El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LAS VECES ANTERIORES #2
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LAS VECES ANTERIORES #2

Su padre había escrito aquello muchos años antes de que ella naciera. Sin embargo, por primera vez desde su desaparición, sintió que su padre estaba con ella. No en el barranco, ni en ningún sitio al que pudiera ir a buscarlo. Solo allí, en aquella mesa, mientras siguiera leyendo.

En las páginas siguientes había descrito los sueños que comenzaron después.

«La carretera. La luz sin color. El silencio. Mi mano inmóvil. La silueta».

Irene cerró el cuaderno de golpe.

No eran sueños parecidos a los suyos.

Eran los mismos.

Aparecían en el mismo orden y le provocaban las mismas sensaciones. Klaus incluso había descrito detalles que ella no había contado a nadie porque, hasta aquel momento, ni siquiera había sabido cómo ordenarlos.

Abrió de nuevo el cuaderno. Esta vez lo hizo con cuidado, como si pudiera hacerle daño.

Más adelante, la letra de Klaus cambiaba. Los trazos eran más pequeños y algunas palabras parecían escritas con prisa.

«La carretera ya no termina en la luz».

«Ahora hay grabados en piedra. Paredes, creo. Líneas grabadas, figuras, curvas abiertas, formas geométricas incompletas…».

«No sé si estoy recordando un lugar o si estoy viendo uno al que todavía no he llegado».

Irene leyó la última frase dos veces.

Ella aún no había soñado nada de aquello.

Aún.

La palabra apareció en su cabeza antes de que pudiera evitarlo.

Y le produjo más miedo que todo lo anterior.

Klaus había seguido soñando. Irene aún no había llegado hasta allí.

El informe médico y las cartas demostraban lo que Klaus había hecho después. Había buscado explicaciones para el agotamiento, una bajada de azúcar, una crisis de ausencia, la parálisis del sueño, el monóxido de carbono o un microsueño. Ninguna explicaba las dos horas.

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En una de las últimas páginas del diario, la tinta se veía más clara.

«Los médicos no han encontrado ninguna causa. Tendré que buscar fuera de la medicina: fenómenos anómalos, desapariciones y reapariciones inexplicables, supuestas abducciones, experiencias cercanas a la muerte y testimonios de personas que aseguran haber vivido algo parecido».

«Ya no sé dónde más buscar».

«Lo que me molesta no es no saber qué fue. Es que faltan dos horas y las dos horas existieron».

Irene abrió el primer cuaderno de investigación. Durante años, Klaus había registrado aquellos sueños sin interpretarlos. Había trazos torpes: una curva aislada, líneas convergentes, pequeñas cazoletas.

Hasta que apareció la fotocopia de una pared con grabados.

Debajo había escrito:

«Las figuras se parecen a las que veo en sueños, pero están colocadas de otra manera. No es el lugar que estoy buscando» .

Irene lo comprendió entonces.

Klaus no había empezado investigando grabados. Primero había soñado con aquellas líneas, curvas y figuras incompletas. Después comenzó a buscarlas en fotografías y estudios sobre antiguas piedras grabadas.

Sus sueños lo habían conducido hasta la piedra.

Irene miró en el teléfono la fotografía de la espiral de Badajoz.

Con ella había sucedido al revés.

Primero tocó la piedra.

Después empezó a soñar con lo que su padre había visto.

Le quedaba medio armario por revisar.

Al fondo encontró un sobre marrón con la letra de su padre:

IRENE — 4 AÑOS

Dentro había dibujos infantiles. Casas, soles, personas, animales imposibles.

Irene sonrió al reconocerlos.

Durante un instante dejó de estar en aquel despacho vacío.

Se vio sentada en la mesa de la cocina, con las piernas colgando de la silla y los lápices esparcidos a su alrededor. Klaus se sentaba a su lado mientras ella dibujaba. Nunca le corregía nada. Le preguntaba qué era cada figura y escuchaba sus explicaciones como si fueran importantes.

A veces intentaba adivinar.

—Es una casa.

—No, papá. Es un barco.

Klaus fingía sorprenderse y ella se reía.

Irene pasó los dedos por uno de los soles. Recordó las manos de su padre afilando los lápices, su voz pidiéndole que eligiera otro color, la paciencia con la que esperaba a que terminara antes de levantar la hoja.

Hacía años que no pensaba en aquellas tardes.

Cerró los ojos.

Por un momento pudo sentirlo sentado junto a ella.

Cuando volvió a abrirlos, la habitación estaba en silencio.

Siguió revisando el contenido del sobre.

Había seis dibujos que Klaus había separado de los demás.

No tenían color.

En uno aparecía una espiral abierta atravesada por una línea.

Irene dejó de pasar las hojas.

Se parecía a la forma que había visto en la pared de la cueva.

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Debajo, con la letra de su padre, había una nota:

«Le he preguntado a Irene qué son esas figuras. Siempre me responde lo mismo: “Las veo en mis sueños”».

Irene la leyó dos veces.

No recordaba haber soñado nada parecido de niña. Tampoco recordaba haber dicho esa frase. Pero su padre sí había soñado con aquellas formas, durante años, y por eso había apartado esos dibujos del resto.

Se sentó en el suelo y colocó las seis hojas delante de ella.

Podían ser simples garabatos. Una niña de cuatro años dibuja líneas, curvas y espirales sin que signifiquen nada.

Pero Klaus no los había tratado como garabatos. Los había separado, les había puesto fecha y los había guardado cerca de la carpeta azul. Y no se había limitado a conservar los dibujos. También había anotado lo que ella le contestó.

Irene intentó imaginar la escena. Ella, con cuatro años, sentada a la mesa con un lápiz. Su padre al lado, preguntándole una y otra vez qué era aquello. Un hombre que veía esas mismas formas al dormirse desde mucho antes de que ella naciera, escuchando a su hija decir que ella también las veía.

Cogió la hoja de la espiral y la acercó a la luz.

Un parecido no demostraba nada. Lo sabía mejor que nadie.

Pero su padre la había guardado todos esos años. Y su padre no guardaba nada por casualidad.

Necesitaba un hecho. Algo que pudiera enseñarle a Correa sin mencionar sueños ni suposiciones.

Mientras apartaba los dibujos y la carpeta azul, recordó lo que él le había pedido: que no volviera a decidir sola qué era importante.

Aun así, los dejó a un lado. Aquello no era una prueba. Era la vida de su padre, y todavía no sabía qué significaba.

Abrió el cuaderno veintitrés y buscó los viajes a Tenerife. Pasaba las páginas despacio, hasta que una la obligó a parar.

En el margen superior, subrayada dos veces, estaba la fecha de la noche en que Klaus desapareció.

La había escrito casi dos meses antes.

Irene no se permitió creerlo a la primera. Lo comprobó como habría comprobado cualquier hallazgo.

Primero, el orden. Detrás de aquella página venían cuatro entradas más, todas anteriores a su último viaje. No había leído mal.

Después, la hoja. El cuaderno estaba cosido. Buscó la pareja de aquella página al otro lado del cuadernillo y la encontró entera. Nadie había arrancado ni añadido nada.

La letra era la de su padre. No tenía ninguna duda.

Por último, la tinta. Acercó el cuaderno a la lámpara. La fecha estaba escrita con la misma tinta que la entrada de debajo, y con una distinta de las cuatro siguientes. No la había añadido más tarde en un hueco libre.

Solo quedaba un hecho, y era el único que podía demostrar: aquella noche ya era importante para su padre mucho antes de subir al barranco .

Debajo de la fecha, con la misma tinta, había una sola línea:

«No hay otra hasta dentro de mucho».

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Irene pasó la hoja.

La página de enfrente estaba llena de números. Columnas de cifras, horas, cuentas tachadas y vueltas a hacer, flechas que unían un resultado con otro. No había ni una palabra que explicara qué eran. Algunas operaciones estaban repetidas tres y cuatro veces, como si su padre no se fiara de sí mismo.

Irene reconocía la letra. No reconocía lo que estaba calculando.

Pero una cosa sí estaba clara.

Klaus no había elegido aquella noche al azar. Tampoco la había adivinado.

La había calculado.

Fotografió las dos páginas y se quedó mirándolas mucho rato.

Durante todo el día se había preguntado qué había ido a buscar su padre al barranco. Ahora tenía delante una pregunta peor.

Qué había estado contando durante meses para saber, casi dos meses antes, qué noche tenía que estar allí.

Y por qué, según sus propias cuentas, no habría otra en mucho tiempo.