LO QUE TRAJO DE VUELTA #2
—Puede —dijo Correa—. Pero ahora mismo no lo recuerda. Y no podemos obligarlo a recordar.
Irene asintió.
Era lo peor de tenerlo tan cerca.
Álvaro estuvo en el barranco la misma noche que Klaus.
Había regresado veintiún días después.
Su padre, no.
Pero todo lo que Irene necesitaba saber estaba dentro de la cabeza de Álvaro, a unos metros de ella, en un sitio al que ni él mismo podía llegar.
Cuando llegaron a Güímar, Manuel ya estaba en la puerta, con Iván a su lado. Dentro, en la cocina, algo llevaba horas al fuego.
Álvaro se quedó mirando a Iván.
—¿Y esa cara?
Iván dejó de sujetar a Manuel y se acercó. Lo abrazó con tanta fuerza que Álvaro tardó un instante en reaccionar.
—Eh —dijo Álvaro, desconcertado—. Que estoy bien.
Iván cerró los ojos un segundo antes de soltarlo.
—Ya lo sé.
Iván buscó a Nayra con la mirada.
Irene entendió lo que Iván acababa de descubrir: para Álvaro no había pasado ni un día.
Álvaro se duchó veinte minutos largos. Salió con el pelo mojado y una camiseta suya que ahora le venía holgada por los hombros, se sentó a la mesa de la cocina y se comió un plato de potaje y medio de otro. Nadie hizo ningún comentario sobre la segunda ración.
Manuel le preguntó dos veces si había cenado. Las dos veces Álvaro le contestó que sí, sin corregirlo.
Fue una hora rara y buena. Iván contó que el perro del vecino se había vuelto a escapar, Manuel se durmió en el sillón con la televisión puesta y, durante un rato, aquello se pareció más a una noche cualquiera.
Iván cogió su chaqueta a las diez.
—Mañana me paso.
Nayra no le dijo que no hacía falta.
—Vale.
Iván sostuvo su mirada. Álvaro estaba sentado entre los dos, con el teléfono delante, sin tocarlo.
—Intenta descansar —dijo él.
—Tú también.
Iván asintió y se marchó.
Cuando Iván se fue, Álvaro señaló el teléfono.
—¿Puedo verlo?
Nayra dudó.
—La doctora dijo que fueras poco a poco.
—Solo quiero encenderlo.
Nayra acercó el cargador y lo dejó sobre la mesa.
—Vale. Pero si te agobias, lo dejas.
Álvaro asintió.
El teléfono tardó un par de minutos en encender.
Lo cogió con las dos manos.
La pantalla se iluminó con la fecha.
Se quedó quieto.
Se lo habían dicho en la puerta de casa, en la ambulancia, en urgencias y en aquel despacho del hospital.
Pero era la primera vez que lo veía por sí mismo.
Veintiún días.
Después empezaron a entrar las notificaciones.
El teléfono vibró una vez. Después otra. Y otra.
Llamadas perdidas. Mensajes. Correos.
Nayra dio un paso hacia él.
—Álvaro, no tienes que mirar eso ahora.
Él no respondió.
Deslizó el dedo por la pantalla sin abrir ninguno.
—Hay mensajes de todos los días.
—Sí.
—¿De todos?
Nayra tardó un instante.
—De todos.
Álvaro siguió mirando la pantalla.
—Me buscaste.
—Todos los días.
Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
No preguntó nada más. Por primera vez desde que había vuelto, Irene vio en su rostro algo distinto. Hasta ese momento Álvaro había escuchado a los demás hablar de aquellos veintiún días. Ahora empezaba a comprender que realmente los había perdido.
Nayra se acercó y le puso una mano en la nuca. Álvaro no se apartó. Permanecieron así, en silencio.
Irene los observó desde el umbral.
Se alegró por ellos. De verdad.
Nayra había recuperado a su hermano.
Ella llevaba veintidós días esperando que su padre también regresara.
Apartó la mirada y salió al patio. Necesitaba estar sola un momento.
La noche estaba limpia. Había bajado la bruma y desde el muro se veían las luces de la costa una a una, y más allá el negro del mar. Irene se sentó en el poyo de piedra y respiró hondo dos veces.
La puerta corredera se abrió detrás de ella.
Álvaro salió con una infusión en la mano.
—¿Molesto?
—No .
Se quedó de pie, apoyado en el marco.
—Perdona lo de anoche.
—No tienes que pedirme perdón por nada.
—Desde el hospital no paro de darle vueltas. —Torció la boca—. Y me han dicho que precisamente eso es lo que no debo hacer.
Irene sonrió un poco.
—Mi hermana me ha contado que tu padre lleva desaparecido lo mismo que yo.
—Sí.
—Lo siento.
Irene tenía la pregunta entera formada en la boca. Cabía en cuatro palabras, él estaba a un metro, cansado y con ganas de hablar, y no había nadie más en el patio.
Sabía perfectamente cómo se contamina una muestra.
Cerró la boca.
—¿Cómo te sientes? —preguntó en cambio.
Álvaro tardó en responder.
Irene esperó.
Bajó la mirada hacia la taza.
—Me dicen que he estado desaparecido tres semanas. Que nadie sabía dónde estaba. Que me estuvieron buscando… —tragó saliva—. Y yo debería estar muerto de miedo.
Levantó los ojos hacia Irene.
—Pero cuando intento pensar en esos días no siento nada.
Hizo una pausa.
—Es como si no me hubieran pasado a mí.
De todo lo que Irene había oído aquel día, aquello fue lo que más la inquietó.
Álvaro levantó la cabeza. Sobre el lomo del monte había una luna baja y el cielo estaba despejado de un extremo a otro.
Se quedó mirándolo unos segundos.
—No hay otra hasta dentro de mucho —dijo.
Lo dijo con el mismo tono con que había pedido el segundo plato de potaje.
Irene se levantó despacio.
—¿Otra qué?
Álvaro seguía con la cara vuelta hacia arriba. Bajó la vista poco a poco: primero al muro, después a sus propias manos. Cuando la miró tenía otra vez la expresión de la puerta y la del hospital.
—No sé. —Se pasó la mano por la nuca—. No sé por qué he dicho eso.
Nayra lo llamó desde dentro. Álvaro dejó la taza en el poyo, entró y la puerta corredera se cerró detrás de él.
Irene se quedó de pie en el patio, junto a la taza que él había dejado en el poyo.
Ella conocía esa frase.
La había leído cuatro días antes, en el despacho de su padre, en el cuaderno veintitrés. Estaba escrita a mano justo debajo de la fecha de la noche en que Klaus desapareció, la fecha que él había subrayado dos veces.
Su padre la había escrito casi dos meses antes de subir al barranco.
Y Álvaro acababa de decirla en voz alta.