LUZ RASANTE
Irene no se movió.
Álvaro siguió hablando sin que ella lo interrumpiera.
—Antes de la voz vi otra luz. Abajo, a la izquierda del camino, bastante lejos.
Una luz blanca, de linterna, pero rara. Las linternas se mueven, van de un lado a otro con quien las lleva.
Esa no se movía. Desde donde yo estaba no se veía bien, pero parecía que estuviera en el suelo, apuntando hacia una pared de roca.
Se veía un trozo de piedra iluminado y todo lo demás a oscuras.
Álvaro se frotó los ojos.
—De lejos solo distinguí un bulto agachado junto a la pared. A esa hora, solo, en el barranco… Pensé que alguien se había caído o se había dado un golpe. Así que bajé.
Álvaro se quedó mirando un punto de la pared.
—Cuando llegué vi que era tu padre. Lo conocía.
Alguna vez coincidimos en la cueva de mi padre, y un par de veces bajamos juntos por el camino, hablando de cualquier cosa.
Estaba bien. No se había caído. Tenía la linterna apoyada en el suelo, casi tumbada, pegada a la roca, alumbrando de lado.
Él estaba agachado delante, quieto, mirando la piedra.
Irene se quedó muy quieta.
Lo entendió antes de que Álvaro terminara. Durante un segundo vio a su padre en cuclillas frente a la roca, con la linterna apoyada para que la luz entrara casi paralela a la superficie.
Con luz frontal, una incisión poco profunda puede desaparecer. Con luz rasante, aparece.
Su padre no se había caído. Tampoco buscaba nada en el suelo .
Estaba leyendo una pared.
—Me oyó llegar y se giró —siguió Álvaro—. Me conoció enseguida. Dijo mi nombre, tranquilo. Yo le dije que menuda hora para estar ahí, o algo así, y se rió.
Álvaro tardó en seguir.
—Me dijo que aquella podía ser una noche especial. Que esperaba encontrar algo. No dijo qué.
Irene pensó en los cuadernos de su padre. Seis veces había subido a aquel barranco y cinco veces había vuelto a casa con lo mismo escrito, de una forma u otra: lo que buscaba no había aparecido.
Y aquella noche le había dicho a Álvaro que esperaba encontrar algo.
Irene estuvo a punto de preguntar qué había ocurrido después, pero se contuvo.
—Él volvió a mirar la piedra. Yo me quedé allí un rato, observándolo. No sé cuánto. Estaba tan concentrado que me dio apuro molestarlo. —Álvaro tardó—. Y entonces…
—Y entonces oí la voz de la niña. La misma que te acabo de contar.
Irene levantó la cabeza.
—Ahí es donde aparece el sendero. Eso no te lo había contado.
Se pasó las dos manos por la cara.
—Miré alrededor. A unos metros, detrás de unas piedras, salía un sendero pequeño, de esos que casi no se ven. La voz venía de ahí. No sé si tu padre la oyó. Él seguía mirando la roca.
—Después viene lo que te acabo de contar. La luz, el frío… y luego ese vacío. Pero hay cosas sueltas que no sé colocar.
Abrió la libreta y repasó sus anotaciones.
—No sé cuándo pasó cada cosa ni en qué orden.
Pasó una página.
—Pero hay dos frases que sí recuerdo.
Dejó el dedo sobre una de las anotaciones.
—Una es: «Esta vez sí».
Irene esperó.
—La dijo tu padre. Eso lo recuerdo.
Irene pensó otra vez en los cuadernos. Cinco anotaciones de fracaso en aquel barranco, una detrás de otra.
Y ahora, en algún momento de aquellos veintiún días:
Esta vez sí.
Álvaro pasó una página.
—La otra la escribí hace dos noches, sin saber qué era. Pensé que se me había quedado de la tele o de un sueño. Lo apunté porque me dijeron que anotara todo lo que apareciera y que no le diera vueltas.
Le mostró la libreta.
Cuatro palabras a bolígrafo, grandes y torcidas, ocupaban una hoja casi vacía.
Dile que no venga.
—Esta tarde, fregando, me acordé de a quién había que decírselo —dijo Álvaro—. Y me acordé porque él dijo tu nombre. Por eso lo dije en el hospital. Yo no sabía de dónde lo había sacado.
Irene siguió mirando la hoja mucho después de haber leído las cuatro palabras.
Álvaro negó con la cabeza.
—No me dijo por qué.
Irene dejó que continuara.
—Tampoco me dijo dónde estaba.
Álvaro cerró los ojos y se quedó así unos segundos, con las cejas juntas, empujando.
—Hay otra cosa. Cuando volví… cuando estaba otra vez en el barranco, tu padre ya no estaba.
Irene no se movió.
—Lo llamé. «¡Klaus!». Mi voz sonaba rarísima, demasiado alta. Esperé. Lo llamé otra vez, más fuerte. Nada. Ni un paso, ni una piedra que rodara. Lo llamé no sé cuántas veces.
Tenía las manos apretadas sobre la sábana.
—Y no me asusté. Eso es lo que no me perdono. Todavía me quedaba algo de aquella calma, y la calma me decía que no pasaba nada. Así que dejé de llamarlo. Me di la vuelta y bajé.
Tardó en seguir.
—Y lo dejé allí.
Álvaro cerró la libreta.
—Cuéntaselo a Correa —dijo—. Yo no sé explicarlo. Tú sí.
Irene asintió. Álvaro cerró los ojos y ella se quedó a su lado hasta que Nayra regresó.
Correa la recibió en el puesto a las nueve y cuarto de la mañana siguiente, con la chaqueta puesta y un café de máquina a medias.
Irene se lo contó todo: la linterna en el suelo, su padre agachado frente a la roca, lo que le había dicho, la voz de la niña, el sendero, la luz y que, cuando Álvaro volvió en sí, Klaus ya no estaba. Lo había llamado varias veces sin obtener respuesta.
Correa la escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, dejó el vaso sobre la mesa.
—Vamos por partes. Lo primero ya lo tenemos declarado: su padre estuvo aquella noche con Manuel, junto a la cueva.
—Lo sé.
—Manuel me lo contó hace semanas. También dijo que su padre se internó después en el barranco. Eso ya forma parte de la investigación. —Se inclinó hacia delante—. Lo nuevo es que Álvaro lo vio después, más adentro, junto a una roca. Ahí dependo de su memoria.
—Pero usted le cree.
Correa cogió el café, aunque no bebió.
—Hay un detalle que me interesa. La linterna.
Irene esperó.
—La patrulla encontró la de su padre dentro del barranco durante las primeras batidas. Eso nunca se hizo público, y Álvaro llevaba tres semanas desaparecido. No tenía forma de saber dónde apareció .
Desplegó un plano sobre la mesa y apoyó el dedo en un punto.
Ver imagen · TF-05
—Fue aquí. —Deslizó el dedo apenas unos milímetros—. Y aquí es donde Álvaro dice que vio a su padre.
Irene se inclinó sobre el plano. Los dos puntos casi se tocaban.
—Entonces lo vio allí.
—No puedo afirmar eso. La linterna demuestra que su padre estuvo en esa zona. Álvaro lo sitúa prácticamente en el mismo sitio sin saber dónde apareció. Eso le da peso a su recuerdo. No lo convierte en una prueba.
—Pero coincide.
—Sí —dijo Correa—. Coincide.
—Y la forma de usarla también importa —dijo Irene—.
Una linterna apoyada así, casi tumbada, no sirve para ver el camino.
Sirve para leer una piedra. De lado, la luz hace sombra en cualquier marca, por pequeña que sea, y la marca aparece.
Mi padre no estaba buscando nada en el suelo. Estaba examinando la roca.
Correa la observó unos segundos.
—¿Y Álvaro podía saber eso?
—No tenía por qué.
Correa hizo una anotación.
—Bien. Eso también me interesa.
—¿Y el sendero?
Correa volvió al plano. Recorrió con el dedo la zona alrededor del punto, despacio, una vez y luego otra.
—Aparte del camino principal, aquí no hay ningún otro sendero marcado. Ni en este plano ni en los recorridos de las batidas.
—Álvaro dice que estaba ahí.
—Entonces mañana subimos a verlo. —Dobló el plano—. Si existe, lo encontraremos. Y si no existe, también me dirá algo.
—Quiero ir.
Correa la miró.
—Es una investigación, Irene. No una excursión.
—Mi padre estaba leyendo esa pared. Si hay algo en ella, usted no va a saber verlo. Yo sí.
Correa tardó en contestar.
—Mañana a las cuatro, aquí.
—¿Y la niña?
—De una voz no puedo hacer nada. —Correa se recostó—. En ese barranco, a esa hora, no debería haber nadie, y menos una criatura. No hay ninguna denuncia de aquellos días que encaje ni de lejos. Si me dice que oyó una voz, yo lo escribo. Pero una voz no es una persona, y no puedo salir a buscarla.
Antes de que Irene se levantara, Correa cogió una carpeta fina y la giró hacia ella.
—Ya que está aquí. Han llegado los resultados de la ropa y el calzado de Álvaro.
—¿Y?
—Tierra del barranco. Restos vegetales de la zona. Nada más. Ni un suelo distinto, ni polen que no toque, ni fibras de un vehículo, de una cama o de una casa.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que no puedo demostrar que estuviera en otro sitio.
No que no estuviera. Un análisis no es una coartada.
—Cerró la carpeta—. Y le voy a decir algo que no pienso escribir en ningún papel.
En veintitrés años no he visto a nadie pasar tres semanas en ninguna parte sin dejar nada.
Cuando no aparece nada, lo normal es que esté buscando donde no es.
Irene se quedó mirando la carpeta cerrada.
Veintiún días. Si Álvaro no había salido del barranco, quizá la respuesta no estaba en dónde había estado, sino en qué le había ocurrido allí dentro.
Subieron al día siguiente, a media tarde. Correa, un agente e Irene.
Antes de empezar a bajar, Correa le recordó que no tocara nada sin avisarle.
—Eso me lo enseñaron el primer año de carrera —contestó ella.
Correa estuvo a punto de sonreír.
El camino bajaba entre tabaibas y piedra suelta. El agente iba delante, con el plano. Cuando llegaron al punto donde había aparecido la linterna, Correa se detuvo.
—Aquí.
Irene miró alrededor. Una pared de roca oscura, casi vertical, algo más alta que un hombre. Unas piedras caídas al pie. Nada más.
Buscaron el sendero durante más de una hora. Recorrieron la zona desde la pared hasta el cauce, dos veces, hacia un lado y hacia otro. Detrás de las piedras que había descrito Álvaro no salía ningún otro camino. Solo roca y pendiente.
—No hay nada —dijo el agente.
Correa no contestó. Anotó algo en su libreta y la guardó.
Un sendero que no existía.
Había dos maneras de entenderlo. Irene solo se permitió pensar en una.
Se volvió hacia la pared.
A pleno sol, la roca era una superficie oscura y lisa, sin nada que llamara la atención. Lo mismo que habría visto cualquiera que pasara por allí. Lo mismo que habían visto las patrullas durante las batidas.