LO QUE TRAJO DE VUELTA
Poco antes de la una y media, Manuel empezó a preguntar cuándo podían volver a casa. Apenas conseguía mantener los ojos abiertos.
Nayra sacó el teléfono.
Le había dicho a Iván que no fuera.
Terminó llamándolo.
Iván no preguntó nada. Solo dijo «voy para allá» y quiso saber en qué puerta del hospital estaban.
A las dos de la madrugada, Iván se llevó a Manuel a casa. Costó convencerlo.
Repetía que él se quedaba, que ya había perdido demasiado tiempo, y solo se levantó del sillón cuando Nayra le dijo que su hijo estaba dormido y que por la mañana volverían todos juntos.
Iván lo cogió del brazo al salir, con cuidado, como quien solo lo acompaña.
Irene se dio cuenta de que, en realidad, cargaba con buena parte de su peso sin que Manuel lo notara.
Álvaro durmió el resto de la noche de un tirón.
Nayra no pegó ojo. Irene se quedó con ella en la sala de espera de Urgencias. Podía haberse ido a casa a descansar, pero no la iba a dejar sola.
Nayra pasó la noche sentada frente a las puertas, como si tuviera miedo de que su hermano volviera a desaparecer en cuanto dejara de mirarlas. A las cuatro de la mañana seguían allí las dos, con dos cafés de máquina que se habían quedado fríos.
A las ocho y media les dejaron entrar diez minutos. Álvaro estaba incorporado en la cama, ya sin vía, con el pelo aplastado por el lado izquierdo .
Preguntó dos cosas: por su teléfono y por la hora del alta. En ese orden.
—El teléfono lo tiene la Guardia Civil —dijo Nayra.
—¿Por qué?
—Luego te lo cuento.
Álvaro no insistió. Miró a Irene durante un instante. Parecía querer recordar de dónde la conocía, pero enseguida apartó la mirada.
Los diez minutos pasaron rápido. Una enfermera entró para avisarles de que tenían que salir y Nayra se despidió de su hermano diciéndole que esperaría fuera.
Poco después de las diez, una psiquiatra entró a ver a Álvaro. Pasó casi una hora con él.
A las once y cuarto se abrió la puerta de la sala de espera y una auxiliar se asomó con una carpeta en la mano.
—¿Familiares de Álvaro Rodríguez?
Nayra se levantó antes de que terminara la pregunta y miró a Irene.
—Ven conmigo.
La auxiliar las acompañó hasta un despacho pequeño junto a Observación, con dos sillas y una ventana que daba al aparcamiento. La psiquiatra las esperaba dentro.
Era una mujer de unos cincuenta años que hablaba despacio y no daba la impresión de tener prisa, aunque la tuviera.
—Lo que cuenta su hermano es compatible con una amnesia disociativa con fuga disociativa.
Nayra la miró.
—No sé qué es eso.
—Se lo explico. En una amnesia disociativa no hay una lesión que justifique la pérdida de memoria.
No hay un golpe, no hay un tóxico, no hay nada en las pruebas.
Los recuerdos están. Lo que no encuentra es la manera de llegar hasta ellos.
La fuga disociativa es la parte en que se mueve.
La persona no solo pierde la memoria: se desplaza.
Se va de su casa, se aleja de su entorno, a veces mucho.
Hay casos de gente que aparece a cientos de kilómetros sin saber cómo llegó.
Y hay casos, menos frecuentes, en los que además pasa un tiempo viviendo en otro sitio y con otro nombre.
Busca trabajo. Alquila una habitación. Habla todos los días con otras personas con total normalidad. Y quienes la rodean no notan nada raro.
Nayra levantó la vista.
—Por eso no parece que haya pasado tres semanas en el monte. Ni siquiera tiene barba.
—Puede ser. En una fuga la gente come, se asea, se afeita, compra lo que necesita. Por eso nadie se fija en ellos. —La psiquiatra hizo una pausa—. Si estuvo en algún sitio con techo, agua y comida, no tendría por qué parecerlo. Pero eso es justo lo que no sabemos: dónde estuvo.
Nayra tardó unos segundos.
—¿Eso es lo que hizo Álvaro?
—No lo sé.
—Usted acaba de decir que…
—He dicho que es compatible. Es lo que encaja con lo que él cuenta y con todo lo que hemos descartado.
—Se inclinó un poco hacia delante—. Y ahora le voy a decir lo más importante de esta conversación, porque no quiero que salga de aquí con una idea equivocada.
Esto explica por qué no se acuerda. No dice dónde estuvo.
—¿No es lo mismo?
—No es lo mismo. Podemos explicar por qué no recuerda esos veintiún días. Lo que no podemos saber es qué ocurrió durante ellos.
Nayra se quedó mirando la carpeta cerrada sobre las rodillas de la doctora.
—¿Va a acordarse?
—Puede. Pueden volverle trozos sueltos, puede volver casi todo y puede quedarse así. No le voy a dar un porcentaje porque no lo tengo. En bastantes casos la memoria regresa sola, a veces de golpe y a veces en pedazos, sin orden .
—¿Y nosotros qué hacemos?
—Poca cosa, y eso es lo difícil. No le hagan preguntas.
No le sugieran respuestas. No le enseñen fotografías a ver qué cara pone.
No le repitan cada día la versión de lo que ustedes creen que pasó.
Y con el teléfono, poco a poco: ahí va a encontrarse de golpe con esas tres semanas, y conviene que no sea todo el mismo día.
—Se detuvo un momento—. Un recuerdo que aparece solo suele ser un recuerdo.
Uno que aparece porque alguien insiste puede ser cualquier cosa: una imagen que le han contado, algo que ha visto en la televisión, un miedo suyo.
Y cuando lo da por bueno, ya no hay forma de separarlo del resto.
—¿Y si pregunta él?
—Contéstenle. Con lo que sepan y sin adornos. Una cosa es informarlo y otra empujarlo.
Irene había escuchado toda la conversación en silencio, con las manos juntas sobre el bolso. No era de la familia y lo sabía. Pero había algo que no podía dejar pasar.
—¿Puedo preguntarle una cosa? —dijo—. Sé que no me corresponde.
La psiquiatra miró a Nayra. Nayra asintió.
—Adelante.
—Anoche, en el hospital, Álvaro dijo mi nombre.
—Me lo ha contado él esta mañana.
—Yo no lo conozco. No habíamos hablado nunca, ni siquiera por teléfono.
La psiquiatra la observó un momento.
—¿Y alguien de su entorno?
—A su hermana la conocí después de que él desapareciera. —Irene se obligó a decir el resto, porque era verdad y porque callarlo habría sido escoger la respuesta que le convenía—. Mi padre sí lo conocía. Subían al mismo barranco, se cruzaban, hablaban.
—Entonces pudo oírlo ahí.
—Pudo.
—Se lo digo porque es lo primero que hay que descartar y casi nunca se descarta.
Un nombre suelto no dice de dónde viene.
Pudo oírlo hace un año en una conversación a la que no estaba prestando atención.
Pudo oírlo en algún momento del periodo al que ahora no llega.
La memoria guarda cosas que uno no sabe que ha guardado y a veces devuelve una sola, sin el resto.
—Se levantó—. Cualquier cosa más concreta que le dijera me la estaría inventando.
Las dos le dieron las gracias y salieron al pasillo con dos posibilidades y sin manera de elegir entre ellas.
Para Irene, una era sencilla. Su padre había hablado de ella alguna vez allí arriba, de pasada, con un hombre al que apenas conocía.
Álvaro había oído su nombre y lo había olvidado, como se olvidan tantas cosas que se oyen sin darles importancia.
Y ahora ese nombre le había vuelto a la cabeza de golpe, sin que él recordara dónde lo había escuchado ni quién se lo había dicho.
Esa posibilidad no escondía nada extraño y lo explicaba todo sin dejar cabos sueltos.
La otra era que Álvaro hubiera oído su nombre durante aquellos veintiún días. Que su padre hubiera estado con él. Que hubiera seguido vivo después de aquella noche, hablándole de ella en algún sitio que Álvaro ahora no podía recordar.
Irene se paró ahí. No por prudencia, sino porque se dio cuenta de que era la posibilidad que quería que fuese verdad. Y su trabajo le había enseñado que desear una explicación es la forma más rápida de equivocarse.
No la dijo en voz alta.
Le dieron el alta a media tarde, con una cita en consulta externa, un informe de dos folios y la indicación de que no estuviera solo los primeros días.
Correa esperaba en el pasillo con una bolsa transparente en la mano. Dentro estaba el teléfono de Álvaro.
—Ya está analizado —dijo—. No hemos encontrado nada relevante, así que se lo devolvemos.
Le entregó la bolsa a Álvaro.
—La ropa y el calzado nos los quedaremos unos días más. Todavía tenemos que analizarlos.
Álvaro miraba la bolsa.
—¿Dónde me lo dejé?
—En el apartadero, entre los matorrales.
—¿Y cómo llegó ahí?
—Lo hablamos en casa —dijo Nayra.
Correa no añadió nada. Guardó el silencio con la naturalidad de quien lleva veintitrés años decidiendo qué se cuenta y cuándo.
—Dentro de unos días tendrá que pasar por el puesto a declarar —le dijo a Álvaro—. Sin prisa, cuando los médicos den el visto bueno. Hoy no.
Nayra se llevó a su hermano hacia el ascensor. Correa se quedó un momento con Irene.
—Esto no se cierra —dijo—. Álvaro ha vuelto, pero su padre sigue sin aparecer. Y ahora, además, tengo veintiún días que nadie sabe explicar.
—¿Y cómo se investiga algo que ni él mismo recuerda?
—Como siempre: por lo aburrido. Hasta ayer buscábamos a un hombre.
Ahora buscamos por dónde pasó. —Correa sacó la libreta—.
Un hombre no pasa veintiún días sin existir.
Comió, bebió, durmió en algún sitio. Cámaras de gasolineras y de comercios, cámaras de tráfico, las guaguas, los taxis, urgencias de los centros de salud, pensiones, albergues, movimientos de la tarjeta.
Y la gente. Alguien lo vio caminando por una carretera.
Alguien le dio de comer. Alguien le dio los buenos días y no le pareció importante.
—¿Y si no aparece nada?
Correa se guardó la libreta en el bolsillo interior.
—Entonces tendré un problema bastante mayor que el de ayer.
—Álvaro estuvo allí la misma noche que mi padre —dijo Irene.
—Lo sé. Y ahora tenemos que averiguar si eso significa algo o si solo es una coincidencia.
Irene miró hacia el ascensor. Nayra sujetaba la puerta con el hombro y Álvaro esperaba dentro, con el informe doblado en la mano.
—Él puede saber qué le pasó a mi padre.