LOS DÍAS BUENOS #2
—¿Rubén?
Escuchó. Se puso de pie tan deprisa que la silla cayó hacia atrás.
—¿Cómo que se ha caído? ¿Dónde? —Una pausa—. ¿Qué hacía mi hermano en tu casa?
Irene oyó la voz de Rubén al otro lado, deformada por el miedo.
—Vino él, Nayra. Yo no lo llamé. Abrí la puerta y estaba ahí. Estábamos hablando y se desplomó. Respira, está respondiendo algo, ya viene la ambulancia…
Nayra colgó sin despedirse. Durante un segundo no se movió.
—Se lo he contado yo —dijo—. Hace una hora. Se lo he contado yo.
Irene ya tenía las llaves en la mano.
Llamaron a Iván desde el coche. Llegó a la casa antes de que ellas salieran de la calle, y fue él quien se quedó con Manuel sin preguntar nada.
En urgencias, Rubén estaba de pie junto a la máquina de café, con la camiseta vieja y las zapatillas de estar en casa. Nayra fue directa hacia él.
—¿Qué le dijiste?
—La verdad. Lo que me preguntó.
—Acababa de volver. Acababa de…
—Y tú se lo contaste —dijo Rubén. No lo dijo con maldad. Lo dijo como alguien que ya no puede cargar con nada más—. Yo me equivoqué, Nayra. Lo sé. Pero esto no me lo esperaba.
Nayra abrió la boca y no encontró qué contestar. Se dio la vuelta y fue a sentarse al otro extremo de la sala.
Rubén no se marchó. Se sentó en la última fila de sillas, junto a la puerta, con los codos en las rodillas, y se quedó allí. No volvió a acercarse a ella ni pidió ver a Álvaro. Solo esperó.
Irene miró a Nayra, sentada en una de las sillas de plástico con las manos entre las rodillas, y supo que no iba a hacer falta que nadie la culpara. Ya lo hacía ella.
A Álvaro lo tuvieron en observación toda la noche.
Había recuperado el conocimiento en la ambulancia. Le hicieron un electrocardiograma y análisis, y le tomaron la tensión varias veces, tumbado y de pie. Todo salía bien.
Pasada la medianoche, el médico de guardia salió a hablar con Nayra e Irene. Era un hombre joven, con ojeras, que hablaba despacio para que se le entendiera.
—Todo apunta a un síncope vasovagal. Es la causa más frecuente de desmayo, sobre todo en gente joven y sana.
Ante un disgusto muy fuerte, o una discusión, o mucha tensión acumulada, el cuerpo reacciona de más: el corazón se frena un poco, la tensión baja de golpe y durante unos segundos al cerebro le llega menos sangre.
Antes de caer se nota calor, sudor, mareo, se oye todo lejos y la vista se estrecha. Es justo lo que nos ha contado .
—¿Y es grave? —preguntó Nayra.
—Normalmente no. En cuanto la persona queda tumbada, la sangre vuelve a subir y se recupera.
—Hizo una pausa—. Pero su hermano ha perdido algo de peso, lleva unos días muy intensos y viene con un diagnóstico reciente.
El corazón está bien y los análisis también.
Aun así, prefiero tenerlo aquí esta noche y no darle el alta hasta mañana.
Es por prudencia, no porque haya encontrado nada.
Nayra entró a verlo, le cogió la mano y le pidió perdón. Él le dijo que no tenía nada que perdonarle. Ella no le creyó.
Pasada la una, Nayra salió a llamar a Iván para saber cómo estaba su padre.
Álvaro esperó a que se cerrara la puerta.
—Irene. Quédate un momento.
Ella se sentó en la silla junto a la cama. El box estaba en penumbra. Al otro lado de la cortina alguien tosía, y más allá sonaba de vez en cuando un teléfono que nadie cogía.
—Me está volviendo —dijo él.
Irene no se movió.
—Ya me pasaba antes. Trozos. Pero desde que me desperté en el suelo de Rubén es distinto. Están más juntos. —Miró el techo—. Creo que lo recuerdo. No sé si todo. Y no sé cuánto de lo que recuerdo es verdad. Pero creo que me acuerdo de aquella noche.
Irene tenía la pregunta en la boca. No la hizo. Cualquier palabra suya podía colarse en lo que él estaba a punto de contar.
—Había una voz —siguió Álvaro—. De niña. Eso ya lo sabía. Lo que no sabía es que la seguí mucho rato. Iba detrás de su voz y no me paraba a pensar por qué. Como cuando alguien te llama por tu nombre en la calle y te das la vuelta antes de decidir si quieres darte la vuelta.
Se quedó callado un momento.
—Y luego había una luz. Al principio lejos. Muy pequeña. Pensé que era alguien con una lámpara, o una casa. Luego fue creciendo. No se acercaba, no sé explicarlo. Crecía. Y yo no conseguía saber de dónde salía. Miraba y no sabía si estaba delante, o arriba, o alrededor.
Irene lo escuchaba sin tomar nota de nada.
—Tenía frío —dijo él—. Muchísimo frío. Un frío que en cualquier otro momento me habría tenido temblando. Y no temblaba. Es como si el frío estuviera ahí pero no me hiciera daño.
Levantó las manos de la sábana y las abrió, con las palmas hacia arriba.
—Y aquí tenía calor. No por fuera. Desde dentro. Como si me saliera del centro de las manos.
Irene no se movió, pero de pronto ya no estaba en el box.
Estaba en la cueva de Manuel, el día de la segunda visita, dando un traspié junto a la pared del fondo y apoyando la mano derecha para no caer.
La apoyó muy cerca del grabado, y la punta del dedo índice quedó sobre él.
Recordó la piedra caliente, mucho más de lo que puede estar una piedra en una pared, y al mismo tiempo un frío que no le venía de fuera sino de dentro de su cuerpo.
Y debajo de las dos cosas, una calma tan grande que durante unos segundos se le olvidó dónde estaba.
Nayra solo había visto un tropiezo. Ella misma lo había guardado así durante semanas.
Ahora Álvaro acababa de describirlo con otras palabras, tumbado en una cama de hospital, sin saber nada de aquella pared.
Juntó las manos sobre el regazo y no dijo nada.
—Eso no es lo peor —dijo Álvaro.
Bajó las manos.
—Lo peor es que estaba tranquilo. Sabía que tenía que estar asustado.
Solo, de noche, en el barranco, sin saber dónde, siguiendo algo que no veía.
Sabía que tenía que tener miedo. Y no lo tenía.
Nunca había estado tan tranquilo en mi vida.
—Se pasó la lengua por los labios secos—.
Y el cuerpo no me pesaba igual. No es que flotara, no te digo eso. Es que no me notaba como me noto ahora.
En el pasillo pasó una camilla. Las ruedas chirriaron y se alejaron .
—Había algo más dentro de la luz —dijo él, más despacio.
Irene esperó.
—Formas. Más altas que una persona. No podía verlas bien. Álvaro se quedó callado un momento. Hasta entonces había hablado mirando al techo. Ahora giró la cabeza y la miró a ella.
—Y creo que me hablaban.
Lo dijo en voz más baja, como si le diera vergüenza.
—No sé explicarlo mejor. No era como oír a alguien. Era saber que se dirigían a mí. Que lo que estaba pasando allí dentro era para mí, y que yo tenía que escuchar.
Irene no preguntó qué le decían. Él negó con la cabeza de todos modos.
—No me acuerdo de ni una palabra. Me acuerdo de cómo escuchaba. Con toda la atención del mundo, sin esfuerzo, sin querer que se acabara. Como si fuera lo más importante que me habían dicho nunca y yo lo supiera mientras me lo decían.
Irene sintió que se le quedaba la boca seca.
—Después, nada.
No lo dijo como quien no quiere contar. Lo dijo como quien describe un sitio.
—No oscuro. Nada. Como si alguien hubiera cortado un trozo y hubiera pegado los dos extremos. —Tragó saliva—. Y luego estaba otra vez en el barranco. De noche. Piedra, frío de verdad. Estaba más o menos donde había estado al principio. Conocía la forma de las paredes contra el cielo.
Se detuvo. Irene vio que le temblaba la mandíbula, y entendió que el miedo que no había tenido allí arriba le estaba llegando ahora, en una cama de hospital, con retraso.
—No sé dónde estuve. Eso sigue igual.
Irene esperó.
Álvaro giró la cabeza y la miró.
—Y me acordé de tu padre.