El misterio del barranco de Badajoz (Los ocho enigmas 1) LAS VECES ANTERIORES
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LAS VECES ANTERIORES

Irene se levantó antes de que amaneciera.

Nayra ya estaba en la cocina con dos tazas de café con leche preparadas.

—Manuel se ha levantado dos veces —dijo—. La segunda vez se quedó sentado en el salón, a oscuras.

—¿Qué hacía?

—Esperar.

—¿A quién?

Nayra negó con la cabeza.

Desayunaron casi en silencio. Iván llegaría a las nueve para quedarse con Manuel.

En el aeropuerto, Irene cogió la mochila del asiento trasero.

—Vuelvo en unos días.

Lo dijo mirándola, para que Nayra comprendiera que no era una despedida.

—Llámame cuando llegues.

—Lo haré.

Desde el aeropuerto de Gran Canaria fue primero a su piso. Dejó la mochila, recogió las llaves de Klaus y caminó hasta su casa.

Era la segunda vez que entraba allí desde la desaparición.

Ante la puerta, tardó en meter la llave. Se quedó escuchando, como si aún pudiera oír sus pasos al otro lado.

No oyó nada.

Abrió .

La casa olía a cerrado, a días sin abrir las ventanas. La chaqueta de su padre seguía sobre el respaldo de una silla, como si hubiera salido un momento.

Irene se quedó mirándola sin tocarla.

Intentó recordar la última vez que habían comido juntos y no pudo. Hacía semanas, quizá más. Él la había llamado un domingo para proponerle comer en el sitio de siempre, y ella le dijo que no podía, que tenía trabajo, que otro día. Él contestó que claro, que otro día.

Después de lo de su madre habían empezado a verse más.

Aun así, casi siempre era ella la que ponía la fecha, y casi siempre la movía.

Las llamadas cortas, las comidas aplazadas, las visitas que iba dejando para cuando tuviera tiempo.

Estaba convencida de que el tiempo la esperaría, igual que la esperaba él.

Nunca se le había ocurrido que pudiera no estar.

Delante de aquella chaqueta entendió que quizá no habría otro domingo. Que quizá aquella llamada había sido la última oportunidad.

Tragó saliva y apartó la vista.

La casa no parecía vacía. Parecía estar esperándolo.

En la cocina encontró su taza y una lista de la compra escrita con su letra. Klaus había anotado cosas que pensaba necesitar la semana siguiente.

Una semana que ya había pasado sin él.

Irene apoyó una mano en la encimera.

Hasta entonces no se había permitido pensar que quizá su padre no volviera. Allí, rodeada de todo lo que había dejado a medias, ya no pudo evitarlo. Se echó a llorar.

Le envió un mensaje a Nayra para decirle que había llegado. No tenía ánimos para llamarla.

Después recorrió el pasillo sin mirar hacia el dormitorio.

Se detuvo ante el despacho.

Conocía aquella habitación. Había entrado muchas veces, pero nunca sin Klaus en casa. Nunca para abrir sus cajones ni leer lo que él había decidido callar .

Buscar entre sus cosas le parecía traicionarlo.

No hacerlo se parecía demasiado a abandonarlo.

Puso la mano en el picaporte.

—Perdóname, papá —susurró.

Y entró.

La silla de su padre estaba separada de la mesa, girada un poco hacia la ventana, como la dejaba siempre que se levantaba a medio trabajo.

Irene dudó antes de sentarse. El asiento estaba frío.

Desde allí se veía el despacho tal como lo veía él cada día: la mesa despejada, la lámpara apagada y, enfrente, las dos estanterías.

A la izquierda estaban los casos cerrados. Carpetas de lomo ancho, alineadas sin un hueco entre ellas. En cada lomo, el nombre de un país y dos fechas, escritos con la letra pequeña y precisa de su padre. Irene sacó una al azar: dentro, antes de cualquier papel, había un índice.

Las de la derecha ocupaban algo menos de espacio y seguían el mismo orden, pero en sus lomos había un hueco en blanco. Faltaba la fecha de cierre.

Eran las preguntas que Klaus todavía no había logrado responder.

Irene se levantó y se acercó.

Reconoció algunos países. Después encontró unos nombres que no esperaba ver allí.

Gran Canaria. La Graciosa. Lanzarote. Fuerteventura. La Gomera. La Palma. El Hierro. Tenerife.

Cada isla tenía su propia carpeta. La de Tenerife era la más gruesa.

En la balda más baja, debajo de las carpetas, había una fila de cuadernos. Veintitrés. Sin título, solo con un número escrito a mano en la tapa.

Irene sacó la carpeta de Tenerife y la llevó al escritorio. Dentro había billetes, reservas de hotel, contratos de alquiler y recibos, todo ordenado por fechas .

Cuatro horas después, con la carpeta y los cuadernos abiertos sobre la mesa, había reconstruido siete viajes de su padre a la isla.

Los siete estaban marcados en los cuadernos con las mismas iniciales:

B. B.

Barranco de Badajoz, pensó.

Le pareció tan evidente que desconfió.

Volvió al primer viaje. La factura era de un hotel de Las Cañadas del Teide, y con ella había un mapa del parque con un punto marcado en rojo.

Las Cañadas estaban en lo alto de la isla, a muchos kilómetros del barranco de Badajoz.

Sin embargo, en el cuaderno, esa fecha también llevaba las dos letras.

Debajo, su padre había escrito una sola palabra:

Nada.

Si las mismas letras aparecían en un viaje a Las Cañadas, B. B. no podía significar Barranco de Badajoz.

Irene hojeó otros cuadernos. Su padre abreviaba así a la gente: una inicial por el nombre y otra por el apellido, cuando se trataba de alguien a quien conocía demasiado bien para escribirlo entero.

B. B. no era un lugar. Era una persona.

Y Irene no tenía ni idea de quién.

Después de aquel primer viaje, Las Cañadas no volvía a aparecer. Los seis siguientes eran al barranco de Badajoz, en Güímar.

Irene copió en una hoja todas las notas de su padre, por orden:

Las Cañadas: «Nada». Barranco: «No se dio. Otra vez a esperar». Barranco: «Llegué tarde. Culpa mía». Barranco: «Imposible subir. El camino sigue hecho un desastre desde las lluvias». Barranco: «Demasiada gente en el sendero. Me di la vuelta». Barranco: «Probé desde arriba. Peor».

Una vez en Las Cañadas y cinco en el barranco. Su padre había vuelto una y otra vez a comprobar algo, y cada vez había fracasado .

En el último viaje, el de octubre, no había ninguna nota.

No regresó para escribirla.

A las siete menos veinte llamó Bea.

—Hola, Irene. Perdona que haya tardado.

—Hola, Bea. Al contrario, gracias por mirarlo. ¿Has encontrado algo?

—Sí. El correo de tu padre. Pedía fotografías sin publicar, material sin clasificar y, textualmente, «todo lo que se hubiera apartado por no saber qué era».

Irene miró el mensaje que ella misma había enviado la noche anterior.

Había pedido lo mismo.

Con otras palabras. En el mismo orden.

—¿Cuándo fue?

—Hace ocho años y dos meses.

Irene dejó de escribir.

Los viajes a Tenerife no eran el principio de la investigación de Klaus.

Había empezado mucho antes.

Apartó los billetes, los recibos y las anotaciones relacionadas con Tenerife. Conservaría los originales en la casa de su padre. Durante los días siguientes haría copias, las ordenaría por fechas y se las llevaría personalmente a Correa.

Después buscó el cuaderno correspondiente a ocho años atrás.

No encontró el origen allí.

Lo encontró en el armario bajo la ventana, debajo de varias cajas y archivadores: una carpeta azul sin título.

En la tapa solo había una fecha.

Nueve años antes del nacimiento de Irene.

Dentro había documentos, planos, informes médicos, varias cartas dirigidas a especialistas en neurología y trastornos del sueño y un cuaderno de tapa negra sujeto con una goma reseca.

Ver imagen · TF-07

Irene reconoció la letra antes de abrirlo.

No era la caligrafía pequeña y ordenada de las carpetas. Las primeras líneas estaban inclinadas, desiguales, escritas con tanta presión que la punta del bolígrafo había marcado la hoja siguiente.

En la esquina superior, Klaus había anotado la fecha. Debajo, una sola frase:

«Escribo esto seis días después porque antes no he podido. No es que no lo recuerde. Es que cada vez que empiezo, vuelvo a estar allí».

«Ya no se apaga la luz».

Irene apoyó el cuaderno sobre la mesa.

Hasta ese momento había encontrado datos sobre su padre. Billetes, recibos, fechas. Al empezar a leer, lo encontró a él.

«Tengo veintidós años y conozco esa carretera. La he recorrido tantas veces que podría decir dónde está cada curva. Me faltaban unos veinte minutos para llegar a mi destino cuando vi una luz delante del coche».

La frase siguiente estaba tachada:

«Era demasiado blanca».

Klaus la había sustituido por otra.

«Blanca no. Sin color. Brillante. Sé que no tiene sentido, pero fue así».

Irene siguió la línea con la yema del dedo. Podía imaginarlo inclinado sobre aquellas páginas, intentando obligar al lenguaje a explicar algo que no cabía en las palabras.

«Había alguien junto a la carretera. Una silueta hecha de la misma luz que lo llenaba todo, como si la luz se hubiera espesado allí y en ningún otro sitio. No vi su rostro. Ni siquiera sé por qué sigo escribiendo “alguien” y no “algo”».

Irene dejó de respirar un instante.

«Entonces dejé de oír el motor. No oía las ruedas. No oía mi respiración. Quise levantar una mano y no respondió».

La escritura se interrumpía allí. En mitad de la página quedaba un espacio en blanco.

Cuando continuaba, la letra era más pequeña.

«Lo siguiente que recuerdo es estar dentro del coche, detenido en el arcén. Tenía las manos sobre el volante. El motor estaba apagado y la llave seguía puesta. No recuerdo haber frenado ni haberme apartado de la carretera. Cuando miré la hora, habían pasado casi dos horas».

Irene levantó la vista hacia la puerta abierta del despacho.

Había escuchado a Klaus contar cientos de historias ajenas. Siempre eliminaba de ellas el miedo, como si solo quedaran los hechos después de pasar por su voz. Nunca lo había imaginado escribiendo para convencerse de que no estaba perdiendo la razón.

Volvió al cuaderno.

«Habían pasado casi dos horas y seguía en el mismo sitio».

«El tiempo transcurrido no tenía explicación».

Irene tuvo que apartar la mirada.