El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LUZ RASANTE #3
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LUZ RASANTE #3

—Su padre sigue siendo un caso abierto, Irene. No lo voy a guardar en un cajón.

—Lo sé.

—Y si encuentra algo en ese despacho, lo que sea…

—Se lo mando todo. Sin elegir.

Correa asintió. Por un momento pareció que iba a añadir algo más. Al final solo le tendió la mano.

—Cuídese.

Irene se la estrechó.

—Usted también.

Salió a la calle con la bolsa de su padre contra el pecho.

A mediodía, Nayra reunió a todos para almorzar .

Dijo que no era una despedida, pero preparó comida para el doble de personas y obligó a Manuel a ponerse una camisa limpia. Iván llegó con una tarta que, según él, había comprado porque estaba de oferta. Nadie le creyó. Álvaro apareció el último y dejó dos botellas de vino sobre la mesa.

Durante el almuerzo hablaron de cualquier cosa menos de la marcha de Irene.

Manuel contó una historia de cuando Nayra y Álvaro eran pequeños que ambos aseguraron haber escuchado cien veces.

Iván discutió con él sobre la mejor manera de podar una buganvilla y Álvaro acabó levantándose para buscar otra botella.

Irene los escuchaba y trataba de memorizarlo todo.

La voz de Nayra desde la cocina. La risa de Iván. Manuel protestando porque nadie le permitía servirse más vino. Álvaro recogiendo los platos sin que se lo pidieran.

Aquella casa había sido un lugar prestado durante más de un mes.

Ahora le costaba pensar que, en unas horas, tendría que marcharse de allí.

Cuando terminaron de comer, Nayra dejó un sobre delante de ella.

—Esto es para ti.

Irene lo abrió.

Dentro estaba la fotografía del mirador.

Manuel aparecía en el centro, riéndose con la cabeza vuelta hacia Iván. Nayra y Álvaro estaban a sus lados. Irene había llegado corriendo antes de que saltara el temporizador y aparecía junto a Álvaro, todavía inclinada hacia delante y con una mano apoyada en su hombro.

No era una fotografía perfecta.

Por eso le gustó tanto.

—La imprimí esta mañana —dijo Nayra—. Para que no te olvides de nosotros cuando vuelvas a tu vida de arqueóloga importante.

—No soy importante .

—Eso explícaselo a mi padre. Lleva toda la mañana diciendo que tiene una arqueóloga en la familia.

Manuel levantó la copa y miró a Irene.

—Porque es verdad. Tengo una arqueóloga en la familia.

Irene bajó la mirada hacia la fotografía.

—No voy a olvidarme de ustedes.

—Eso dicen todos los que se van —respondió Manuel.

Lo dijo sonriendo, pero algo en su voz hizo que la mesa quedara en silencio.

Irene levantó la vista.

Manuel la observaba con una lucidez que durante aquellos días aparecía y desaparecía sin avisar.

—Encuentra a tu padre —dijo.

Irene apretó la fotografía entre los dedos.

—Eso voy a intentar.

Álvaro se inclinó hacia ella.

—Si recuerdo algo más, aunque me parezca una tontería, te llamaré.

—A cualquier hora.

—A cualquier hora.

Iván levantó su copa y miró a Irene.

—Solo que vuelvas.

Irene sonrió.

—Volveré.

Nayra alzó su copa. Los demás hicieron lo mismo.

No brindaron por encontrar a Klaus. Tampoco por olvidar lo sucedido ni por recuperar la vida que tenían antes, porque todos sabían que ninguna de aquellas cosas dependía de ellos.

Brindaron porque Irene regresara.

Después recogieron la mesa entre todos. Manuel se quedó dormido en el sillón y Álvaro bajó la maleta al coche de Iván sin que nadie se lo pidiera.

Irene guardó la fotografía del mirador entre las páginas de su cuaderno, para que no se doblara.

Ahora también ella estaba dentro.

A las cinco, Iván arrancó el coche.

Nayra la acompañó hasta la cancela. Desde la puerta, Álvaro levantó una mano.

—Llámame cuando llegues.

—Te llamaré.

Irene la abrazó.

Iván bajó la ventanilla.

—Vamos. Como perdamos el avión, Nayra te vuelve a meter en el cuarto y no sales de aquí.

—No le des ideas.

Nayra se quedó en la cancela hasta que el coche desapareció al final de la calle.

Durante el trayecto hasta Los Rodeos hablaron poco. La tarde empezaba a caer y el sol, ya bajo, alargaba las sombras de los pueblos junto a la autopista.

Iván llevaba las dos manos sobre el volante.

—La casa va a parecer más vacía —dijo.

—Solo será durante un tiempo.

En la terminal, Iván dejó la maleta junto a ella. Durante unos segundos ninguno encontró una forma natural de despedirse. Fue Irene quien se acercó y lo abrazó.

—Cuida de Nayra.

—Lo haré.

—Aunque diga que no lo necesita.

Iván sonrió.

—Sobre todo cuando diga que no lo necesita.

Irene se volvió antes de llegar al control. Iván seguía allí, con una mano levantada.

Ella hizo lo mismo y siguió caminando.

Ya en la sala de embarque, encontró un asiento junto al ventanal. Fuera, el sol de la tarde entraba casi horizontal y alargaba las sombras de los aviones sobre la pista .

Dejó la bolsa con las cosas de su padre en el asiento de al lado.

Dentro estaba la libreta. No la había abierto. Quería hacerlo en casa, en el despacho de su padre, con sus cuadernos delante.

Mientras esperaba, sacó el móvil y empezó a revisar las fotografías que había tomado desde que llegó a Tenerife. La entrada del barranco. Las paredes de la cueva. Manuel sentado frente al mar. Nayra con los ojos cerrados en la primera fotografía del mirador. Álvaro riéndose en la siguiente.

Se detuvo un momento en aquella imagen.

Después salió de la galería y vio que tenía varios correos sin abrir.

Fue eliminando publicidad y avisos sin importancia hasta que encontró el nombre de Bea.

El mensaje había llegado la noche anterior.

Irene lo abrió.

Tenía tres líneas y un enlace. Habían digitalizado por fin el fondo antiguo: el material sin clasificar, las cajas de fotografías que nunca llegaron a publicarse porque nadie supo dónde ponerlas.

«Son unas doscientas. Perdona el desorden. Es el mismo lote que le mandé a tu padre.»

Irene abrió el enlace con el portátil sobre las rodillas.

Empezó a pasar fotografías.

Una. Otra. Otra más.

Grabados, piedras, paredes. Algunas imágenes eran tan antiguas que apenas se distinguía lo que mostraban.

Irene siguió pasando.

Hasta que dejó de hacerlo.

Había algo en una de ellas.

Estaba tomada a última hora de la tarde, con el sol muy bajo y casi paralelo a la pared.

Luz rasante.

La piedra estaba llena de sombras. En el centro había un grupo de líneas grabadas.

Irene amplió la imagen .

No era una espiral.

Pero una línea atravesaba las demás de lado a lado.

Se quedó inmóvil.

Como en la cueva.

Como en el dibujo que había hecho con cuatro años.

Bajó hasta el pie de foto.

Lanzarote, 1974. Col. B. B.

Irene dejó de respirar.

Conocía aquellas dos letras. Las había visto siete veces en los cuadernos de su padre, una por cada viaje a Tenerife.

Y conocía el nombre de la isla. Estaba escrito en el lomo de una carpeta, en la estantería de la derecha del despacho. La de los casos que su padre no había conseguido cerrar.

Volvió al correo de Bea.

Es el mismo lote que le mandé a tu padre.

Irene leyó la frase dos veces.

Klaus había tenido aquella fotografía delante hacía ocho años.

Entonces recordó las palabras de Álvaro.

Dile que no venga.

Hasta ese momento había creído que su padre hablaba del barranco.

Miró de nuevo la fotografía.

Ya no estaba segura.

Por los altavoces anunciaron el embarque de su vuelo a Gran Canaria.

Irene apoyó los dedos sobre la pantalla, justo encima de aquellas líneas.

—Lo siento, papá —susurró .

Apagó el portátil y se levantó.

—Sé que me pediste que no viniera. Pero necesito saber qué buscabas.

Se quedó un momento en silencio.

—Solo así podré encontrarte.

FIN