VEINTIÚN DÍAS
Nayra no gritó.
Se quedó en el umbral con la mano en la boca y los ojos abiertos, y fue Álvaro quien habló primero.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?
Lo preguntó desconcertado, sin entender qué le pasaba a su hermana. Como quien llega un poco tarde a cenar y no sabe por qué lo reciben así.
Irene sintió que se le erizaba la nuca.
Nayra le cogió la cara con las dos manos. Se la giró hacia la luz. Le bajó las manos por los hombros, por los brazos, le apretó el pecho como si buscara una costilla rota, le levantó la manga y encontró el rasguño del antebrazo derecho, una línea seca, sin sangre, de las que deja una rama.
—Estoy bien —dijo él—. Nayra. Estoy bien.
Ella seguía tocándolo. Le miró el pantalón, los zapatos, el polvo pálido pegado a la costura.
Le pasó el pulgar por la mejilla y se detuvo.
Barba de un día. Dos, como mucho.
—¿Dónde has estado?
—Con Rubén.
—Álvaro. —Le sostuvo otra vez la cara—. Llevas veintiún días desaparecido.
Él sonrió a medias, esperando el resto de la broma.
—Pero si me fui hace un rato —dijo.
—Veintiún días.
—Nayra. Salí sobre las once. Me entretuve con Rubén y se me hizo tarde, pero habrán pasado unas horas como mucho .
Irene estaba a un paso de Nayra. Desde allí veía la cara de Álvaro y no encontraba en ella lo que debería haber: ni miedo, ni cansancio, ni nada que delatara tres semanas fuera. Solo un hombre esperando que le explicaran un chiste.
Manuel apareció medio dormido en el pasillo apoyado en la pared. Llevaba la ropa de dormir y la camisa mal abrochada, un ojal desplazado, y se había parado a mitad de camino porque las voces lo despertaron.
Miró a su hijo.
Tardó un segundo largo en creérselo. Se agarró al marco de la puerta y abrió la boca, pero no le salió nada.
Después dijo su nombre. Con la voz rota, como se dice un nombre que se ha repetido a solas muchas noches, sentado a oscuras en el salón.
—Álvaro.
Álvaro se quedó quieto.
—¿Papá? —Miró a Nayra y después otra vez a él—. ¿Qué haces tú aquí?
Nadie le contestó.
Irene comprendió lo que estaba viendo. Para Álvaro, unas horas antes su padre vivía escondido en una cueva del barranco y su hermana no sabía nada. Ahora estaba en el pasillo de su casa, descalzo y en ropa de dormir, como alguien que llevaba tiempo viviendo allí.
Por primera vez, la sonrisa se le borró de la cara.
Miró a su padre. Después a Nayra. Después otra vez a su padre, como si alguno de los dos fuera a decirle que era una broma.
—Nayra… ¿cuánto tiempo dices que ha pasado?
Esta vez lo preguntó en voz baja.
—Veintiún días.
Álvaro no contestó. Se llevó una mano a la frente y se quedó así, sin moverse.
—No puede ser —dijo al fin—. Hace solo un rato que me fui. Solo un rato.
Nadie le llevó la contraria. Nadie le dio la razón.
Manuel quiso andar hacia él y las piernas no le respondieron. Álvaro cruzó el salón en tres pasos. Su padre se venció de lado y él lo cogió antes de que llegara al suelo, lo sostuvo por debajo de los brazos y lo abrazó allí mismo, de pie, en mitad del pasillo.
—Álvaro… —consiguió decir Manuel—. Has vuelto.
Manuel lloraba sin ruido, con la frente contra el hombro de su hijo.
Álvaro no.
Irene se acercó y ayudó a Manuel a sentarse en una silla. Álvaro lo soltó despacio y se quedó de pie en mitad del pasillo, quieto.
Miraba a su alrededor como si viera la casa por primera vez. El sofá. La televisión apagada. Las zapatillas de su padre junto a la puerta del cuarto. Todo estaba en su sitio, y nada encajaba.
Intentaba entenderlo. Irene lo vio en su cara: estaba repasando la noche, paso a paso, buscando el momento en que se le habían escapado tres semanas. Y no lo encontraba.
—Veintiún días —repitió, casi sin voz.
No era una pregunta. Era alguien intentando que las palabras tuvieran sentido.
—Álvaro, mírame.
Nayra le cogió la cara con las dos manos. Él la miró, pero tardó en contestar, como si la voz de su hermana le llegara desde lejos.
—Nayra —dijo Irene en voz baja—. Llama.
Nayra tardó en entenderla. Después sacó el teléfono. Le temblaban tanto los dedos que tuvo que marcar dos veces.
—Mi hermano —dijo en cuanto contestaron—. Ha aparecido. Llevaba tres semanas desaparecido y está aquí, en casa. Está como ido. Dice que se fue hace un rato… —Se le quebró la voz—. No sé qué le pasa.
Irene no apartó los ojos de Álvaro .
Seguía en mitad del pasillo, muy quieto, intentando entender lo que no tenía explicación.
Los sanitarios llegaron en veinte minutos y el sargento Correa poco después, con un agente.
Sentaron a Álvaro en una silla del salón, bajo la lámpara. Tensión. Temperatura. Un pinchazo en el dedo para la glucosa. Una linterna pequeña en cada pupila. Le limpiaron el antebrazo y lo cubrieron con un apósito que no hacía falta.
—¿Cómo se llama?
—Álvaro Rodríguez.
—¿Dónde estamos?
—En mi casa. En Güímar.
—¿Sabe quiénes son estas personas?
—Mi padre. Mi hermana. —Se detuvo en Irene medio segundo y siguió—. ¿Puedo levantarme ya?
—¿Qué día es hoy?
Álvaro dijo una fecha.
La sanitaria no cambió la expresión. Anotó y le hizo la pregunta que venía después.
Correa, de pie junto a la ventana, levantó la vista de su libreta por primera vez.
Comprobó la documentación, contrastó la fotografía y confirmó en voz baja al agente lo que ya era evidente. Después se acercó a la silla.
—Le van a llevar al hospital.
—No me hace falta.
—Ya lo sé —dijo Correa—. Le van a llevar igual.
Nayra fue en la ambulancia. Irene la siguió en el coche con Manuel, que se negó a quedarse en casa y se durmió antes de que llegaran a la autopista.
En el hospital, los sanitarios condujeron a Álvaro al interior de Urgencias. Correa entró con él para esperar la primera valoración médica y hablar con los facultativos .
A Nayra, Irene y Manuel les indicaron que debían permanecer en la sala de espera. Se sentaron bajo la luz blanca, frente a unas puertas que se abrían y cerraban sin dejarles ver lo que sucedía al otro lado.
Nayra sacó el teléfono.
Le escribió un solo mensaje a Iván.
«Álvaro ha vuelto. Estamos en el hospital».
Iván respondió casi de inmediato.
«¿Voy?»
Nayra miró las puertas de Urgencias.
«No hace falta, ya es muy tarde. Mañana te cuento todo. Gracias por estar».
Los tres puntos aparecieron en la pantalla y permanecieron allí unos segundos.
Después llegó la respuesta.
«Llámame si me necesitas».
Nayra dejó el teléfono sobre sus piernas sin contestar.
No hacía falta.
En el área de exploración repitieron las constantes y completaron la valoración. El rasguño del brazo era superficial. No encontraron otras heridas ni señales externas de agresión.
Una enfermera le extrajo sangre y recogió una muestra de orina para descartar alteraciones metabólicas, infección, deshidratación o consumo de sustancias.
Álvaro pidió algo de comer.
El médico prefirió esperar a los primeros resultados. Si realmente llevaba veintiún días sin alimentarse con normalidad, no podían darle una comida abundante sin valorar antes su estado nutricional.
Casi una hora después, el facultativo salió a la sala de espera.
—Está estable. Consciente y orientado respecto a quién es y dónde se encuentra. Lo que no reconoce es la fecha.
—¿Podemos verlo? —preguntó Nayra.
—Todavía no. Faltan pruebas y una valoración neurológica. Después tendrá que examinarlo el servicio de Psiquiatría.
Correa se levantó .
—¿Está en condiciones de hablar conmigo?
—Durante unos minutos. Si se fatiga o se altera, tendrá que interrumpir la entrevista.
El médico permitió que Correa hablara con Álvaro durante unos minutos. El sargento se acercó antes a Nayra.
—Tengo que entrevistarlo a solas.
—Es mi hermano. Quiero estar con él.
—Lo sé, pero forma parte del procedimiento. Necesito que pueda responder con libertad, sin sentirse condicionado por nadie. Debo averiguar si se marchó voluntariamente, si alguien lo retuvo o si ha sufrido amenazas, coacciones o alguna agresión.
—Nosotros nunca le haríamos daño.
—No estoy acusando a nadie. Se hace así con cualquier adulto que reaparece después de una desaparición. Si existe un delito, tenemos que detectarlo. Y si no existe, también debemos dejarlo claro.
Nayra miró la puerta de la sala mientras Correa se alejaba.
Una enfermera acompañó a Correa hasta el box de observación.
—Solo serán unos minutos. Si se encuentra mal, el médico interrumpirá la entrevista.
Correa entró solo y cerró la puerta.
Cuando salió, veinte minutos después, llevaba la libreta abierta. Se acercó a ellas y consultó sus notas antes de hablar.
—Álvaro recuerda el comienzo de aquella noche.
Recuerda que habló con Rubén, la discusión por la deuda y el momento en que se separaron.
Después subió al barranco para llevarle comida y medicinas a Manuel.
Estuvo con él en la cueva, discutieron porque quería verla a usted y Álvaro se marchó.
A partir de ese momento, sus recuerdos se interrumpen.
Nayra miró a su padre.
—¿No recuerda nada más?
—Solo que volvió a ser consciente mientras caminaba hacia el pueblo. Para él, todo lo ocurrido entre esos dos momentos ha desaparecido. No sabe dónde permaneció, qué comió, dónde durmió, si estuvo acompañado ni cómo han podido transcurrir veintiún días cuando cree que solo han pasado unas horas.
Irene no pudo esperar más.
—¿Y mi padre?
Correa la miró.
—No recuerda nada más allá de la cueva.
Irene asintió. No supo si lo que sentía era alivio o todo lo contrario.
Pasó otra hora larga.
El médico que salió a hablar con ellas era joven y hablaba deprisa, señalando el informe con el bolígrafo.
—No hay traumatismos. No hay fracturas. El rasguño es superficial y tiene varios días. Analítica normal, tóxicos negativos, iones normales. La exploración neurológica es normal.
—¿Entonces está bien? —preguntó Nayra.
—Físicamente está mejor de lo que debería.
Ha perdido peso, sí, tres o cuatro kilos.
Para tres semanas fuera, sin agua garantizada y a la intemperie, eso es muy poco.
No está deshidratado. No tiene la piel de alguien que haya pasado veintiún días en un barranco.
—Bajó el bolígrafo—. Yo solo puedo decirles lo que veo.
Y lo que veo no encaja con el tiempo que ustedes me dicen que ha pasado.
—¿Y la memoria?
—Para eso sí tenemos una explicación posible. —Buscó la línea en el informe—. Cuadro compatible con amnesia disociativa. Es una hipótesis de trabajo, no un diagnóstico cerrado.
—¿Y eso qué significa?
—Sabe quién es, sabe quiénes son ustedes, recuerda su vida entera.
Lo único que falta es el periodo de la desaparición.
Eso es lo que describe ese cuadro. —Miró a Nayra—.
Y una cosa importante: no lo interroguen.
Ni ustedes ni nadie. No lo pongan a prueba, no le repitan la fecha, no le enseñen fotos para ver si reacciona.
La memoria puede volver sola. Forzarla no ayuda, y a veces hace que el cerebro rellene los huecos con cosas que nunca ocurrieron.
Nayra asintió.
El médico no dijo nada más. Se le notaba en la cara que le habría gustado tener una causa que poner en el informe, y no la tenía.
Correa las esperaba junto a la máquina de café.
—Voy a comunicar oficialmente la localización —dijo—. Eso significa que Álvaro deja de estar desaparecido. No significa que se cierre el caso.
—¿Qué más hay que investigar? —preguntó Nayra.
—Veintiún días que nadie puede explicar. Tengo que averiguar dónde estuvo y descartar que alguien lo tuviera allí. Que él no lo recuerde no quiere decir que no ocurriera.
Irene llevaba un rato con la misma frase dentro.
—Ha vuelto —dijo—. Después de tres semanas. Andando.
Correa la miró y no apartó la vista.
—Sí.
—Entonces mi padre puede volver.
—El expediente de su padre sigue abierto porque su padre sigue desaparecido. Eso es todo lo que le puedo decir hoy. —Y añadió, más bajo—: No le voy a decir lo que quiere oír, Irene.
Los dejaron pasar pasada la una. Álvaro estaba sentado en la cama con una vía en el dorso de la mano y cara de querer marcharse. Manuel se había quedado dormido en un sillón junto a la ventana.
Nayra entró primero. Detrás, Correa. Irene se quedó en el hueco de la puerta.
Álvaro levantó la cabeza y la vio.
—Irene.
A Irene se le cortó la respiración. Durante un segundo fue incapaz de entrar, de hablar, incluso de apartar los ojos de él.
Nayra se giró despacio.
—¿Cómo sabes quién es?
Álvaro abrió la boca, pero no salió nada. Miró a su hermana y después volvió a mirar a Irene. El desconcierto que le cruzó la cara era el mismo de la puerta de casa.
—No lo sé. —Se pasó una mano por la frente—. No sé quién es. La vi por primera vez esta noche, al llegar a casa.
Irene dio un paso hacia la cama. Todo lo que el médico acababa de pedirles quedó, por un instante, detrás de una sola idea.
—¿Mi padre te habló de mí?
—Irene —la frenó Correa—. No lo fuerces.
Álvaro no apartó los ojos de ella. Parecía buscar algo que estaba demasiado lejos para alcanzarlo.
—No lo sé. —Cerró los ojos un instante—. Solo recuerdo una luz.