared quede en sombra —dijo—. Con este sol no se ve nada.
Correa la miró.
—¿Cuánto falta?
Irene siguió con la vista la línea de sombra que avanzaba despacio por el fondo del barranco.
—Menos de una hora.
Correa miró la pared, luego el cielo, y se sentó en una piedra.
Esperaron.
Cuando la sombra cubrió la roca, Irene sacó la linterna de la mochila. Se agachó donde Álvaro había visto a su padre, apoyó la linterna en el suelo, casi tumbada, pegada a la piedra, y la encendió.
Al principio no vio nada. Movió la linterna un par de centímetros. Luego otro poco.
Y la pared cambió.
Sobre la piedra aparecieron líneas. Finas, poco profundas, tan gastadas que a pleno sol eran invisibles. Trazos cortos, curvas abiertas, el comienzo de algo que no se podía leer entero. A media altura, las líneas se interrumpían de golpe donde la roca se había desprendido hacía mucho tiempo.
Irene contuvo la respiración.
—¿Qué es? —preguntó Correa a su espalda, en voz baja.
—Un grabado. Antiguo. —Tragó saliva—. Y está incompleto. Falta un trozo de pared.
—¿Su padre sabía que estaba aquí?
—Lo estaba leyendo.
Correa no dijo nada. Le hizo una seña al agente para que marcara el punto en el GPS.
Irene fotografió la pared una y otra vez, moviendo la linterna entre foto y foto.
Lo que su padre había venido a leer estaba incompleto. Y aun así, había dicho «Esta vez sí».
Cuando terminó, apagó la linterna.
La pared volvió a quedarse oscura y lisa, como si allí no hubiera habido nunca nada.
Cuando volvió a casa ya era de noche. Nayra la esperaba en la cocina.
—¿Y?
Irene dejó la mochila sobre una silla.
—No hay sendero.
Nayra se quedó quieta.
—¿Nada?
—Nada. Lo buscamos más de una hora. —Sacó el móvil y buscó las fotos—. Pero en la pared sí había algo.
Le enseñó las imágenes una a una: la roca a pleno sol, lisa; la misma roca con la linterna, llena de líneas.
Nayra pasó de una foto a otra dos veces.
—¿Esto ha estado ahí siempre?
—Seguramente desde hace siglos. Solo hay que saber cómo mirarlo.
—Y tu padre sabía.
—Sí.
Nayra miró hacia el pasillo, hacia el cuarto de su hermano.
—¿Se lo vas a contar a Álvaro? Lo del sendero.
Irene tardó en contestar. Recordó lo que había dicho la psiquiatra: contestarle si preguntaba, sin empujarlo.
—Si me pregunta, sí.
Álvaro no preguntó. Ni esa noche ni los días siguientes.
Irene no supo si era porque no quería saberlo o porque, de algún modo, ya lo sabía.
El domingo llevaron a Manuel al mirador. Llevaba dos días pidiendo ver el mar desde arriba antes de que volviera la bruma, y Nayra decidió no esperar más.
Iván se apuntó antes de que ella terminara la pregunta. Apareció en la puerta con un termo y una bolsa de bocadillos.
—Hemos desayunado hace una hora —le dijo Nayra.
—Ya. Pero vamos con tu padre. A saber cuándo volvemos.
Subieron despacio, al paso de Manuel. En los últimos metros empezó a cansarse, y Álvaro le pasó el brazo por la espalda como si fuera casualidad. Su padre se dejó llevar sin protestar.
Arriba hacía viento. Se veía la costa entera, los invernaderos, la carretera vieja y, al fondo, el barranco entrando en la isla como un tajo. Irene lo miró más de la cuenta.
Manuel se sentó en el murete, con la camisa abrochada hasta arriba, y se quedó un rato mirando el mar antes de hablar.
—Aquí os traía yo a los dos.
—Nos traías a la playa, papá.
—También. ¿Cuántos años tenías tú?
—Ocho.
—Ocho —repitió, contento, como quien encuentra algo olvidado en el bolsillo de una chaqueta vieja.
Nayra no dijo nada más. Llevaba quince años recordando aquella playa sin él.
Fue Irene quien rompió el silencio. Sacó el teléfono y los colocó contra la barandilla: Manuel en el centro, Álvaro y Nayra a los lados, Iván pegado a Nayra. Hizo tres fotos. En dos, Nayra salió con los ojos cerrados.
—Ahora tú —le dijo Nayra—. Pon el temporizador.
Irene sujetó el teléfono en el murete con una piedra y echó a correr. Llegó justo antes del disparo, todavía inclinada, con una mano en el hombro de Álvaro, mientras Manuel se reía de algo que acababa de decir Iván.
Esa fue la buena. La que iban a guardar.
Mientras los demás se peleaban por el termo, Nayra se sentó a su lado en el murete.
—Anoche se levantó a las cuatro otra vez. Y yo me quedé en la cama.
—¿Y?
—Y volvió a acostarse él solo. —Miró a su hermano, que escuchaba por tercera vez cómo se poda una buganvilla—. Ha vuelto. Soy yo la que todavía no.
Irene no supo qué contestar, y no hizo falta. Iván llegó con el termo y dos vasos.
—Está malísimo. Pero está caliente.
Irene se rio y bebió.
Aquella noche Irene volvió a sacar la carpeta.
Ya no la extendió. Se sentó en el suelo con la espalda contra la cama y fue colocando las cosas una al lado de otra, despacio, como se coloca material que va a acabar en un informe.
Y por primera vez desde que llegó a la isla, dos piezas encajaron sin que tuviera que forzarlas.
Su padre había empezado por los sueños. Eso estaba escrito. Primero soñó la carretera y la luz, y años después empezó a soñar piedra, curvas abiertas, líneas, cavidades. Y solo entonces se puso a buscar en yacimientos algo que ya había visto dormido. «Parecido. No igual.»
Ella creía haber hecho el camino contrario: primero la piedra, después los sueños.
No era verdad, y lo tenía delante desde hacía días.
A los cuatro años había dibujado seis figuras sin color. Una espiral abierta cortada por una raya. Antes de la piedra. Antes del barranco. Antes de saber que aquel barranco existía.
No habían hecho el mismo camino.
Los dos habían empezado por dentro.
Aquello no explicaba nada. Solo cambiaba la pregunta. Ya no era solo qué le había ocurrido a su padre en aquella carretera, sino por qué los alcanzaba a los dos.
Se quedó un rato mirando las seis hojas y después las guardó en el mismo orden.
Después llamó Bea y estuvieron un rato largo con los plazos, los permisos y a quién había que escribirle para consultar el material antiguo sin publicar. Irene tenía el cuaderno de campo abierto sobre las rodillas y el bolígrafo en la mano, como siempre que hablaba por teléfono.
Cuando colgó, bajó la vista.
En el margen de la hoja había unas cuantas líneas paralelas, desiguales, más juntas en un lado que en otro, y otra línea que las cruzaba entera de lado a lado.
No estaba acabado. No era nada. Un garabato hecho mientras hablaba por teléfono.
Irene iba a pasar la página, pero se detuvo.
Había una línea que cruzaba las demás de lado a lado.
Abrió la carpeta y buscó los dibujos de cuando tenía cuatro años.
Ninguno se parecía a aquello.
Excepto en una cosa .
Cogió la hoja de la espiral y la puso junto al cuaderno.
La línea hacía lo mismo.
Atravesaba la figura.
Irene permaneció unos segundos mirando las dos hojas.
Después cerró la carpeta.
El cuaderno no.
Se lo dijo a Nayra a la mañana siguiente, en la cocina, con Manuel todavía durmiendo.
—Me vuelvo a Las Palmas el jueves.
Nayra dejó la taza.
—¿Te vas?
—Tengo que volver. Llevo más de un mes aquí y no puedo seguir aplazándolo todo. Tengo trabajo, cosas pendientes... y ahora mismo tampoco puedo hacer mucho más en Tenerife.
Nayra asintió despacio.
—Correa seguirá buscando a tu padre.
—Sí. Y Álvaro ha vuelto. Eso también cambia las cosas.
Irene removió el café aunque ya no tenía azúcar que disolver.
—Pero volver a Las Palmas no significa dejarlo.
—¿Qué vas a hacer?
—Empezar por el despacho de mi padre. Esta vez de verdad. Revisarlo todo.
—Ya lo hiciste.
—Busqué dónde había estado. Fechas, viajes, hoteles, billetes... Intentaba averiguar dónde podía haber desaparecido. —Irene negó con la cabeza—. Estaba buscando a mi padre.
Levantó la vista hacia Nayra.
—Ahora voy a buscar qué estaba buscando él.
Nayra permaneció callada unos segundos.
—Álvaro me contó lo del recado.
—Ya.
—Tu padre te dijo que no vinieras.
Irene miró la taza.
—Lo sé.
—¿Y aun así vas a seguir?
—No sé qué quiso decir. Ni siquiera sé dónde estaba cuando se lo dijo. Pero llevo cuatro semanas intentando encontrar a mi padre y cada vez tengo más claro que, para saber qué le pasó, primero tengo que entender qué llevaba años buscando.
Nayra se acercó y le puso una mano en el brazo.
—Entonces vuelve. Trabaja. Pon un poco de orden en tu vida.
Irene sonrió apenas.
—Eso intentaré.
—Y cuando necesites volver, aquí tienes cuarto. Todo el tiempo que quieras.
Irene la miró.
—Cuando llegué a Tenerife solo quería encontrar a mi padre.
Nayra esperó.
—No sabía que iba a encontrar también a alguien a quien echar de menos cuando me fuera.
Nayra bajó la mirada, con los ojos brillantes.
—Vete antes de que cambie de opinión y no te deje salir de esta casa.
Irene se rio y la abrazó.
—Gracias, Nayra.
—¿Por qué?
Irene tardó un segundo en responder.
—Por haberme hecho sentir como parte de tu familia.
El jueves por la mañana, Irene fue sola al puesto.
Correa la hizo pasar a su despacho. Sobre la mesa había una bolsa de plástico grande, precintada, con una etiqueta escrita a mano.
—Son las cosas de su padre —dijo—. Las que ya no necesitamos. Tiene que firmarme aquí.
Le acercó un folio. Irene leyó la lista antes de firmar: una cartera con su documentación, unas gafas y una libreta.
Levantó la vista .
—¿Me la devuelve?
—La hemos fotografiado página por página. La copia se queda en el expediente. El original es suyo. —Correa hizo una pausa—. Yo no he sabido leerla. Usted sí sabrá.
Irene firmó.
Correa cortó el precinto y le acercó la bolsa. Irene no la abrió. A través del plástico vio las gafas, dobladas dentro de su funda, y debajo la libreta, con las esquinas gastadas de tanto llevarla encima.
Su padre no veía nada sin aquellas gafas.
Estuviera donde estuviera, llevaba más de un mes sin ellas.
—¿Y la linterna? —preguntó.
—Esa se queda. Es lo único que demuestra dónde estuvo su padre aquella noche.
—La mochila nunca apareció.
—Ni la mochila ni la cinta métrica que Manuel le vio llevar. —Correa guardó el folio firmado—. Si las llevaba encima, siguen con él.
—Me vuelvo esta tarde a Las Palmas.
—Lo sé. Me lo dijo Nayra.
Correa se levantó y la acompañó hasta la puerta. Antes de abrirla, se detuvo.