LO QUE VENÍA DESPUÉS
Nayra la esperaba a la salida, con las manos en los bolsillos, buscándola entre los pasajeros que iban saliendo. Levantó una mano en cuanto la localizó y salió a su encuentro.
Habían pasado tres días.
Se abrazaron un momento más largo de lo normal. Nayra le cogió la mochila del hombro sin preguntar.
—Ya estás aquí —dijo Nayra, apartándose para mirarla.
—Ya estoy aquí.
—Solo traes la mochila.
—Y esto.
Irene levantó la pequeña caja de archivo que llevaba entre las manos.
Nayra le apretó el hombro al soltarla y la miró un segundo más de lo necesario.
—Tienes cara de no haber dormido.
—He dormido poco, la verdad.
Fuera, la bruma del norte tapaba las medianías. Irene se sentó en el asiento del copiloto y colocó la caja sobre las piernas.
Nayra pagó el aparcamiento y salió a la autopista antes de preguntar.
—¿Encontraste algo en casa de tu padre?
—Sí.
Esperó una explicación. No llegó enseguida. Pasaron dos salidas.
—Pero todavía no sé qué significa.
Nayra la miró de reojo.
—¿Es malo ?
Irene tardó en contestar.
—Creo que no tiene que ver solamente con mi padre.
Mantuvo las manos sobre la tapa durante el resto del trayecto. Nayra no volvió a preguntar.
—¿Vamos a casa?
—Antes quiero pasar por el puesto. Le prometí a Correa llevarle los documentos.
Correa las recibió de pie, con la chaqueta puesta.
Miró la caja cuando Irene la dejó sobre la mesa.
—¿Qué contiene?
—Copias de los billetes, los alquileres, los recibos y las anotaciones de mi padre relacionadas con Tenerife. Los originales siguen en su casa.
Correa abrió la tapa.
—Están ordenados por fechas —continuó Irene—. Siete viajes durante los últimos catorce meses. El primero, a Las Cañadas. Los otros seis, al Barranco de Badajoz.
Él levantó la mirada.
—¿Cómo lo sabe?
—Por las facturas y por sus cuadernos. Mi padre marcó los siete viajes con las mismas iniciales: B. B.
—¿Qué significan?
—Al principio pensé que eran del barranco. Pero el viaje a Las Cañadas también las lleva. Mi padre escribía así el nombre de la gente, con una inicial para el nombre y otra para el apellido.
—¿De quién son?
—No lo sé.
Correa lo anotó sin comentar nada.
Irene sacó la copia de la página del cuaderno veintitrés y la colocó sobre los demás documentos.
—Esto es lo más importante.
Correa leyó la fecha subrayada dos veces.
—Es la noche en que desapareció.
—La escribió casi dos meses antes.
El sargento acercó la hoja y leyó en voz alta la línea que había debajo de la fecha:
— «No hay otra hasta dentro de mucho» .
Nayra, que se había quedado junto a la puerta, dio un paso hacia la mesa.
—¿Otra qué? —preguntó Correa.
—No lo sé. Mire la página de al lado.
Irene colocó encima la copia de la otra página. Columnas de números, horas, cuentas tachadas y vueltas a hacer.
Correa estuvo un rato mirándolas.
—¿Sabe qué calculaba?
—No. Pero estaba haciendo esos cálculos junto a la fecha. No creo que la eligiera al azar.
—Compararé esa noche con las de los intentos anteriores. El tiempo, las incidencias en la zona, cualquier circunstancia que pudiera diferenciarlas. —Dejó las dos hojas sobre las demás—. Si su padre creía casi dos meses antes que tenía que estar allí, necesito averiguar por qué.
—Para nosotros quizá fuera una noche normal —dijo Irene—. Para mi padre no.
Cerró la caja, pero mantuvo una mano sobre la tapa.
—¿Encontró algo más en el despacho?
Irene tardó en contestar.
—Nada que pueda relacionar con las desapariciones.
No mentía. Todavía no podía relacionarlo. Ese era precisamente el problema.
Correa la observó un instante.
—Si descubre que alguna de esas cosas puede ayudarnos a encontrar a Klaus o a Álvaro, me lo cuenta.
—Lo haré.
Nayra habló entonces por primera vez.
—¿Hay alguna novedad?
—No. Los dos casos siguen abiertos y continuamos buscando, aunque ya no con el despliegue de la primera semana.
Salieron a la calle. Nayra caminaba rígida, dos pasos por delante.
De regreso a casa, Irene preguntó:
—¿Cómo está Manuel?
—Ha tenido días buenos y días malos. Uno de esos días se pasó la tarde entera hablando conmigo, como si no le pasara nada. Contándome cosas de cuando éramos pequeños, cosas que yo no sabía. Casi se me olvidó que está enfermo.
Se quedó callada un momento, con la vista en la carretera.
—Y ayer me llamó por el nombre de mi madre. Solo fueron unos minutos, luego volvió y siguió como si nada. Pero mientras tanto me habló como si yo fuera ella. Me preguntó si los niños ya estaban dormidos. Le dije que sí.
—Yo también habría dicho que sí.
—Ya. —Nayra cambió de marcha sin necesidad—. No sé cómo llevarlo yo sola.
—No estás sola.
—Lo sé. Gracias a Iván y a ti, por todo lo que me ayudáis.
Cuando llegaron a casa empezaba a oscurecer. Manuel estaba frente al televisor, con Iván al lado y las noticias con el volumen bajo.
Manuel levantó la cabeza al oír la puerta.
—Ya están aquí —dijo.
Parecía tranquilo, casi contento. Costaba imaginar que aquel hombre fuera el mismo que el día anterior había confundido a su hija con una mujer que llevaba años muerta.
Iván se levantó y le dio dos besos a Irene.
—¿Qué tal el viaje?
—Largo.
Iván la miró un segundo, lo justo para ver que traía algo más que cansancio, y no preguntó nada más.
—Hoy ha sido un día bueno —le dijo en voz baja, señalando a Manuel con la cabeza.
Se quedó un rato más, hasta que terminaron las noticias. Después cogió la chaqueta.
—Mañana paso temprano.
—No hace falta que vengas todos los días —dijo Nayra.
—Ya lo sé.
Sostuvo la mirada de Nayra un instante. Después se despidió de Manuel y salió.
A las diez, Manuel dijo que estaba cansado. Nayra lo acompañó al cuarto y, al volver, cerró la puerta del pasillo con cuidado.
La casa quedó en silencio.
Nayra preparó unas infusiones y se sentó frente a Irene.
—Cuéntame.
Irene sacó la carpeta azul de la mochila y la dejó sobre la mesa, sin abrirla.
Ver imagen · TF-03
—Mi padre tenía veintidós años. Volvía de noche por una carretera que conocía de memoria.
Le contó lo de la luz sin color, el motor que dejó de oírse y la mano que no respondía. El coche parado en el arcén sin haber frenado. Las dos horas que nadie pudo explicarle.
—Fue a los médicos. Le hicieron pruebas durante meses. Hipoglucemia, crisis de ausencia, parálisis del sueño. No encontraron nada.
—¿Y después?
—Después empezaron los sueños.
No necesitó describirlos todos. Cuando mencionó la carretera, la luz y la mano inmóvil, se le quebró la voz. Nayra dejó la taza.
—Son los mismos que tengo yo —dijo Irene—. No se lo había contado a nadie.
—¿Los mismos?
—Sí. En el mismo orden.
—¿Todos ?
—Hay más. En los cuadernos aparecen sueños que yo todavía no he tenido.
Nayra tardó en contestar.
—¿Y si todavía no te han llegado?
Irene no respondió. Abrió la carpeta azul y buscó una página.
—Escucha esto. Lo escribió seis días después.
Leyó despacio:
— «No vi una cara. Ni siquiera sé por qué sigo escribiendo “alguien” y no “algo”» .
Nayra se quedó quieta.
—¿Había alguien?
—Eso escribió él.
—¿Y en tus sueños? ¿Hay alguien?
Irene tardó demasiado en contestar.
—Hay algo cerca. No lo veo. Pero sé que está.
—¿Le has visto la cara?
—No.
Cerró la carpeta.
—Todavía no.
Después sacó de la mochila otra carpeta y colocó seis hojas sobre la mesa.
—Las dibujé con cuatro años.
Nayra reconoció la espiral atravesada por una línea. Junto a ella había arcos, una retícula y varias figuras incompletas.
—Esa es de la cueva.
—Se parece —corrigió Irene—. Pero un parecido no demuestra nada.
Giró una de las hojas. Klaus había escrito una fecha en el reverso.
—Mi padre las separó de los demás dibujos, las fechó y las guardó junto a sus documentos. No las conservó como recuerdos de su hija. Las trató como parte de su investigación.
Nayra contempló los trazos infantiles.
Ver imagen · TF-08
—¿Por qué?
—Eso es lo que necesito averiguar.
Irene no le habló de lo que había sentido al tocar el grabado. Si Nayra sabía que el contacto podía haber despertado algo, quizá quisiera comprobarlo por sí misma.
No permitiría que se acercara a aquella piedra sin saber qué podía hacerle.
No dijeron nada más durante un rato. Se oía el frigorífico y, muy lejos, un coche que subía la calle y se alejaba.
En el cuarto, Manuel seguía durmiendo.
Entonces sonó la cancela.
—Qué raro. ¿Será Iván? A lo mejor se le ha olvidado algo.
Nayra se levantó.
Irene mantuvo una mano sobre los dibujos.
La puerta se abrió.
Nayra se quedó inmóvil.
Después se llevó una mano a la boca.
Irene se levantó y fue hacia ella.
—¿Estás bien?
Nayra no apartaba la vista de la puerta. Irene siguió su mirada.
Al otro lado estaba Álvaro.
Llevaba la misma ropa de la noche en que desapareció. Tenía polvo del barranco en el pantalón y en el calzado, y un rasguño en el brazo derecho.
Nada más.
Ni la barba de tres semanas, ni la ropa destrozada, ni la cara de alguien que ha pasado frío y hambre. Quizá estaba algo más delgado. Quizá no.
Parecía que hubiera salido un par de horas.
Habían pasado veintiún días.