LOS DÍAS BUENOS
Irene esperó a que Nayra bajara a la cocina.
Todavía no había amanecido. La casa seguía en silencio y en el cristal de la ventana solo se veía el reflejo de la bombilla.
Le contó lo del patio en voz baja, sin adornos: lo que Álvaro había dicho, cómo lo había dicho mirando al cielo y que después no supo por qué lo había dicho.
Nayra dejó la cafetera en la encimera sin llegar a encenderla.
—Esa frase la leyó Correa delante de mí. En el puesto.
—Lo sé.
—¿Qué vas a hacer?
—Contárselo a Correa.
Nayra encendió el fuego y tardó en darse la vuelta.
—Gracias por decírmelo a mí primero.
—Te lo prometí.
Oyeron la cisterna en el piso de arriba y dejaron la conversación ahí. No volvieron a sacarla delante de él.
Los días siguientes se parecieron a una convalecencia.
Álvaro dormía diez u once horas y comía con hambre.
La casa volvió a llenarse de ruidos normales: la radio en la cocina, una discusión absurda entre Manuel y Álvaro por una persiana que se atascaba.
Una tarde sacó una silla al patio y le cortó el pelo a Manuel con la misma maquinilla con la que Manuel lo pelaba a él de niño.
—Y me dejabas trasquilones —le dijo.
—Porque no parabas quieto.
Manuel ya repetía preguntas y perdía palabras a mitad de frase. Pero no contaba el tiempo que le quedaba. Lo gastaba con sus hijos, después de quince años sin ellos, sentado al sol con una toalla en los hombros y los ojos cerrados.
Una mañana Álvaro bajó a desayunar pasadas las nueve, con la frente húmeda y la cara de alguien que se ha despertado mal. Se sentó y estuvo un rato mirándose las palmas de las manos, como si esperara encontrar algo en ellas. Cuando Nayra le preguntó, dijo que había dormido mal.
A la madrugada siguiente, al levantarse a beber agua, Nayra lo encontró en el salón, de pie junto a la ventana, inmóvil. Tenía la mirada fija en el monte, hacia el barranco, y no parpadeaba. No parecía estar mirando algo. Parecía estar esperando algo.
—Álvaro.
No contestó.
Nayra pensó en tocarle el brazo y no lo hizo.
Había leído en algún sitio que a un sonámbulo no hay que despertarlo, aunque tampoco sabía si aquello era eso.
Se sentó en el sofá, a oscuras, y se quedó mirándolo.
Pasó un rato largo. Luego él se apartó de la ventana y cruzó el salón hacia su cuarto. Pasó a un metro de ella sin verla.
Nayra no volvió a acostarse y así pasaban los días.
Álvaro había empezado a apuntar cosas.
En la consulta le habían dicho que si algo aparecía solo, lo escribiera tal como viniera, sin intentar completarlo. Compró una libreta pequeña de tapas negras y la dejó en la mesilla.
Las primeras noches no escribió frases. Escribió palabras.
Piedra.
Oscuro.
Frío.
Andar.
Y después, con la letra más apretada: Una voz.
No eran recuerdos. Aparecían al despertarse o justo antes de dormirse y se deshacían en cuanto intentaba mirarlos de frente. No sabía si eran de la noche en que subió, de lo que vino después o del camino de vuelta.
La voz era lo que más volvía. No las palabras: la voz. Venía de delante, no muy lejos, fina y aguda, y él había ido detrás de ella. De eso estaba casi seguro. Y, sin saber por qué, cada vez que la recordaba pensaba en una niña.
Esa idea le trajo otra que nunca había olvidado. Solo la había guardado.
Una tarde de primavera, bajando con Klaus por uno de los senderos de arriba, el alemán se paró a beber junto a un muro de piedra seca y le preguntó, sin preámbulo, si conocía las historias del Barranco de Badajoz.
—¿Qué historias?
—Las que cuenta la gente. La de la niña de las peras. La de los obreros del agua, los que abrían las galerías.
Álvaro se rio. Claro que las conocía. Las había oído de pequeño, contadas por gente mayor como si les hubieran pasado a ellos o al primo de alguien.
—Son cuentos —le dijo—. Cosas que se repiten tanto que al final parecen verdad.
Klaus no le discutió. Guardó la botella en la mochila y miró barranco abajo.
—Puede ser. Pero que no quieras ver algo no significa que no esté ahí.
Lo dijo como quien comenta que va a llover. Después le preguntó por el trabajo y siguieron bajando.
Ahora, tumbado a oscuras con la libreta sobre el pecho, Álvaro recordaba la conversación entera y no le hacía ninguna gracia.
No creía en la niña de las peras. Seguía sin creer.
Pero había seguido una voz sin saber de quién era, y lo que Klaus le dijo aquella tarde ahora empezaba a verlo de otra manera.
Una noche escribió cuatro palabras que no recordaba haber pensado. Las miró un rato largo, sin entenderlas, cerró la libreta y apagó la luz.
Correa llamó una tarde a Nayra, le pidió que Irene estuviera presente y pusiera el manos libres.
Antes de entrar en los veintiún días, le contó algo más. En la última declaración, Álvaro había reconocido la llave encontrada bajo la alfombrilla del coche. Era de su taquilla del trabajo.
—Hemos terminado la primera vuelta a esos veintiún días.
Cámaras, transporte, centros sanitarios, alojamientos, la tarjeta.
Nada. Ni de Álvaro ni de su padre, Irene.
—Hizo una pausa—. Y he comparado la noche en que desaparecieron con las de los intentos anteriores de Klaus.
Tiempo, viento, avisos, incidencias. Una noche normal.
Su padre marcó con casi dos meses de antelación una noche en la que, por lo que yo puedo medir, no pasaba nada.
Irene miró a Nayra y le contó a Correa lo del patio.
Correa la escuchó entera.
—Que no salga de aquí. No voy a preguntarle por esto: si recuerda algo, tiene que llegarle solo. Una frase no es un lugar ni una fecha. Pero ahora sé que existe. Cuando aparezca lo siguiente, no empiezo de cero.
Aquella noche Irene se repitió la explicación tranquila: Álvaro había recorrido senderos con Klaus y pudo oírle la frase cualquier tarde, igual que su nombre. Encajaba. Como encajaba cada cosa por separado.
Cada pieza admitía una explicación normal. Ninguna la admitía junto a las demás.
Y su padre seguía sin aparecer.
Nayra había esperado a que su hermano estuviera mejor.
Le contó una noche, en la cocina, con Manuel ya acostado. Irene hizo ademán de levantarse y Nayra le pidió con la mano que se quedara. Tenía miedo de no llegar al final si se quedaba a solas con él.
Se lo contó todo. Que Rubén le había pedido verse aquella noche.
El apartadero. La discusión por el dinero.
El teléfono caído entre los matorrales, la llamada de ella en la pantalla, y Rubén escondiéndolo.
Casi dos semanas diciéndole a todo el mundo, también a la Guardia Civil, que aquella noche no había pasado nada que importara.
Álvaro no la interrumpió.
—¿Cuántos días? —preguntó al final.
—Casi dos semanas.
—¿Y tú me estabas llamando?
—Todos los días.
Álvaro asintió despacio. No levantó la voz. Se levantó, llevó el plato al fregadero y abrió el grifo. Lo cerró sin haber lavado nada.
—Vale —dijo.
Solo eso. Nayra habría preferido que rompiera algo.
Media hora después bajó con la chaqueta puesta.
—Voy a dar una vuelta.
—Te acompaño.
—No. —Lo dijo sin brusquedad—. Necesito estar un rato solo, Nayra. Media hora. Tengo el móvil.
Ella buscó a Irene con la mirada. Irene no dijo nada; no le correspondía. Al final Nayra asintió.
—Media hora.
Álvaro cerró la cancela con cuidado para no despertar a su padre.
No fue a dar una vuelta.
Rubén tardó en abrir. Llevaba una camiseta vieja y el mando de la tele en la mano.
Se quedó mirándolo sin decir nada. Después se le descompuso la cara.
—Álvaro. Joder. Álvaro.
Dio un paso hacia él, con los brazos a medio levantar, y se detuvo a tiempo. Tenía los ojos húmedos. Era verdad: se alegraba. Eso fue lo peor.
—Me enteré de que habías vuelto. No sabía si llamarte. No sabía si querías…
—¿Por qué lo escondiste ?
Rubén bajó los brazos.
—Pasa. Por favor. Hablamos dentro.
Álvaro entró hasta el recibidor y no dio un paso más.
—¿Por qué escondiste mi teléfono?
—Porque me entró miedo. Se te cayó cuando te fuiste, lo cogí para dártelo y vi que llamaba Nayra. Y pensé que si contestaba tendría que explicar qué hacía yo allí contigo a esas horas, por lo del dinero, y…
—Y no contestaste.
—No.
—Y lo tiraste en los matorrales.
—Lo dejé allí. No sé por qué. No pensé.
—¿Y al día siguiente? —Álvaro oía su propia voz, tranquila, y no la reconocía—. Al día siguiente ya sabías que no había vuelto. Nayra te llamó. La Guardia Civil te preguntó. Y tú dijiste que no había pasado nada.
—Porque no había pasado nada. Discutimos y te fuiste. Eso es todo lo que sé.
—Sabías dónde estaba mi teléfono. Sabías que había subido. Sabías que la última llamada era de ella.
Rubén se pasó la mano por la cara.
—Cada día pensaba que iba a decirlo al día siguiente. Y al día siguiente era peor, porque ya había mentido una vez más. Tenía miedo de que pensaran que te había hecho algo. Tenía miedo de que ella…
—Mi hermana pensó que yo estaba muerto.
Rubén no contestó.
—Dos semanas. Llamándome todos los días. Y tú lo sabías.
—¡Pensé que ibas a volver!
Lo gritó, y enseguida pareció arrepentirse del grito, no de la frase.
—Pensé que ibas a volver —repitió, más bajo—. Que te habías ido a algún sitio a despejarte, que aparecerías al día siguiente y nos reiríamos de esto.
Álvaro lo miró .
Había vuelto. Veintiún días después. Y no sabía de dónde.
Notó el calor primero. Le subió por el cuello y se le instaló en la cara, y enseguida empezó a sudar, un sudor frío que le pegaba la camiseta a la espalda.
Rubén seguía hablando. Decía algo del dinero, de aquella noche, de que lo sentía.
Su voz se fue alejando, como si Rubén hubiera dado varios pasos hacia atrás sin moverse del sitio.
—¿Álvaro?
Los bordes de todo se oscurecieron. El recibidor se quedó reducido a un círculo cada vez más pequeño, y en el centro del círculo estaba la cara de Rubén.
—Estás blanco. ¿Estás bien?
Álvaro buscó el marco de la puerta con la mano. Quiso decir que sí, que no pasaba nada, que se iba.
No llegó a decirlo.
El teléfono de Nayra sonó cuando llevaba cuarenta minutos mirando el reloj.
Irene vio cómo le cambiaba la cara al ver el nombre.